TIJUANA BLUES: Un capítulo no cerrado

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“The blues is an expresión of anger
against shame and humiliation”
B.B. King

Mucho se habla de las imperfecciones de Tijuana.

De su mala leche y su violencia, de su asincrónica distancia cultural y física con el resto de México, de su mala suerte, de su mala pata, de sus historias de antaño que la siguen desprestigiando, amolando, y la desentonan completamente del concepto de progreso con el estigma de su leyenda negra, siempre viva, siempre fuerte.

Tijuana: escenario perfecto para la nota roja, la novela negra y hasta la mención colorida en algún guión de cine donde su rol no es precisamente el de heroína. Ciudad de paso. Tierra de nadie. Y hoy, según la prensa amarillista: tierra de narcos y criminales.

Para alguien que nació y creció en esta ciudad, los adjetivos despectivos duelen.

Hay un precio que pagar por vivir ahí: el anonimato. Nadie habla de los tijuanenses que salen todos los días a trabajar, van a la escuela, salen de parranda,  juegan golf en el Club Campestre, béisbol en los campos municipales, fútbol en las canchas de fútbol rápido, o tenis en el Club Britania.

Comen tacos en la esquina, o el Nouveau Cuisine Bajacaliforniana en exclusivos restaurantes de la Zona Río. En agosto se engalanan con las Fiestas de la Vendimia en el Valle de Guadalupe y ahí mismo, a menos de dos horas al sur de la ciudad, se toman los mejores vinos de las dos Californias. En febrero van al Carnaval de Ensenada a confirmar una vez más que los auténticos “fish tacos” no son los de Rubio’s, sino los de la Cenicienta del Pacífico.

Los Tijuanenses sabemos que los burros de la Revu no son Cebras, y que la Ensalada Cesar, si no es de Tijuana no es Cesar. Que para pizzas, el Giuseppis del Bulevard, que los veranos son sinónimo de San Felipe y que durante el Spring Break no hay mejor cosa que el Mexicali en La Playa. Que la Baja mejor por carretera que por avión, y que nos sobran razones para decir que “Aquí empieza Latinoamérica” y que los gringos se pueden meter su bordo, por mmm…,

Pero seguimos haciendo colas de dos horas para ir a ver a los Padres o a los Chargers a San Diego, el estreno de Avatar, o a la Comic Con, y si, también, a Nordstrom Rack y a Fashion Valley.

Tampoco se habla de que los mejores caballos del mundo, alguna vez compitieron en el famoso Hipódromo de Agua Caliente, del que hoy solo queda una ligera sombra de lo que fueran sus mejores tiempos. Que en los 90 funcionó una sala de conciertos que la revista Rolling Stone bautizó “Catedral del Rock en Latinoamérica”, y donde 1500 suertudillos(*) pudieron ver en vivo a lo mejor del Grunch, incluyendo a Kurt Cobain y su legendaria Nirvana (RIP), Pearl Jam, Dinosaur Jr., Soundgarden, y decenas de otras reconocidas bandas.

También están esos tijuanenses, cuyo único problema es “los lunes”, porque así como reza el dicho que “ni las gallinas ponen”, para algunos en Tijuana los lunes no hay  nada que hacer.

En fin, diariamente miles y miles de Tijuanenses de distintos extractos socio-económicos, preferencias políticas o religiosas, gusto o mal gusto musical,  tratan de hacer su vida, esquivando los vaivenes del crimen organizado, las autoridades corruptas y las instituciones ineficientes. En Tijuana existe una vibrante población que todos los días hace “cosas”:  trata de vivir la ciudad sin miedo y  conservar lo mejor de ella,  muy a pesar de todo.

Una batalla perdida

Ahora que estoy lejos, me pregunto: ¿en qué momento se perdió la batalla contra el crimen organizado? Y ¿por qué la distancia me hace reaccionar a lo negativo que se publica sobre Tijuana con mas intensidad y coraje? ¿Por qué mi preocupación por los que quiero y se quedaron allí es exponencialmente mayor a la que sentía cuando vivía en la ciudad?

Debo confesar que ser tijuanense nunca me fue fácil y desde siempre tuve una imperiosa necesidad de irme a otro lado donde las cosas fuesen distintas. Ese agónico impulso se originaba en la descomposición que día a día crecía y de la que sin embargo, la mayoría parecía no darse cuentan.

