¿Diálogo en Honduras? (II)

Lea la primera parte aquí.

Chetumal 3 de octubre del 2009.

No han sido fáciles los últimos días en Tegucigalpa. No sólo el diálogo se estancó, sino que pareció quebrarse la posibilidad de continuarlo cuando Roberto Micheletti aprobó el decreto PCM 016-2009 que limita importantes garantías individuales. Éste fue emitido en caliente tras el rugido democrático del presidente brasileño  Lula, quién ridiculizó al hondureño al señalar que ningún golpista le ponía condiciones, después de que el presidente de facto de Honduras le diese diez días para aclarar en qué estatus se encontraba Zelaya en la embajada brasileña.

Micheletti se equivocó y buena parte de la sociedad hondureña reaccionó apuntando que la limitación de los derechos individuales no debía ser un instrumento para restablecer la “normalidad política”. Todo parece indicar que regresando a trabajar el lunes 5, después de oír a la Corte Suprema de Justicia, a los diputados, a los candidatos presidenciales y a otras fuerzas políticas hondureñas, el decreto se revocará y la situación “regresará” a la normalidad. Ya hace unos días que Micheletti solicitó perdón a la comunidad nacional e internacional por una medida que pensó era conveniente para “tranquilizar” a la gente que había reaccionado a los llamados “revolucionarios” de Zelaya, pero que impediría, si se extendiera el plazo previsto de 45 días, entre otras cosas que las elecciones fueran la salida a la crisis por las restricciones impuestas en el decreto.

La tensión va en aumento conforme los días pasan y se acercan las elecciones. El golpe en la mesa de Micheletti hizo en cierta forma que la comunidad internacional reaccionara.

Por una parte muchos intelectuales convencidos de que en Honduras se produjo un golpe de Estado que debe ser revertido y que miran con expectación el resultado del proceso, sonrieron pensando que este “nuevo” error del gobierno de facto, unido al inminente allanamiento de la embajada de Brasil y el consecuente arresto de Zelaya, suponía el principio del fin del gobierno “golpista”. Por otra Brasil trasladó una misión de diputados para conocer la situación de la embajada y establecer pláticas con todos los actores (a pesar de que Lula no negocia con “golpistas”) y Estados Unidos envió, parece que con la resistencia de John Kerry, una misión de senadores y congresistas republicanos para conocer la situación sobre el terreno y seguir insistiendo que desde su punto de vista en Honduras la sucesión presidencial fue legal.

En la OEA empezó a fracturarse la unanimidad. Tras una tensa sesión de más de diez horas, Argentina señaló que el hecho de que el gobierno hondureño no hubiera permitido ingresar a Honduras a una misión de la OEA era una nueva bofetada a la organización y pedía medidas todavía más contundentes de condena, mientras que Estados Unidos calificaba de “tontería” el ingreso de Zelaya a Honduras, acusándolo de ser el responsable del agravamiento de la desestabilización y la violencia en el país.

México y España, cuyos embajadores tampoco pudieron regresar a Tegucigalpa, señalaban inicialmente que ellos no habían roto relaciones diplomáticas con Honduras, por lo que no tenían que acreditar de nuevo los embajadores exigiendo que se respetaran las condiciones de inmunidad diplomática, a pesar de que más tarde la canciller mexicana Patricia Espinosa trató de matizar la posición de su país señalando que México defendía democracias y no personas, en clara alusión a que no formaba parte de la voluntad de ese país defender de forma ciega al ex presidente Zelaya.

Reaccionando a esta semana de tensión e incertidumbre, la comunidad internacional se ha movido con más interés. En la ONU se manifestaron preocupados por el abuso de los derechos humanos en Honduras; Canadá apoyó expresamente la idea de que las elecciones son la única salida posible a la crisis, mientras que importantes sectores en Alemania parece que ven con buenos ojos la solución electoral y la Unión Europea solicitó a Micheletti que permitiera el ingreso de embajadores europeos en Tegucigalpa para colaborar en la búsqueda de una salida negociada.

John Biehl, representante del secretario de la OEA José Miguel Insulza, quien por cierto también se entrevistó el martes pasado con Micheletti en la base aérea de Palmerola, fue el único diplomático de la OEA al que le fue permitido el ingreso a Honduras la semana pasada, hasta la llegada ayer de una comisión presidida por Víctor Rico, secretario de Asuntos Políticos de la OEA.

