Tijuana Blues: Malditos Vecinos

La calle donde vivo es muy tranquila. Es una calle cerrada, de casas mayormente estilo español flanqueadas por naranjos, palmeras y uno que otro maple. Podría decirse que es el cliché del Angelino way of life.

Desde que llegamos a vivir aquí los vecinos se acercaron para presentarse e inmediatamente nos aceptaron en su fraternal comunidad, compuesta por una maestra cincuentona con doce gatos, un pintor que ha decidido educar a sus hijos bajo el concepto “home schooling”, es decir que sus tres hijos reciben sus clases en la comodidad de su hogar.

Una violoncelista que recoge a todo perro que se encuentra en la calle, dos maestros, una vendedora de bienes raíces que seguramente puede ganar cualquier competencia de conversación en alta velocidad, una chef y el ex baterista de Joe Cocker.

La ex actriz que se mantiene aún impecable, y su novio: el aventurero australiano que no ha perdido su encantador acento del down under, a pesar de haber vivido en Estados Unidos más años que en su natal Australia.

La comunidad de vecinos de mi calle, es totalmente sustentable, no se meten en tu vida más de la cuenta, pero si necesitas cualquier cosa siempre están ahí con soluciones inmediatas. Nunca molestan ni hacen ruido, salvo por una pequeña excepción: la casa naranja a la mitad de la calle.

La casa naranja a la mitad de la calle, es de esas casas que no falta en cualquier barrio, donde nunca estás seguro quién vive ahí, en términos citadinos sería el equivalente al caos vial: ruidoso, saturado de personas que entran y salen a lo largo del día y encima nunca estás seguro si dar los buenos días o sacarles la vuelta, porque todo mundo en esa casa parece requerir unas cuantas sesiones de terapia para manejar la ira. Especialmente la matriarca y quien se supone que es la arrendataria legal de la casa naranja y a quien puedo identificar plenamente por el tono de su voz –pues todas sus discusiones con el resto de los miembros de “su familia” suelen realizarse en estéreo–aunque no esté muy segura de poder reconocerla en la calle.

Sin embargo, fuera de los ocasionales pleitos a todo pulmón de los vecinos de la casa naranja, y la falta de consideración con el resto de los vecinos al dejar sus coches atravesados a media calle, la vida en mi calle angelina había sido tranquila…Hasta que una noche mientras dormíamos….

Me despertó el sonido de un disparo de arma, como a eso de las 2:00 a.m. El sonido fue tan fuerte que entre la somnolencia y el susto, pensé que había sido justo en nuestra casa. Desperté a mi marido: ¡Un balazo! ¡Que he escuchado un balazo!!!

Mi esposo es la última persona que se va a despertar cuando éste por acabarse el mundo, así que ya me costó abrirle los ojos (literalmente…con mis propias manos).

En eso estaba cuando se escuchó el segundo tiro, y estoy segura que a esas alturas mi esposo ya se había dado cuenta, que lo mío no era delirium tremens.

El Sr. Britto –mi esposo– es de esas maravillosas personas que cuando todo mundo entra en crisis, es el único que mantiene la calma. Así que hizo lo propio:

–No creo que sean balazos, vamos a dormir.

–Queeeé??? –contesté irritada. ¿Se te olvida de dónde vengo? Soy de Tijuana cariño, así que no me digas lo qué es un balazo. ¿Quieres que te dé el calibre del arma?

Nos quedamos paralizados en la cama, no sabíamos qué hacer, salvo asegurarnos que nuestra hija no se hubiera despertado por el tremendo ruido, fue entonces cuando escuchamos las sirenas de la policía frente a mi casa. No había duda, alguien había hecho uso de su derecho ciudadano a utilizar un arma. “Bendito First Admendment”, me dije angustiada.

No fue hasta el día siguiente cuando un oficial se presentó a mi puerta acompañado de mi vecina, la Violoncelista. “ This is officer Roumeeres”–me dijo en inglés mi vecina–“he wants to ask you some questions about last night”.

El oficial Ramírez, tenía un fuerte acento hispano, pero no hablaba ni pizca de español, o no me quiso contestar cuando le dije “Buenos Días” en mexicano.

Fue directo al grano: ¿Vio algo anoche?

No, no vi nada, porque de loca uno va asomar la cabeza cuando siente que los balazos fueron en su portal.

–No–contesté sin más.

A que horas diría usted que fueron los balazos?

–el primero a las 2:08 y el segundo a las 2:11 –contesté de nuevo.

–Porqué tanta exactitud?

Porque desde pequeña tengo delirio de cronómetro.

–Porque en mi recamara tengo dos relojes, el teléfono de mi esposo y el mío y además un CD con Alarma, así que no tengo escapatoria, es inevitable darme cuenta a qué hora sucede todo.

–¿Escuchó algo más, el ruido de un coche, por ejemplo?

–No, no escuché nada más que los dos balazos y los ronquidos de mi esposo antes y después del incidente.

El diminuto oficial Ramírez, esbozo algo que quiero interpretar como un sonrisa, pero más bien podría haber sido un ligero tic en los labios.

Me pidió mi nombre completo, y mi teléfono. Yo no estaba segura de qué hacer, porque uno, nunca había respondido preguntas a la policía, y dos, en Tijuana no se me habría ocurrido jamás darle mi nombre completo y mi teléfono a un policía de ningún nivel.