Mientras en la superficie todo funcionaba con normalidad, simplemente poniendo un poco más de atención cualquiera podía haber notado que algo estaba pasando. Y no me refiero al eterno tema de la corrupción oficial del estado mexicano que hemos vivido por décadas y hoy se dan pasos de bebé por combatirla. No. Hablo de situaciones dentro del mismo tejido social, en la idiosincrasia de la gente con poder político y económico, en la parálisis del análisis tijuanense, en la aceptación sin cuestionamientos de lo que sucede: ahí se sembraron las semillas de lo que estamos viendo estallar ahora, cuando en muchas ciudades fronterizas incluyendo Tijuana el narcotráfico es poder.

Mi punto de vista no pretende ser un documento histórico. Esta columna brinda las memorias de una persona común y corriente, hija de vecino.

Muchos habitantes de Tijuana, a pesar de no haber estado ni remotamente al amparo o relacionados con el crimen organizado, padecen en su vida privada y social los embates de este sangriento fenómeno que parece no tener fin.

Para ellos son entonces estos párrafos que definen mi ciudad, mi visión, mis recuerdos, mi Tijuana Blues.

Tijuana Blues

Blues, The (definición): Estado de depresión o melancolía. También se refiere al estilo musical derivado de melodías religiosas del Sur afroamericano de Estados Unidos. Se distingue por un fuerte ritmo de 4/4, con una estructura de primeros, cuartos y séptimos planos en un total de 12 barras, y con letras en estrofas de tres líneas en donde la segunda repite a la primera.

“The blues is an expresión of anger against shame and humiliation” (B.B. King).

Tijuana, Un Capitulo No cerrado

Mucho se habla de Tijuana desde sus imperfecciones: de su mala leche y su violencia, de su asincrónica distancia cultural y física con el resto de México, de su mala suerte, de su mala pata, de sus historias de antaño que la siguen desprestigiando, amolando, y la desentonan completamente del concepto de progreso con el estigma de su leyenda negra, siempre viva. Escenario perfecto para la nota roja, la novela negra, y hasta la mención colorida en algún guión de cine donde el rol no es precisamente el de heroína. Ciudad de paso. Tierra de nadie, o mejor dicho hoy día de acuerdo a la prensa amarillista: Tierra de Narcos y Criminales.

Sin duda, para alguien que nació y creció en esta Ciudad, los adjetivos despectivos duelen, pero en el fondo sabemos que hay distintos precios que pagar por vivir ahí, siendo el mayor de ellos el Anonimato, porque nadie habla de los tijuanenses que todos los días salen a trabajar, van a la escuela, salen de parranda, juegan golf en el Club Campestre, béisbol en los campos municipales, futbol en las canchas de futbol rápido, o al Tenis en el Club Britania, comen tacos en la esquina, o Nouveau Cuisine Bajacaliforniana en exclusivos restaurantes de la Zona Río; en agosto se engalanan con las Fiestas de la Vendimia en el Valle de Guadalupe, y ahí mismo a menos de dos horas al sur de la ciudad, se toman los mejores vinos de las dos Californias; en Febrero al Carnaval de Ensenada a confirmar una vez más que los auténticos “Fish Tacos” no son los de Rubio’s, sino los de la Cenicienta del Pacífico.

Los Tijuanenses sabemos que los burros de la Revu no son Cebras, y que la Ensalada Cesar si no es de Tijuana no es Cesar. Que para pizzas el Giuseppis del Bulevard, que los veranos son sinónimo de San Felipe, y que durante el Spring Break no hay mejor cosa que el Mexicali en La Playa. Que la Baja mejor por carretera que por avión, y que nos sobran razones para decir que <<Aquí empieza Latinoamérica>> y que los gringos se pueden meter su bordo, por mmm…, pero seguimos haciendo colas de dos horas para ir a ver a los Padres o a los Chargers a San Diego, el estreno de Avatar, o a la Comic Con, y si, también, a Nordstrom Rack y a Fashion Valley.

Tampoco se habla de que los mejores caballos del mundo, alguna vez compitieron en el famoso Hipódromo de Agua Caliente, del que a la fecha solo queda una ligera sombra de lo que fueran sus mejores tiempos. Que en los 90’s funcionó una sala de conciertos que la revista Rolling Stone bautizó en sus días con el título honorífico de <<Catedral del Rock en Latinoamérica>>, y donde 1500 suertudillos (*) pudieron ver en vivo a lo mejor del Grunch de los 90’s incluyendo a Kurt Cobain y su legendaria Nirvana (RIP), Pearl Jam, Dinosaur Jr., Soundgarden, y decenas de reconocidas bandas.

También están esos tijuanenses, cuyo único problema es “Los Lunes”, porque así como reza el dicho que “Ni las Gallinas Ponen”, para algunos en Tijuana los Lunes no hay nada que hacer.

