TINTA ROJA: Liu Xiaobo y el valor humano

Esta es la parte 14 de un total de 30 partes en la serie Tinta Roja / Laura Fernandez Campillo

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Tengo que confesar que, en un principio, cuando escuché el ganador del Premio Nobel de la Paz de este año 2010, sentí la lógica decepción del que barre para casa: esperaba que la Fundación Vicente Ferrer tuviera el honor de recibir este premio. Sin embargo, a los pocos segundos, cuando comencé a escuchar la historia de Liu Xiaobo, que desconocía hasta ahora, mi alegría fue creciendo al tiempo que aumentaba el conocimiento de sus actos; tanto por su lucha personal por la consecución de las libertades de su país, como por el paso valiente que ha dado la Academia Sueca, desoyendo las “advertencias” del gobierno chino al respecto.

La inquebrantable China parecía haberse convertido en el bastión inexpugnable a quien nadie se atreve a levantar la voz. El sucesivo y reiterado descontrol de los derechos humanos dentro de sus fronteras, nos lleva a pensar por qué motivo, contemplando una evidencia tan grande ante nuestros ojos, todos los gobiernos pasan de puntillas ante la obviedad. Todos conocemos la importancia económica que ha adquirido este país y todos dependemos, como si de una tela de araña se tratase, de sus decisiones y sus movimientos.

China lleva mucho tiempo manteniendo su divisa, el yuan, artificialmente devaluada, (compra divisas de otros países y vende yuanes) con lo que logra vender sus productos fuera de sus fronteras a un menor precio, basando así su economía en la exportación y en la acumulación de reservas. Este hecho consigue que no todos los países se encuentren en igualdad de condiciones para vender sus productos al exterior, ya que, el que tiene la divisa más baja, resulta más barato que el resto. Las protestas internacionales al respecto, de momento, no han surtido mucho efecto.

Todo esto, a niveles macroeconómicos, a los ciudadanos de a pie se nos escapa; pero podemos detenernos en una microeconomía más evidente para todos, y comprobar las consecuencias con hechos. Cuando tenemos la ocasión de comprar un bien que necesitamos, ¿qué motivos utilizamos para decantarnos por una elección? En la mayoría de los casos: el precio; pero ¿existen otras razones importantes que debamos tener en cuenta? Estamos criticando a países como China, porque no entran justamente en el juego del comercio internacional; pero ¿y nosotros?, ¿y los consumidores?, ¿somos “justos” a la hora de comprar? Porque, habitualmente, cuando adquirimos el producto extremadamente barato, salimos del comercio con una sonrisa, sin plantearnos si quiera cuál puede ser la razón por la que el precio resulta tan excesivamente bajo. ¿No estamos acaso, con esta actitud, alimentando el mismo monstruo por el que protestamos?

Una compra justa nos haría detenernos unos minutos antes de gastarnos el dinero, y meditar sobre los motivos que nos llevan a tener la oportunidad de adquirir ”la ganga” del día. ¿Serán las condiciones de los trabajadores que las crean?, ¿las condiciones de los trabajadores que las venden?, ¿serán los movimientos internacionales artificiales de divisas?, ¿será un poco de varios ingredientes?

¿Cómo comprar justamente? No creo que sea cuestión de prohibirse a uno mismo la compra de productos de un determinado país o empresa; lo que quiero decir es que, cuando uno compra, es importante que se detenga unos segundos a pensar en los motivos que rodean al comercio, más allá de la evidencia económica que procede del precio.

Yo trabajo en un banco, y cada día se acercan a mí numerosas personas buscando el “mayor interés” para sus inversiones. A la gran mayoría sólo les importa el número: la sentencia definitiva que les mantenga o les aleje como clientes. Sin embargo, también hay un nutrido grupo de aquellos que valoran más allá del titular numérico del plazo fijo; la calidad del trato, el esfuerzo del empleado y otra serie de circunstancias que, en su opinión, suplen la diferencia económica. Existe un “valor añadido” que es la consecuencia de la mayor o menor humanidad que ofrece la transacción.

Por mi parte, creo en ese “valor añadido”, tanto o más que en el precio. Uno puede pensar que está comprando más caro, pero yo creo que la realidad, a medio plazo, es muy distinta. Volviendo al ejemplo del banco, quizás hoy le daré a mi cliente fiel un 3% cuando otros podrían darle un 4%; pero quizás, cuando reciba una vajilla que mi empresa ha tenido a bien ofrecerme para regalar al cliente que yo quiera, se la entregaré a aquel hombre fiel que se ha decantado por el “valor humano” de confiar en mi como su asesora, compensando, con creces, el 1% que inicialmente pensó que perdía.

¿Comercio justo? Obviamente, también forma parte de la elección del consumidor.

Por todo esto, creo que la petición de justicia económica y de derechos internacionales, puede empezar por aplicarse en la cabeza de cada uno; que no podemos exigir en macro lo que no hacemos en micro. La avaricia, queridos amigos, es la misma allá donde vayamos; en grande y en pequeño; en China y en EE.UU.; en política o en casa…

Noble este Nobel de Liu Xiaobo, que se convierte en una de las primeras voces oficiales y contundentes que alzan la palabra que pide y reclama libertades desde el resto del mundo; nobles también las actitudes de aquellos que, en pequeñito, trabajan cada día por el valor humano.

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Laura Fernandez Campillo

Laura Fernández Campillo. Ávila, España, 07/10/1976. Licenciada en Economía por la Universidad de Salamanca. Combina su búsqueda literaria con el trabajo en la empresa privada y la participación en Asociaciones no lucrativas. Sus primeros poemas se publicaron en el Centro de Estudios Poéticos de Madrid en 1999. En Las Palabras Indígenas del Tao (2008) recopila su poesía más destacada, trabajo este que es continuación de Cambalache, en el que también se exponen algunos de sus relatos cortos. Su relación con la novela se inicia con Mateo, dulce compañía (2008), y más tarde en Eludimus (2009), un ensayo novelado acerca del comportamiento humano.