Gabriel, el de Los Angeles

Qué maravilla. En el estrado, Gabriel Johnson, flanqueado por dos sacerdotes, hace sus votos  por la paz en el mundo, por la comprensión entre la gente. Dice que cuando vio a una señoras de la calle y le preguntó a su padre quienes eran y él le dijo que eran prostitutas, se preguntó si en su infancia ellas no querían ser doctoras o abogadas, o artistas.
Gabriel lee sus poemas y la gente calla.

“¿Qué es para tí la libertad?
Todo lo que oigo es “Baby, tú sí puedes hacer que las cosas sean diferentes”.
Puedes entrar a mi corazón pero no a mi alma.
Tengo un alma sufrida pero un corazón jubiloso.
——–
¿Qué haces? Debes incorporate de esa caja de cartón
Levantarte y hacer algunos cambios
Hace que las cosas sean diferentes
Si no hay cambio
La vida no cambiará”.

Los sacerdotes cantan: una acompañada de guitarra, otro de una darbouka, un tambor árabe que suena a desierto.
Y cuando ellos cantan, la congregación bate palmas y se regocija con Gabriel y sus logros y hallazgos en la vida, y un estremecimiento me sacude, cuando observo a la muchedumbre en el templo, unas doscientas personas que lo colman de punta a punta.
Casi todos son afroamericanos, vestidos de sus mejores hábitos de fiesta, solemnes, atentos.
El templo es una sinagoga judía en Pasadena, el Pasadena Jewish Temple and Center. Y los sacerdotes, el rabino Joshua Levine Grater y la cantor (o maestra de capilla) es Judy Sofer.
Y Gabriel estaba celebrando, este 2 de Sivan de 5769, 25 de mayo de 2009,  su bar mitzvá, sus trece años, su rito de iniciación en la comunidad de los grandes, porque a partir de ahora es, según las costumbres, el responsable moral de sus propios actos. Es desde ahora, en traducción libre, el hijo de sus propios preceptos.
Gabriel, hijo de James Johnson Jr. y de Carla Sameth, es un afrojew. Hijo de negro y de judía, y tan típicamente angelino como las mañanas de neblina, como los freeways, como el Este de Los Angeles. Es el fruto de dos culturas, y a ambas representa con su tez oscura y sus rasgos finos y su mirada directa.

“Cuando miras dentro de mis ojos, ¿encuentras algo de luz
o es solamente la vela que rompe dentro de mis ojos?
¿O es el amanecer sorprendido?
¿Qué? ¿No estabas listo para un día nuevo?
Estamos en Disneylandia
pero no hay desfile porque no hay tiempo para jugar
porque hoy tenemos mucho que decir”…  (de “Mis emociones”)

Luego de la lectura de su porción en la Torá (Pentateuco) del día, que entona en la lengua sacra, lee con su vocecita aún de niño su misiva a la congregación. El tema que eligió es el de la confianza y la vulnerabilidad del ser humano, algo central en su vida y sus luchas.
Carla me escribe que cuando ensayaba la misiva se ponía tan nervioso que la hizo como rap. Porque es rappero; mi hijastro Jeremy, un hispanojew, hijo de centroamericano y judía a su vez, cuenta que los poemas en la escuela que comparten Gabriel no los declama: los interpreta en una composicion rapp.
Carla, que habla perfecto español, creció en un sector etnicamente diverso de Seattle donde predominaban afroamericanos, asiáticos, nativoamericanos, judíos serfarditas “y algunos blancos”, hija de padres con ideales sociales. “Nunca”, me cuenta, “me trataron como blanca. Y otras culturas me reclamaban como propia: india, latina, armenia”.
Esto es Los Angeles, donde Gabriel hizo un círculo completo y llegó a sí mismo, al lugar cultural de su madre apoyado enteramente por la presencia de la gente de su padre. Esta es su comunidad, su villa. Su vida difícil por ser un nombre de raza mixta, de dos grupos que comparten el amor por la familia, la buena comida, el humor, el sentido de cambio social y la costumbre de luchar contra las dificultades. Y los ataques racistas.
No es el único. El año pasado, Gabriel visitó Israel y participó en una clase magistral de… basquetbol (patrocinada por la organización Peace Players International) presentada a niños palestinos e israelíes por otro afrojew, Jordan Farmar, un niño del Valle de San Fernando y estrella de los Lakers.  Un vídeo que aparece en Youtube muestra a cada uno de ellos: uno con la confianza de quien ya es consagrado; el
otro con la curiosidad de quien todo quiere saberlo.Aquí llegó pues Gabriel Rafael Johnson, cuyos padres se separaron hace muchos años con un acuerdo que estipulaba que sería criado en las tradiciones  judía y afroamericana.
“Este fue mi objetivo; que esta unión fuese posible, que fuese para el, y como madre soltera… no fue facil”, me escribe Carla. “Me pasé la vida luchando para que el mundo acepte y abrace a Gabriel como quien es, para que él encuentre su sitio”.
Y lo confirman las palabras del Talmud:

“Que vivas para ver a tu mundo realizado / Que tu destino sea para los mundos que aún vendrán / Y que puedas confiar en las generaciones del pasado y las que están por llegar / Que tu corazón lo colme la intuición / Y que tus palabras las llene el conocimiento interno / Que los cánticos de alabanzas estén siempre en tu lengua / Y tu visión sea de un camino recto delante de tí / Que tus ojos brillen con la luz de las palabras sagradas / Y que tu faz refleje la claridad de los cielos”.

Gabriel anuncia su proyecto de bar mitzvá: pide a todos los presentes considerar donaciones para los alumnos de las escuelas primarias de Para Los Niños, la organizaciones que mantiene planteles en los barrios pobres para niños de homeless o que viven en condiciones precarias (http://www.paralosninos.org) .
Comienza la celebracion; las tías abuelas y la congregacion negra canta gospels. Gabriel y un amigo dedican a Carla un tema del rappero 2Pak. El alcalde de Los Angeles Antonio Villaraigosa envía una proclamación señalando el día.
Y la comida, la comida es mexicana.