Biehl ha señalado que ve con mucho optimismo la posibilidad de un acuerdo político en Honduras. En su opinión en este momento existe voluntad para la negociación y el diálogo y eso debe ser aprovechado por la comisión de cancilleres de la OEA que llega el día 7, ya de forma oficial, a seguir con su “mediación”. Esta visión de que el acuerdo está cerca ha sido apoyada también por diferentes empresarios hondureños que incluso se han atrevido a señalar que en siete días el conflicto estará solucionado.

No me atrevo a ser tan “optimista”. Las posiciones siguen siendo aparentemente las mismas. A pesar de la disposición al diálogo ¿quién está dispuesto a ceder? Zelaya acaba de declarar que a pesar de que renuncie a su “constituyente”, volverá a impulsar a que ésta sea posible en el 2010. Por su parte el gobierno de facto sigue en su estrategia de consolidar el proceso electoral, y descansar en la idea de que el pueblo decida sus nuevos gobernantes sin pensar en la posibilidad de una reforma dialogada del sistema político.

En estos momentos de tensión es muy fácil equivocarse: lo hizo Micheletti con el decreto y lo ha hecho el Presidente de Costa Rica y mediador Oscar Arias al reconocer que hasta esta semana no había leído la Constitución hondureña, y que una vez leída su conclusión era que ésta era un “adefesio”.

La reacción en Honduras ha sido dura, y se ha caracterizado por el “inmovilismo”. Hay que reconocer que de un premio Nobel de la Paz se espera un poco más de habilidad diplomática. No sólo trató de “imponer” una solución cuando el “Pacto de San José” debía de ser una “negociación”, sino que ahora el “mediador” insulta la norma de convivencia del pueblo hondureño.

Sin embargo, probablemente de forma inconsciente, Arias señala un aspecto muy importante sobre el que hemos estado escribiendo desde hace semanas y que debe formar parte del pacto final que dé salida a la crisis. Las normas no son sagradas, ni siquiera las Constituciones, y eso debe ser entendido. Una norma es efectiva si facilita la convivencia, y como se vio, en Honduras el sistema político colapsó por la falta de voluntad política de las elites para transformar lo que era necesario modificar.

Uno de los ejercicios a los que debe convocarse a la sociedad hondureña es a que debata abiertamente sobre los aspectos que deben de ser modificados en el sistema político. Puede que haya que modificar leyes o aspectos de la norma suprema, o puede que deban modificarse actitudes arraigadas en la cultura política hondureña, pero es importante que el ejercicio se realice. Arias ha cometido muchos errores, pero los hondureños no deben cerrarse a la discusión y a la identificación de los problemas profundos que afectan su sistema político.

Los candidatos presidenciales también navegan en aguas complicadas y es fácil que cometan “errores”. No debe ser fácil manejarse en este contexto, por lo que quizá es injusto criticar, pero los errores hay que señalarlos. Daba la impresión desde hace tiempo que era difícil que Porfirio “Pepe” Lobo no ganase las elecciones convocadas; pero también daba esa misma impresión en las anteriores elecciones y sin embargo las perdió (en gran parte por sus errores, a pesar del “empujoncito” que Arístides Mejía le dio a Zelaya desde el Tribunal Supremo Electoral).

Si Lobo se confía e insiste en cometer errores, sobre todo de cara a su electorado, como el de no saber señalar quien es el presidente de Honduras, puede que se convierta en el candidato perfecto para estudiar qué debe hacerse para perder una elección en la que uno parte con ventaja. No es que el resto de los candidatos destaquen por sus grandes destrezas políticas, pero el nacionalista no debe dejar pasar la ocasión, si quiere ganar, de presentarse al país como un estadista y no como un político oportunista tratando de navegar en momentos complicados para salvar su carrera política.

En cierta forma lo mismo puede decirse del resto de candidatos que hasta la fecha no han hecho más que reproducir una campaña electoral anticuada que difícilmente va a motivar al electorado hondureño a participar (aunque en este caso puede que la participación sea mucho más numerosa que en otras ocasiones por el cuestionamiento que se está haciendo al sistema político por parte de la comunidad internacional).

Tenemos que seguir esperando. Todos apuntan con optimismo a una pronta salida negociada. Sin embargo la realidad es muy complicada y entre todos se han esforzado en complicarla.

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