Tijuana Blues: La Chola de la Liber

Esta es la parte 26 de un total de 42 partes en la serie Tijuana Blues / Marga Britto
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Se llamaba Ana y vivía en la Colonia Libertad, iba a la Prepa Federal y tenía quince años, una voz ronca y un lenguaje florido lleno de interjecciones graciosas y municiones verbales que despilfarraba sin ningún reparo a la menor provocación.

Los cuatro galanes vivían en las mejores colonias de la ciudad, tenían los coches más nuevos, las novias más guapas, además de una lista de espera que incluía a debutantes del Club Campestre y a futuras Misses .

Se aburrían con facilidad, así que siempre se encontraban al acecho de una nueva víctima para practicar su deporte favorito: fastidiar al prójimo.

Ana caminaba todos los días cuarenta y cinco minutos desde la calle 12 en “La Liber” hasta la puerta de la escuela, y en su travesía pasaba por las viejas vías del tren –que desde esos tiempos solo sirve para transportar Gas LP hacía Estados Unidos – y se aventuraba a subir los 20 escalones para cruzar los puentes por encima del Río Tijuana, y en los que dependiendo la hora del día y la compañía, uno podría encontrarse con la fatalidad.

Los cuatro galanes llegaban en sus carrazos, competían entre ellos por el mejor espacio del estacionamiento escolar, conduciendo a gran velocidad sin que nadie se los impidiera. Uno de ellos –hijo de un conocido comandante de la Judicial– llevaba siempre un casco en la cabeza mientras conducía, emulando a un piloto de Fórmula 1.

A muchos eso nos parecía de lo más fantoche, Ana por su parte creía que el hijo del comandante era de lo más simpático, y secretamente se había hecho la extraña ilusión de que algún día le haría caso.

En la prepa no hay secretos, “mi pechito no es bodega” tendría que haber sido el lema de la escuela, porque no había detalle insignificante que no pasara al dominio público en menos de lo que cantaba un gallo.

Así que la secreta ilusión de Ana, pronto llegó a oídos de los cuatro galanes, quienes gracias a su desdén por los sentimientos y reputación de “los otros”, conseguían su entretenimiento de la semana… pronto armaron un plan.

Ana parecía fascinada por la reciente atención de los cuatros fanfarrones hacia su persona que, hay que decirlo, sus amigas veían con cierta antipatía. Los cuatros fanfarrones la rodeaban, haciéndole un sin fin de preguntas, le decían con notable hipocresía y en tono burlón, que estaba “bien guapa”, lo cual no creían, pero les divertía la cara coqueta que ella  ponía cada vez que escuchaba el prosaico piropo.

Ella por su parte, sin siquiera imaginarlo, con sus respuestas simples y directas, sacadas de su diario andar por “ La Liber” les daba material y repertorio a los cuatro galanes, con el que después solían divertir a “sus amigos”, a los de su mismo pedigrí, tronándoles los pulmones por las violentas carcajadas que les arrancaba cada detalle recordado de su recien descubierta “curiosidad’.

No manches guey… se peleó con otra vieja en su colonia. Nos platicó todo! ¿Ya saben que fue a la secundaria 2, la de los cholos de la liber?

Ninguno en ese grupo de mequetrefes engreídos entendía a Ana cuando les contaba de sus épocas en la secundaria dos, cuando los de la calle cuarta (que eran surfos) estaban peleados a muerte con los de la calle doce (que eran cholos), y que en esa época en “la liber” no era difícil al salir de la escuela, tener que correr para evitar ser alcanzado por una piedra o un chacazo o el latigazo de un velocímetro, o peor aún, quedar en medio de una batalla campal entre los dos bandos. Eso sí que era peligroso, especialmente porque a pesar de que la comandancia de policía se encontraba a unos cuantos metros de la desbandada de chamacos que corrían con palos, velocímetros, piedras y chacos por toda la avenida Aquiles Serdán, los policías simplemente no aparecían, sino hasta que ambos bandos se hubieran dado con todo.

Dice “ese Bato” y “Jaina’, le gustan los bukis güeeeeeyyyy!

Tampoco hubo uno que comprendiera aquella historia que ella sacó de su mismísima infancia, cuando iba a quedarse a dormir en la casa de su abuela –que vivía en la cuarta–y cómo no podría pegar los ojos en toda la noche, porque la asustaba el ruido de los helicópteros de “la migra”, porque ahí a unas cuantas cuadras de la casa de la abuela, ya era “el otro lado”, y mucha gente se cruzaba por ahí.

En una semana supieron más de Ana, de lo que uno puede enterarse de una persona leyendo su biografía en cuatro tomos: que no tenía papá ni agua en su casa, que cuando se bañaba lo hacía a cubetazos. Que los fines de semana le ayudaba a su mamá y a su hermana a vender ropa en un suatmit (swapmeet), que el chambelán de sus quince años, fue su primer novio y que nunca –¿nunca?– había ido a San Diego o al Club A en la Revolución.

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La pobreza y sencillez de Ana, ya no fueron lo suficientemente “excéntricas”, para mantener entretenidos a los cuatros galanes, que fingieron por una semana ser los mejores de los amigos, los más interesado en la vida de la muchachita de la Liber. Había que encontrar algo más para “agarrar cura”.

Acto seguido, una mañana la mochila de Ana apareció con una toalla femenina, pegada por fuera. En un principio no fue tan obvio quien era el culpable del ultraje. Aunque todos culpamos a uno al que apodábamos Cornelius. Lo llamábamos así porque era igualito al personaje de El Planeta de los Simios, con la diferencia de que nuestro Cornelius no sabía leer. Así que cargó con el apodo y la fama de no gustarle la escuela hasta el día en que finalmente, y aún sin saber leer, se graduó de la prepa, que había pasado con acordeones y cualquier número de embelecos, y siendo siempre el primer sospechoso de cualquier avería que ocurriera dentro del salón de clases.

