TINTA ROJA: ¿Hay que tolerar la intolerancia?

Esta es la parte 20 de un total de 30 partes en la serie Tinta Roja / Laura Fernandez Campillo

En la cadena de televisión “Intereconomía”, cada día tenemos que desayunarnos con vídeos institucionales de este estilo:

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o bien:

Todos tenemos nuestra opinión, es cierto, sin embargo, ¿qué límites tiene la opinión personal?. Un límite claramente definido y que podemos acordar por ser de naturaleza universal, es el del respeto a todo ser humano.

El Artículo número 1 de la Declaración de los Derechos Humanos dice así: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Obviamente, estamos partiendo de una base muy debilitada en este aspecto, por lo que, todo lo que se edifique sobre estas tierras movedizas, será tan frágil como sus cimientos.

Hace unos días discutía con una persona sobre el matrimonio homosexual. Él me decía que los que estamos a favor, no respetamos a los que están en contra y que tenemos que respetar su opinión. Traté de analizar esta respuesta, antes de contestar, porque obviamente, puede tener su parte de razón. Todos tenemos derecho a tener nuestra opinión, y hasta aquí, estamos todos de acuerdo. (Sí, lo sé, algunos, ni siquiera están de acuerdo en esto). Sin embargo, mi opinión no puede marcar la tónica de las regulaciones, porque de ser así, nunca hubiéramos alcanzado los derechos que hoy en día tenemos.

Cuando la mujer no tenía el derecho al voto, había opiniones de todo tipo al respecto. Incluso la ilustrada Victoria Kent se situaba en contra de este derecho, porque decía que el voto de la mujer se decantaría por la derecha, al estar mayoritariamente influida por las ideas de la Iglesia. Sin embargo, algo más allá de las opiniones, que es el sentido común y los derechos “del ser humano”, se alzó por encima de las mismas.

¿Qué es aquello que nos une a todos? Nuestra condición de personas. Es en ella en la que debemos fundamentar los derechos, y no en las formas de vida de cada uno, ni en las opiniones. Por ser humanos, todos debemos contar con los mismos derechos, fundamentalmente, por esencia, y también por el bien de la convivencia. En el momento en el que dejamos a un determinado grupo, por condición de raza, sexo o apetencias sexuales, estamos creando una diferencia esencial: lo diferenciamos como ser humano.

Creo que justamente en esta asunción y universalización de este derecho tan básico, se encuentra la consecuencia de poder ser, cada uno, diferentes. Me explico. Al parecer, en este asunto, se asoma una curiosa paradoja. Cuantas más leyes diferenciadoras hacemos, más buscamos que las personas seamos todas iguales, es decir, que pensemos todos de la misma forma. Si excluyo a la mujer del voto, estoy pretendiendo que la mujer piense exactamente igual que pienso yo, es decir, que no es merecedora de tal capacidad. Sin embargo, si le otorgo el derecho que tiene simplemente por ser persona, estaré acrecentando la diversidad en ella. Cada una tendrá su tendencia política, y otorgará el voto libremente a quien ella quiera. Será entonces capaz de expresarse con su diferencia, con su identidad.

La intolerancia busca que todos tengamos la misma opinión: la suya. Por eso mismo diferencia los derechos, y crea ciudadanos de primera, de segunda y de tercera, según se comporten en su vida diaria. No comprenden la necesidad del individuo de expresarse tal cual es, porque se sale de una norma establecida como moral.

Cuando veo estos vídeos que acusan a Zapatero de asesino (esto, sin tener en cuenta que entre los asesinos que enumeran, no se encuentra nuestro patrio Francisco Franco, por no ser socialista) o a los gays de no ser personas “normales y corrientes”, me pregunto hasta qué punto tenemos que tolerar la intolerancia.

Por supuesto, esta es mi opinión, y admito la posibilidad de estar profundamente equivocada, pero no espero que mi opinión sea una ley, sino que las normas se dirijan a dejar que las personas seamos aquello que profundamente somos, en libertad, y no aquello que somos a través de un pensamiento manipulado.

La única opción viable que encuentro en este asunto, es la observación interior sobre qué consideramos cada uno que es el ser humano, la necesidad de ponerse en el lugar del otro y entender por qué razón aquel lucha por tener un derecho que considera propio por naturaleza. Si no hacemos este ejercicio, difícilmente podremos entendernos como sociedad.

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Laura Fernandez Campillo

Laura Fernández Campillo. Ávila, España, 07/10/1976. Licenciada en Economía por la Universidad de Salamanca. Combina su búsqueda literaria con el trabajo en la empresa privada y la participación en Asociaciones no lucrativas. Sus primeros poemas se publicaron en el Centro de Estudios Poéticos de Madrid en 1999. En Las Palabras Indígenas del Tao (2008) recopila su poesía más destacada, trabajo este que es continuación de Cambalache, en el que también se exponen algunos de sus relatos cortos. Su relación con la novela se inicia con Mateo, dulce compañía (2008), y más tarde en Eludimus (2009), un ensayo novelado acerca del comportamiento humano.

  1. Muy interesante lo que dices sobre el orgullo José. Parece que necesitamos “enorgullecernos” de nuestras propias actitudes, para afianzar que son correctas, cuando en realidad, una vez superada la experiencia de la duda, aparece una confianza que supera cualquier otra actitud artificial. España sufre de orgullo, sí; pero tanto de exceso como por defecto, como si aún no estuviésemos conformes con nuestras acciones, con un pasado que está profundamente herido y abierto. Y esto hace que impongamos las opiniones por encima una coherencia más universal. Yo misma me doy cuenta, muchas veces, de que espero que mi opinión sea la válida, cuando en realidad debería esperar a comprender esa otra opción, que es la que ofrece libertad al ser humano, y que está por encima de mis apetencias personales, que son justamente las que me enorgullecen cuando se cumplen. Es un tema muy amplio, interesante para meditar.
    Abrazos

  2. Una vieja voz interior me dice que todos los extremos, precisamente, carecen de un centro de equilibrio, y por lo tanto, de una aproximación al ideal de coherencia. Tratando de ubicarme en un punto central, la palabra “orgullo” nunca me ha resultado simpática, es demasiado combativa,…,y claro, hoy hay que aclarar que esto no es una afirmación en contra de los homosexuales. Según veo, por ejemplo, a través de la propaganda de intereconomía sobre el “orgullo gay”, en realidad, hay dos orgullos que están combatiendo entre sí. Orgullo, se dice, y nunca se hace referencia a la humildad, la necesaria para no imponer el punto de vista personal, como una verdad universal. En plan de síntesis, muy bueno tu artículo, es un tema excelente y creo que el gran reto es encontrar ese punto de encuentro, que pasa por encima de uno mismo, el saber y poder estar en el lugar del otro, y esto sin necesidad de dejar de tener el peso propio. Y todo esto lo digo, mirando ambas facciones, esos dos frentes que son históricos en España, y que tienen la gigantezca deuda de lograr una verdadera comunión, en pos del bien común. Veo a España como un país dividido por el orgullo, justamente, que no puede reconocer que, posiblemente, esa división, sea la raíz de su actual crisis. No creo que se pueda hablar de orgullo, en una situación semejante.

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