Pero siempre hay una primera vez.

Esa misma noche nos encontramos al australiano afuera de nuestra casa, y poco a poco fueron llegando el resto de los vecinos, cada uno aportando su parte de información hasta contar con una versión más o menos coherente. Porque hasta entonces no sabíamos con exactitud qué había pasado.

La versión en la mañana –resultado de la “evidencia”– es que alguien había disparado a la cochera del ingeniero que vive con su novio en la casa verde. Así que todo parece indicar que esto es un crimen de odio, dijo una de las vecinas.

Pero en la noche, la información ya era suficiente para desechar esa hipótesis. Todo había ocurrido en la casa naranja.

Resulta que la casa naranja recientemente había sido ocupada por la hija adolescente de la matriarca gritona, su novio y sus dos hijos pequeños, pero además habían dejado vivir ahí por meses, y sin que el casero lo supiera, a otras 5 personas, esos que dejaban los carros atravesados a media calle.

Una de esas personas resulta que tenía antecedentes penales y estaba en libertad provisional. La mañana de los tiros, la matriarca gritona había tenido un pleito con el ex –convicto y lo había echado de la casa.

Así que todo parecía indicar que el ex -convicto le quiso pegar un susto, pero evidentemente la puntería le había fallado y en lugar de disparar a la puerta de la matriarca gritona, le dio a la puerta de la cochera del vecino, el ingeniero.

Menos mal que el disparo pegó en la puerta de la cochera, porque a muy poca distancia se encontraba la ventana del dormitorio del vecino, y eso podría haberse tornado en una verdadera tragedia.

Pero había un “pero” más en esa casa: el novio de la hija, de acuerdo a versiones de los vecinos basadas en la información del sheriff, era un pandillero.

Los vecinos de pronto olvidaron su cordialidad y política del buen vecino, y en un pacto macabro acordaron implementar una política de cero tolerancia, y llamar al sheriff al menor ruido proveniente de la casa naranja, ‘en nuestra calle no habrá disparos y una forma de evitarlo era echando al pandillero de ahí”, y sí se podía al resto de la familia.

No podía creer lo que mis oídos escuchaban y mis ojos presenciaban, de pronto sentí que estaba dentro de una escena de la película de Alex de la Iglesia, que lleva precisamente este título: La Comunidad. Todos gestando un plan macabro para deshacerse del vecino incómodo: la maestra con los doce gatos, la violoncelista rescatadora de perros, la vendedora de bienes raíces, la ex actriz, y el australiano buena onda, todos tenían una misión y nada tenía de humanitaria.

Y el día del pandillero finalmente llegó. Cuatro semanas después se le ocurrió la mala idea de divertir a su hijo de dos años y a su bebé de seis meses, con fuegos artificiales.

Alguno de los vecinos escuchó el primer estruendo y sin detenerse a averiguar más, llamó a la policía denunciando que había escuchado algo similar a disparos provenientes de la casa naranja.

La escena fue totalmente cruel, uso desmedido de fuerza diría yo: cuatro patrullas, ocho oficiales apuntando con sus armas a un hombre que se encontraba de rodillas a la mitad de su portal con las manos al aire, todo esto frente a sus dos hijos y a su esposa, que no se cansó de gritarles de todo a los policías hasta que se lo llevaron esposado.

Se lo llevaron porque tenía antecedentes penales como pandillero, pero no porque efectivamente hubiera cometido algún delito, fuera de ser irresponsable, por eso lo dejaron salir a los pocos días.

Una mañana vi al pandillero, a su esposa adolescente y a los dos hijos, salir de nuestra calle con todas sus pertenencias amontonadas en un pequeño carro blanco. La comunidad había cumplido su misión: el pandillero ya no era una amenaza en nuestra calle.

Pero el hombre que disparó en la cochera de mi vecino, sigue libre y armado, eso si que es una amenaza.

Este tema del derecho a la portación de armas en Estados Unidos, es uno de los temas que encuentro totalmente incoherente. No puedo concebirlo como un derecho inalienable, como algunos suelen argumentar cada vez que se “insinúa” un intento por controlar y regular mejor el acceso de armas a particulares en este país.

Hay efectos de esta “libertad” que no se toman en cuenta cuando se debate al respecto, y es en estos detalles como el que acabo de narrar, cuando realmente se puede medir el impacto que puede tener en la vida de una persona, en que una arma se encuentre en las manos equivocadas, con tanta frecuencia.

Un ex convicto tuvo acceso a un arma y pudo haber herido o matado a un vecino que nada tenía que ver con su vendetta personal. Un demente tuvo acceso a un arma que hirió y mató a varias personas en Arizona, incluyendo a una niña de 9 años, que nada tenía que ver con su vendetta personal. Dos adolescentes con serios problemas de depresión y marginación tuvieron acceso a más de un arma que hirió y mató a varios estudiantes en la preparatoria de Columbine. Otro joven frustrado, la misma historia en Virginia Tech. Y la lista sigue.

En las noticias de Los Ángeles, no hay día en que la nota no sea una balacera en algún lugar del condado, y esto sin considerar el resto del país. Mientras tanto sigo sin entender cómo esto no puede ser un problema de seguridad nacional.