Una visita al Monte Wilson

Camino al Monte Wilson hay una planicie a la que se llega comodamente desde la carretera 2, viniendo por el lado de Descanso Gardens, con su jardín botánico japonés. Si uno mira adelante ve la pequeña cordillera de los montes San Gabriel y a la izquierda está el observatorio, con sus seis telescopios y su lente de cien pulgadas.

O al menos estaba esta mañana.

Desde esa planicie vimos, Razi y yo, a intrépidos planeadores con sus gliders individuales arrojándose al precipicio. Desaparecían por varios segundos y luego emergían en un vuelo majestuoso como modernos Icaros favorecidos por la tecnología.

Eso fue hace casi 20 años. Razi llegó a su primer visita desde que nos establecimos en California. Creo que formaba parte de una delegación militar, pero tuvo tiempo para venir a vernos y yo dejé mi puesto de vendedor de muebles para tomar el viejo Pontiac Firebird que me había regalado Ronit y subir con él al cerro.

Desde arriba y por tramos se veía Los Angeles, allá abajo y tan apacible, tan metida en la palma de la mano, que parecía casi bella.

El único problema de una jornada por lo demás pastoril fue que al Firebird se le habían acabado los frenos. Por desidia, por carecer del dinero para repararlos, por olvido: el auto chirriaba cuando el metal tocaba el metal durante el ascenso.

El espectáculo de las antenas desplegadas sobre el Monte Wilson, los remanentes de un invierno que ya se había retirado, una fugaz vista de la ruta escénica que lleva a unas mesas de camping, un arroyo que baila alrededor de la gente y más abajo por el desfiladero, unas cataratas de miniatura que llaman “los Schweitzers”, fueron parte de nuestro viaje, en una jornada dedicada más a la introspección y el recuerdo que al paseo.

En algún momento del viaje nos detuvimos, debajo de un árbol quizás, o a la sombra de una roca gigantesca, y Razi y yo le hablamos a una brisa suave que nos acariciaba el rostro. Le contamos, cada uno por separado, de una mujer que ambos habíamos querido, muchos años antes.

Recuerdo esto mientras leo que pese a los esfuerzos denodados de miles de bomberos, las llamas se acercaron al Monte Wilson; podían haber destruido el observatorio, las antenas de televisión, las comunicaciones policiales y de otras agencias de la ley, todas sitas en la cima de la montaña.

El director del observatorio habla con la prensa y dice que reza por la salvación de los telescopios y espejos. “No rezo por mi job, mi empleo”, dice, reza por la montaña.

El martes,  las llamas destruyeron la cámara que transmitía al internet las imágenes contínuas del avance del siniestro. Sus últimas transmisiones fueron de un entorno cubierto de humo y en vías de oscurecerse.

El Monte se salva a duras penas. Los rápidos del Schweitzer están rodeados de fuego. Allí volvimos durante años, la mujer y los niños conmigo, y mi madre antes que la enfermedad la paralizara y confundiese, todos cautivados por mi fidelidad perruna a ese pedacito de paraíso que sobrevuela por encima de Los Angeles. Quisiera ver si sobrevivió el incendio.

Ah, y con el Pontiac sobrevivimos el descenso desde la zona montañsa, casi sin frenos. Habrá sido la improvisación característica del ejército donde Razi era coronel. O simplemente, mi estupidez de aguantar el chirrido del metal contra el metal, hasta que llegamos a la superficie.

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