México a lo lejos: La aportación personal

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Dada la realidad social en la que los mexicanos vivimos y que debemos enfrentar sin que quepa excusa, me he preguntado últimamente -amigo lector- qué podemos y debemos hacer para aportar un poco de bien a nuestra convulsionada patria. Me fatiga enormemente observar los jaloneos en los medios, los aspavientos, los ríos de tinta y saliva que van de un lado a otro y que, casi mayoritariamente, no cristalizan en nada. Como dije aquí alguna vez, en mi país no son pocos los que aguardan con verdadera esperanza la llegada de un mesías redentor. Esto es un mal que debe ser atacado y desmantelado lo más pronto posible.

Lo primero que observo a la distancia es que en los medios informativos el problema del narco y su violencia se aborda desde un punto de vista exclusivamente político; es decir, se busca a un culpable o culpables y se lucha por su remoción. Puede ser el presidente, es verdad, pero también se habla de los legisladores, de la corrupción rampante del poder judicial e incluso hay radicales que consideran a los partidos políticos un mal en sí mismo y que, en consecuencia, deberían ser desmantelados. La tentación de prenderle fuego al jacal es muy grande y muchos desearían ver todo reducido a cenizas para volver a empezar de cero. Los comunicadores parecen hacer eco de esta perspectiva partidista, pues es natural: estos dimes y diretes son la forma común de expresar empatías y descontentos de la mayoría de la población de un país.

Para quienes tenemos prácticas profesionales menos visibles, resulta complicado el involucrarse en proyectos de acción pública o de difusión en los medios; además, la academia -en mi caso y en el de muchos colegas- resulta ser una actividad que absorbe casi todo el tiempo de nuestra semana.

Sin embargo, creo que sí podemos hacer algunas cosas para ayudar a nuestra comunidad, a nuestra patria. Por principio de cuentas creo que debemos buscar la construcción de una cultura de paz, pero no como resultado de un decreto sino a través de la transformación personal. No puede haber pacifistas que maldigan o injurien; la paz de un país comienza en la vida cotidiana, en la sencillez de los hechos y circunstancias de la gente ordinaria, como tú y como yo. La paz es el resultado de la acción humana, no un estado de gracia venido desde lo alto.

Precisamente en unos días más estaré en México y en una conferencia abordaré este tema que considero tan urgente tratar. Hablaré, como lo voy haciendo aquí, de la relación entre el individuo y su comunidad y de cómo este vínculo analógico encarna verdaderas posibilidades de transformación. La paz, nuevamente,  no es el resultado de un decreto sino de la elección que nosotros hacemos todos los días para dirigir nuestras más profundas convicciones hacia aquellos actos que produzca bienestar para nosotros, nuestras familias y nuestros pueblos.

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Segundo: creo que debemos promover el diálogo. Dialogar en nuestra casa, con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros vecinos y nuestras autoridades es un altísimo y gravísimo deber al que no podemos renunciar. Durante decenios los políticos del país estuvieron acostumbrados a monologar y el resultado de ello fue una sociedad infantilizada, ajena al control de su destino. Se dialoga entre pares, entre semejantes, y ha de dialogarse porque es parte esencial de la persona construir estos puentes con los demás; somos seres gregarios y somos lenguaje, por lo tanto, sólo en el diálogo es que podemos hacer coincidir con precisión estas dos condiciones determinantes de nuestro carácter de personas. Dialogamos porque deseamos escuchar y ser escuchados.

El diálogo nos humaniza, sí, pero también, y desde un punto de vista pragmático, hace posible la construcción de espacios de acción común. Si tan sólo fuéramos capaces de abandonar la pasión futbolera por los partidos políticos y entendiéramos que el crecimiento del país pasa por el acuerdo de sus habitantes y no por la destrucción de quien no piensa como uno, entonces, querido lector, sí que nos encontraríamos caminando en la dirección correcta. Sí hay un destino y tarde o temprano tendremos que darnos cuenta de su existencia: la tolerancia crítica.

El tercer punto consiste en educarnos y educar. Como profesor creo muchísimo en la educación, pues estoy convencido que sólo a través de un proceso formativo intenso la persona es capaz de enriquecer su mirada del mundo y, además, adquirir la capacidad de incidir de una manera propositiva en la realidad. Aquel ser humano que ha experimentado un proceso de formación humanista potencia su ser y adquiere más que la pura erudición, obtiene algo que hoy echamos tanto en falta: sabiduría. Basado en mi experiencia puedo afirmar que una educación humanista unifica el saber con las virtudes y hace que la persona se transforme, abandonando su indiferencia, su egolatría y su desprecio por aquellos que piensan y actúan de un modo diferente. El hombre no es malo por naturaleza, es, mejor dicho, malo y bueno, y la educación humanista siembra en las personas el deseo de la bondad, la belleza y lo verdadero.

El modelo tecnocrático, el modelo neoliberal, ha iniciado en los años recientes una cruzada en contra de las humanidades y se ha hecho creer que le educación es sólo la habilidad de desarrollar ciertas labores manuales. Se trata de un modelo político y económico al que le interesan más los obreros que los intelectuales. Estamos viviendo una época oscura en la que las ganancias, el lucro, se han convertido en la finalidad exclusiva; esto, que pareciera propio del mundo financiero, ha penetrado hondamente en las estructuras sociales, culturales, y ha erradicado virtudes tales como la donación, la entrega, el sacrificio; en su lugar, como era de esperarse, se ha inoculado a la persona con un virus letal: la gratificación. Las personas de hoy, atontadas por el vértigo de la hipermodernidad, son seres bulímicos que buscan con ansia el satisfacer su compulsión por el consumo. No hay sociedad que sobreviva si insiste en prolongar infinitamente estas prácticas onanistas.

En fin, hasta aquí mis palabras. He querido apuntar hacia tres opciones próximas a cada uno de nosotros, las cuales nos pueden auxiliar a crecer personalmente, a desarrollarnos y -con ello- a lograr la construcción de una mejor patria. Un país, querido lectores, no es ni su geografía, ni sus leyes, ni sus instituciones: un país es su gente.

Un ciudadano, así lo creo, es un hombre de compromiso o es una pesada carga para todos.

 

Alex Ramirez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo. Profesor de cultura y literatura latinoamericanas en la Pennsylvania State University. Doctor y maestro en literaturas hispánicas por la University of Arizona. Activista insaciable en la promoción de los valores humanistas, el Dr. Ramírez-Arballo se ha involucrado desde siempre en actividades extracurriculares, tales como las conferencias, talleres y encuentros relacionados con la filosofía, la literatura y la cultura latinoamericanas, la evolución personal y el humanismo.
Sitio web: www.alexrama.com
Twitter @AlexRamaNT
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Álex Ramírez-Arballo. Profesor de cultura y literatura latinoamericanas en la Pennsylvania State University. Doctor y maestro en literaturas hispánicas por la University of Arizona. Activista insaciable en la promoción de los valores humanistas, el Dr. Ramírez-Arballo se ha involucrado desde siempre en actividades extracurriculares, tales como las conferencias, talleres y encuentros relacionados con la filosofía, la literatura y la cultura latinoamericanas, la evolución personal y el humanismo. Sitio web: www.alexrama.com Twitter @AlexRamaNT

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