Por qué seguimos viniendo

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y “Por qué extrañamos tanto”.

A juzgar por los sufrimientos infernales de los inmigrantes camino a Estados Unidos, cualquiera pensaría que éste es el Paraíso terrenal, la Tierra Prometida. Tanto quieren llegar, que aquí tiene que estar el verdadero Edén. Hasta tiene un nombre, el sueño americano.

Los modernos protagonistas de esta Divina Comedia aceptan esta realidad con fatalismo. Pisados y apretujados siguen en interminable enjambre, circulan y circulan, porque no hay otra, porque así es la cosa y porque qué se le va a hacer.

Aunque no veamos más lejos que la frontera con México, a nuestro derredor tiene lugar una corriente de inmigración global sin precedentes en la historia humana. Millones de personas se movilizan para escapar del hambre, de la violencia y la desesperación. Es entonces solamente natural que en los actuales habitantes de América del Norte estas olas generen ansiedad y rechazo. Aunque su única ventaja es haber llegado antes.

Los 72 salvadoreños, ecuatorianos, brasileños fusilados en Tamaulipas, México la semana pasada abandonaron una realidad insoportable por perseguir una quimera irresistible. Pagaron su horror no solamente con la vida sino también con una deuda monetaria que sus familias deberán pagar con más y más miseria.

Para los indocumentados cada vez es más difícil llegar a Estados Unidos. Pero parecen no tener alternativa. Su presencia en términos del debate por la reforma migratoria es pues una constante inalterable. Una presencia indiscutible.

Para quienes vienen de Centroamérica por tierra cruzando México, el sendero fue siempre de humillación y peligro. Una niña que conocí salió de El Salvador a los quince años. Cuando llegó a Van Nuys la habían violado en cuatro ocasiones diferentes.

Y lo que para algunos es una crueldad inaudita para otros es una forma de vida. Me cuentan de un pueblo por Hermosillo donde el secuestro es una industria organizada. Al explotar al migrante ellos mismos emergen de la ignominia y el desamparo. Entonces, los conducen a callejones sin salida. Los venden o simplemente los entregan.

El inmigrante es el ser más desprotegido, el nuevo condenado de la tierra.

Desde que el Operativo Guardián, que echó el cerrojo a la frontera desde 1998,  les cerró el acceso fácil, fluctúan entre un desierto que los abrasa o congela, un río que los ahoga, un pollero que los pierde, y ahora los narcos que los matan para dar el mensaje que pueden.

En estas circunstancias, hasta la Patrulla Fronteriza llega a ser vista como una tabla de salvación.

Un hombre del DF pagó 3,500 dólares al coyote por cruzarlo. Lo devolvieron 25 veces, incluyendo una cuando ya estaba al norte de San Diego. Al final, cruzó sin pollero.

La administración Obama ha superado a la anterior en cantidad de redadas migratorias, deportaciones y militarización de la frontera. Es un hecho. Y en el Congreso anquilosado no se habla seriamente de una reforma que alivie la presión.

Pero igual, siguen llegando.

Y al llegar, los encuentra un ambiente de hostilidad.

Porque trabajo, no hay ni para los que ya estaban.

Entonces, los indocumentados se resignan a recibir mucho menos que antes de la crisis económica.

Un albañil en el Inland Empire ganaba entre 24 y 30 dólares la hora poniendo drywall. Raspaba paredes que contienen químicos. Se le llenaba la nariz de polvo tóxico. Ahora, que le den catorce, dice. Ni así.

Una señora de Bell Gardens que cuidaba a los hijos ajenos por hora ahora los cuida por día, por el mismo precio.

Una familia de cuatro de Los Angeles prepara los petates para volverse tal como se vinieron, mordiendo el polvo. No saben cómo liquidar lo poco que tienen y lo dejan en el apartamento que rentan y que no pagan.

Pero siguen creyendo. Siguen intentando. ¿Por qué? ¿Por qué?

Quizás por la leyenda que sigue viva. Porque no quieren escuchar las malas noticias.

Quizás porque no pueden creer que el sueño americano murió deshidratado en el desierto de Sonora.

O porque allí es peor.

Entonces, ¿cómo se puede ser indiferente a tanta tragedia?

1 Comment

  1. Estimado Gabriel Lerner,

    Gracias por publicar este tipo de realidades que dia a dia momento-a-momento la dignidad de sobrevivencia se esta perdiendo. Preferimos “morir en la raya,” en lugar de sobreguardar lo unico que tiene sentido en este planeta; la vida. Pero realmente le agradezco que se haya tomado su tiempo para reflexionar sobre este paradigma de complejidad como es tal el problema migratorio.

    Att.

    Sergio Aguilar R.

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