¿Reforma o privatización? El futuro de la educación pública

No hace mucho tiempo un colega y yo nos enfrascamos en un debate sobre la actualidad de la escuela pública en nuestra ciudad.  Le mencioné que Alemania tiene junto a más de treinta naciones,  mucho mejores resultados que nuestro país en ese campo. De lo anterior no se escapa el Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles (LAUSD). Me apoyé en reportes anuales de la UNESCO, entre otras.  Él insistió en la necesidad de privatizar esta institución y respondió a mi observación señalándome que en aquel país europeo los maestros ganaban mucho menos que aquí. Y que era más fácil obtener una licencia.

No me tomó mucho tiempo mostrarle varios artículos, entre ellos uno de sobre una investigación de la Universidad de Minessota donde se indicaba que en promedio, un docente de aquel país ganaba al menos lo mismo que los nuestros y en algunos casos ligeramente más. Ante tal argumento, su respuesta fue de lo más absurdo. Para ser maestro en cualquier estado germano, afirmó, se requiere una maestría y por lo general más tiempo que en Los Estados Unidos  Según mi colega, el artículo era antiamericano.

Una de mis frustraciones como maestro en el sistema de educación pública de Los Angeles, es que la educación se desarrolla con base en política más que en ciencia. Ante el fracaso del modelo tradicional se vuelve a la solución mágica: la privatización.  Recientemente,  la Junta de Educación aprobó entregar más de cuatrocientas escuelas a particulares, fueran entidades privadas o las llamadas Charter Schools . Así piensan encontrar su fórmula mágica.

Curiosamente, muchos latinos, incluyendo el alcalde de Los Ángeles Antonio Villaraigosa y el propio director del distrito escolar Ramón Cortines parecen apresurados en llevar a cabo la llamada reforma educativa. ¿No será el ansia reprimida del que no pudo asistir a una escuela privada y quien como venganza cree que los más humildes encontrarán allí lo que ellos no pudieron?

Pero, ¿no son ellos mismos ejemplos de cómo se puede triunfar con el sistema de educación pública? Yo me pregunto entonces, ¿qué pasa con el sentido común?  Si desmantelamos lo que ha permitido a mucha gente acceder a la educación,  nos encaminamos  a la polarización de todo el sistema. En el peor de los casos, su entrega a colectivos privados o autónomos sólo llevaría a la catástrofe generalizada.  ¿Hay alguna seguridad de que el experimento de reinventar lo ya creado y teorizado antes internacionalmente tenga el éxito que tanto buscan los que en el nombre de la reforma hablan de poner en manos de la comunidad esta institución básica del mundo moderno?

Hay personas, como el actual Secretario de Educación, que admiran el modelo chino e hindú de formación general y profesional.  De ahí que en la modalidad estadounidense de la reforma educativa se apoye tanto el experimento de las academias, de las escuelas controladas por padres, la comunidad y en mucho menor grado los maestros. Se exalta la calidad de los estudiantes salidos de aquellas instituciones docentes asiáticas.

Ahora bien, se olvida aquí el hecho fundamental de que esas escuelas “independientes” y privadas son de carácter elitista, que no abarcan siquiera al 10% de la población y que requieren una fuerte contribución monetaria para sus matrículas. Y no son nada cooperativas en sus decisiones. Además sus programas académicos son copia de los modelos universales que los países de avanzada ya han llevado a cabo.  Si hay que estudiar Matemáticas del primero al último grado, si la lectura acompaña lo mejor de la literatura, si las ciencias aparecen en todos los grados, eso no es nada nuevo.

Yo estudié en un país al que muchos acusan de politizar hasta el hecho mismo de alfabetizar a un niño. Quizá no sea del todo falso, pero en la escuela que yo asistí la base de la educación correspondía a la tradición europea y latinoamericana del rigor académico. Así lo hacen en todos los países desarrollados: menos en Estados Unidos.  Así que no veo en esas escuelas privadas nada mágico que no sea enseñar de manera estándar y con apego al rigor académico.

Para eso no hay que privatizar las escuelas ni el sistema que ya cubre a toda la población, sino apegarse a las normas de la pedagogía moderna.  Hablo de la ciencia de la Educación y la ciencia no es privativa de un lugar sino que puede aplicarse en sus variantes locales sin necesidad de reinventar cada día lo que ya otros han probado.

El fracaso del sistema de educación de California no está vinculado a la  antigüedad de los docentes, conocida en inglés como “seniority”, ni a otros beneficios y derechos de los maestros. Decir lo contrario es una falacia.  Más de tres decenas de países desarrollados y muchos más no tan desarrollados lo demuestran. Recuerdo con veneración a aquellos viejos maestros que ostentaban la aureola del saber que viene con la experiencia. Eso no significa que perdonemos a los malos maestros. Para eso está la evaluación profesoral que, aplicada como debe ser, eliminaría de las escuelas a quienes se aprovechan de sus derechos para no enseñar nada.

Necesitamos un sistema de educación y no la proliferación anárquica de programas diferenciados por estados, condados y distritos escolares, algo contrario a los resultados universales y que se aparta de la práctica de la avanzada educacional a nivel mundial. ¿Cómo entonces se culpa a los profesionales de los males en un país donde los políticos se arrogan el derecho de cambiar las cosas en base a lo subjetivo y no en base a la ciencia pedagógica y de los experimentados profesionales del ramo?

De todo el mundo desarrollado, Estados Unidos es el único país en donde no se toman en cuenta las opiniones de los expertos en educación. Es el único que no los respeta. ¿Cómo las demás ramas de la sociedad permiten a sus expertos opinar y ayudar a reformar errores mientras que para la educación se lo considera una cuestión de intereses especiales? Vuelvo a Alemania, a Francia, Japón  e Italia por mencionar algunos. Allí no solo se paga tan bien como en este país sino que los profesores son respetados en su estatus social.

Para mí resulta obvio. El enfoque de las reformas en nuestro país y en el Distrito Escolar Unificado de los Ángeles marcha por un camino equivocado. No hay solución mágica. Entonces, ¿por qué no dirigir nuestra mirada a quienes se encuentran en la vanguardia. ¿Por qué no unificar con respeto a la individualidad? ¿Por qué no relacionar exámenes estándares con la promoción e instrucción de elementos básicos a niveles nacionales? A ello se le puede agregar el sabor de lo local. El manejo de fondos, el orgullo por su escuela, el intercambio de mejores experiencias y las exigencias para que se cumplan los requisitos básicos de una buena educación deben convivir con la calidad general y universal.

No hay que desmantelar lo que ya existe. La solución se encuentra en arreglar lo fallido, destruir la rutina del fracaso y reformar la educación pública para hacer de ella una institución que no desmerite su posición en el siglo XXI.

La educación privada traerá consigo el elitismo y la destrucción de una de las mejores armas de esta sociedad para enfrentar los desafíos de nuestro tiempo. En mi propia experiencia y en los resultados obtenidos de muchos reportes, escuela privada o chárter no siempre significa mejor calidad. No olvidemos la escuela  chárter local a la que le suspendieron los exámenes de ingreso por fraude. Mientras más separados, menos control. Las instituciones necesitan reformarse, pero para que funcionen no pueden reinventarse a cada momento.

Reforma y no privatización es lo que necesitamos.

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