Pero esta vez no había sido Cornerlius, aunque la broma de la toalla femenina causó tal sensación que por un par de semanas tuvimos que cargar nuestras mochilas a todos lados, porque eso de pegar las toallas se convirtió en lugar común, en el que más de uno se ganó un mochilazo en la cabeza, incluyendo a… nuestro Cornelius.

Ana no recurrió a los mochilazos ni a su lenguaje florido para surtir a insultos al hijo del comandante y a su tropa de mequetrefes por estarla fastidiando. A pesar de que para entonces y gracias a ellos, ya toda la prepa conocía sus secretos, más una mentira de esas que lamenta uno por el resto de sus días; los cuatro galanes se habían encargado de difundir por toda la escuela, con lujo de detalles y con la tiranía atroz de la burla, no solo sus confesiones, sino el rumor absurdo de que Ana era una “chola de la liber”, que se había peleado con otras cholas, y a navajazos”.

Esa fue la versión corregida y aumentada de su confesión de temer a las cholas de su calle, que siempre la molestaban y su ya entrada en confianzas inocente fanfarria de que “ya me gustaría ponerle unos trancazos a las muy perras”.

Ridículo siquiera pensarlo, ahora que la recuerdo con sus ropas rosas, perdiéndose en la masa de Madonas y Cindy Laupers que inundaban los pasillos y plaza central de la prepa en los 80’s.

Cada vez que alguien se encontraba con Ana, no faltaba ocasión para que alguno, aún sin conocerla, le hiciera la pregunta en forma cruel y dolosa: ¿es cierto que eres chola? ¿Es cierto que te has peleado muchas veces con otras cholas?

Daba la impresión de que no había un solo estudiante en la prepa que no conociera a Ana y encima sin referirse a ella como “La chola de la Liber”, otros utilizando el talento de la exageración habían adaptado a otras versiones, que si se había peleado a navajazos con una tal Doris de la 16, y que fumaba mota, y que inhalaba cemento, en fin, sus hazañas parecían no tener fin en el imaginario colectivo del estudiantado Lumpen Burgués de la Prepa federal.

De repente la vida escolar de Ana se había vuelto insoportable, y pasaban días enteros sin que uno se la encontrará en clases o en los pasillos.

Hasta que un buen día llegó Ana a la escuela con un periódico en la mano. Todos nos acercamos para escuchar de cerca lo que hablaba con las cuatro amigas, que para entonces ya le habían perdonado la semana que las mantuvo en el olvido, por ocuparse de los cuatro “fantoches”.

Era solo una sección, y para sorpresa nuestra, no era la de Sociales, sino la nota roja y la noticia principal trataba del arresto de un joven que había asaltado a mano armada una licorería.

Ondeaba el diario con una mano, con extraña combinación de orgullo, falsa modestia e indignación:

Ustedes creen, ¡ese es mi exnovio!

Nos dijo de repente provocando un mutis general, hasta que el silencio fue roto por las nada discretas carcajadas del hijo del comandante y sus tres secuaces..

La mayoría no entendimos por qué alguien iba a atreverse a anunciar que su novio o exnovio, era la foto de portada de la sección criminal del diario local – ¡que vergüenza! Solo el tiempo y lo que pasó después nos aclaró que en realidad lo que Ana buscaba, era una coraza, algo que la protegiera del hostigamiento de los cuatro galanes y en consecuencia de toda la escuela.

Pero nada mejoró, todo lo contrario. La siguieron molestando a diestra y siniestra, con la venia de nuestra indiferencia los menos ojetes y el aplauso del público deseoso de espectáculo corrosivo.

La última agresión de los cuatro fanfarrones fue un lunes. Me acuerdo bien porque mis amigas y yo empezábamos a usar uniforme solo el primer día de la semana. Los cuatro galanes llegaron a la Plaza a la hora del receso, donde se reunía toda la prepa y entre risas y su típica fanfarronería le arrebataron sus cuadernos a Ana, e iniciaron con ellos una partida de futbol por toda la plaza, hasta que no quedó una sola hoja de papel unida a otra.

Ana lloró muchísimo, de impotencia y coraje, pero creo que también de desilusión al ver al hijo del comandante pateando sus cuadernos por toda la escuela.

Al día siguiente Ana no llegó a la escuela, pero en su lugar llegó alguien que nos pareció familiar… su exnovio, el de la nota roja… dicen que llegó buscando unos cuadernos.

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Comments

  1. deyanira torres says

    Hiciste que e acordara de una vez que fui a la Juarez, la primera vez que fui a la casa del Memo a hacer un trabajo en equipo, y entonces les dije, “miren, (apuntando al cerro de enfrente), ven esa casa roja, la que se ve atras es la casa de mi abuela, alli vivo yo”, y todos se rieron. Yo no entendi muy bien porque pero me senti muy mal. Después entendi todo. Ellos vivian, todos, en el cerro de enfrente. En el cerro de la gente bien. Afortunadamente exite la obrera y y camino verde de este lado, en el que ahora vivo, pero en ese momento así se acomodo la información en mi cabeza.

Trackbacks

  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Se llamaba Ana y vivía en la Colonia Libertad, iba a la Prepa Federal y tenía quince años, una voz ronca y un lenguaje florido lleno de interjecciones graciosas y municiones verbales que despilfarraba sin ningún reparo a la m…..

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