En fin, diariamente miles y miles de Tijuanenses de distintos extractos socio-económicos, preferencias políticas o religiosas, gusto o mal gusto musical, tratan de hacer su vida, esquivando los vaivenes del crimen organizado, de las autoridades corruptas, y de las instituciones ineficientes. En Tijuana “existe” una vibrante población que todos los días hace “cosas” y sobre todo, trata de vivir la ciudad sin miedo y conservar lo mejor de ella, muy a pesar de todo.

Ahora que estoy lejos muchas veces me pregunto ¿en qué momento se perdió la batalla en contra del crimen organizado? Y ¿porqué la distancia me ha puesto una lente de aumento que hace sentir las notas negativas hacia Tijuana con mas intensidad y coraje, y a la vez mi preocupación por los que quiero y se quedaron es exponencialmente mayor a cuando vivía en la ciudad?

Debo confesar que ser tijuanense nunca me fue fácil y desde siempre tuve una imperiosa necesidad de salir de ahí, irme a otro lado donde las cosas fuesen distintas, pero más por la ciudad, esta agonía se originaba en la descomposición que día a día se veía venir, y que sin embargo la mayoría parecía no darse cuentan.

Mientras en la superficie todo funcionaba con normalidad, simplemente poniendo un poco más de atención cualquiera podría notar que algo estaba pasando y no me refiero al eterno tema de la corrupción oficial del Estado Mexicano que hemos vivimos por décadas y hoy se dan pasos de bebé por combatirla, sino a situaciones dentro del mismo tejido social, en la idiosincrasia de la gente con poder político y económico, en la parálisis del análisis tijuanense, en la aceptación sin cuestionamientos, ahí se sembraron las semillas de lo que estamos viendo estallar ahora, con el poder del narcotráfico en muchas ciudades fronterizas incluyendo Tijuana.

Mi punto de vista no pretende de ninguna manera ser asimilado como un documento histórico. Esta columna “semanal” apela a la memoria de una persona común y corriente, hija de vecino, como muchos habitantes de Tijuana, quienes a pesar de no haber estado ni remotamente al amparo o relacionada directamente con el crimen organizado, indirectamente padecen los efectos en su vida privada y social, de los embates de este sangriento fenómeno que parece no tener fin. Esta es mi visión, estos son mis recuerdos, mi Tijuana Blues.

Lo lei rapido y sin editar. Me gusta. Como presentación antes de cada nota es demasiado largo; debería ser la primer nota. Para eso, es demasiado corta. El ultimo parrafo no es el parrafo final, como que le falta algo, que puede ser una declaracion, un retorno al comienzo o la enunciación de lo que vendrá: ‘Por todo esto, aquí, es Tijuana Blues. Aquí se hablará de…”, por ejemplo. Como dices, requiere finalizar la “justificación” que presentas.
Me gusta el uso intermedio de palabras en el caló local (“mala leche”, ¿no es equivalente a la “mala suerte” de la próxima línea), me gusta mucho esa parte, le agrega mucha autenticidad y no exagera tanto como para hacer el texto ilegible para quien ignore esos términos.
La edición que requiere no es mucha: algunas oraciones son muy largas. Otras requieren fortalecer la ilación a lo que viene antes o después, como estilo está bien.
Quizás puedas intercalar nombres y anécdotas en tu descripción, lo vuelve más cercano al lector. Por lo mismo, nombres de calles, escenas o conceptos locales. No temas abundar o detallar datos que confirman tu pertenencia, como lo de los mejores ‘fish tacos’.
Lo que haré es editarlo un poco y luego te lo enviaré, pero será mañana, ok?
Adelante.

2 Comments

  1. El crimer, la violencia, la corrupción, los balazos, son interrupciones en la vida común de cualquier habitante de Tijuana. Son pequeñas pausas, como si el tiempo se detuviera por unos instantes y todo flotara como a la matrix, así flotando, despacito, y de pronto, todo vuelve a su ritmo normal, a las pizzas del guisepis, a los tacos de la única o del mazateño, a los bares de la sexta o al mofo. La vida sigue, y esperemos que esta crisis de valores entre lo que es importante y lo que no termine pronto. Felicidades por tu columna, sigue escribiendo.

    • Considero que diste en el clavo con lo de “pequeñas pausas”, y también es muy interesante ese ciclo entre impacto y recuperación que se da en la ciudadanía, para continuar con “su vida” diaria. Gracias por compartir tu punta de vista como tijuanense. Un abrazo.

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  1. Bitacoras.com

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