Angelinos: nos une lo que nos separa

La chica que me corta el pelo se llama Anne, “con dos enes y e al final”, dice. Es una mezcla, dice, medio vietnamita y medio china, y me regala su nombre en chino.

“Es bonito”, le digo, “muy estético”.

No, contesta, si lo ven mis mayores lo van a rechazar, y hace un gesto con el brazo, llevando la mano a la altura del hombro y cerca de la cara y lanzándola hacia adelante. Un gesto típico de los judíos de Bukovina y Besarabia: el que desdeña al otro, al goy, al paisano que viene de otro pueblo, a quien es demasiado intelectual. Hacen el gesto y exclaman “¡eéh!”.

Ahora me pregunta de dónde soy, porque, dice, le parece raro que yo trabaje para un diario en español, viéndome como me veo, y señala mi cabeza enrulada, y mi tez blanca, y los mechones color amarillo oscuro que caen al piso.

“Soy judío”, le digo, y me señalo con el dedo, “y soy argentino”. ¡Ah!

El negocio en el que Anne me está cortando el pelo está en un pequeño mall sobre la calle Valley en Alhambra, casi llegando a Monterey Park, barrios de Los Angeles con población mayormente “asiática”.

“Yo nací aquí y estoy americanizada, pero hablo los dos idiomas de mis padres”. Escribir no, porque el vietnamita se escribe, dice, “con letras inglesas”.

Le informo que me encanta la comida vietnamita, tan parecida a la francesa, y que la vez que visité París con mi amiga Iris Bacal, la que falleció hace sólo un par de años, comimos en restaurantes vietnamitas porque no teníamos dinero y eran sabrosos y baratos. ¡Y el pan! “El mejor baguette es el vietnamita”.

Resulta que la familia de Anne tiene una panadería en Brentwood, del otro lado, en el Oeste de Los Angeles, en los barrios ricos. “Cada día preparamos un pan diferente, y el viernes hacemos jalá, para los judíos”, dice, y me invita a pasar por allí.

Ah, Los Angeles, Los Angeles. Lo que nos da carácter y una imagen es la percepción de la “diversidad”.  Lo que nos une es aquello que nos separa.

Nos une, porque el novio de Anne, Javier, es latino. O quizás no: “es mitad guatemalteco y mitad alemán”. ¿Qué? Ah, no es nada, se ríe y sus mejillas se inflan y sus ojos son casi invisibles con la risa, no es nada, y menciona a una cuñada, o una amiga, que tiene cinco procedencias, incluyendo la irlandesa, la afroamericana, la nativoamericana. Ya me mareo y recuerdo que para ser reconocido como miembro de una nación original de aquí el aspirante debe demostrar ser al menos un 16% indio. Algunas tribus, las más ricas, las que lograron contratos con los gobiernos estatales para administrar casinos, suben el porcentaje, para así tener menos miembros y más ganancias para cada uno. Entonces, nos separa. Cómo cambian los tiempos.

Me despido de Anne y viajo en mi coche sueco de vuelta a mi casa en el Este de Los Angeles, donde el 96% de la población es latina. Así y todo, está dividida entre los residentes nuevos, los inmigrantes, muchos indocumentados, los más pobres y desarraigados, y los mexicoamericanos de quinta generación, los que se resisten a hablar en español hasta que cruzan el dintel de sus casas.

En la semana de Navidad y Año Nuevo, como es costumbre, fuimos a comer en un restaurante chino. En el que llegamos, recomendados por quién sabe quién, no cabía un alfiler. Su permiso es para 160 personas y había al menos 300. Los del ejército de meseros y meseras literalmente corrían entre las mesas realizando piruetas imposibles, así no se les caían los platos, y los trescientos gritaban, miraban lo que los otros comían, esperaban, y los platos que se servían parecían de museo culinario, de revista de arte, de high society, y éramos los únicos blancos.

Nos dieron un número. Cuando los llamen vengan, dijeron. Sí, pero llamaban en chino. Con gritos y gesticulaciones y todo no entendíamos, de modo que me puse a mi vez a gritar y a gesticular y protestar en medio de la sala y un minuto después estábamos sentados y servidos.  Los miraba sin entenderlos, y sentí que sentía como los angloparlantes cuando están en un lugar de hispanos, donde nadie les habla ni escucha ni entiende, y se ponen a gritar también “speak English!” y pensé entonces en todos los países del mundo que se están diluyendo, siguiendo el ejemplo de estados como la Argentina, Israel, Estados Unidos, se diluyen en un mar de inmigrantes, sus identidades se mezclan, sus culturas se parecen cada vez más.

Para el cumpleaños de mi hijo del medio, me prometí entonces, vamos a Beni Hana.