TIJUANA BLUES: los Alemanes

Esta es la parte 21 de un total de 42 partes en la serie Tijuana Blues / Marga Britto
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Muchas veces me he preguntado si habría sido una persona totalmente diferente a quien soy ahora, de no haberme encontrado con “los alemanes”.
Me quedaban solo seis meses, nueve materias y seiscientas horas de servicio social para graduarme en el verano del 95. Me urgía empezar lo que en mi mente de veinteañera se avizoraba como una fabulosa vida laboral, por lo que no era opción pasar un semestre más en la Ibero. Las nueve materias no eran problema, llevaría las seis más difíciles durante el semestre de primavera y las tres restantes las pasaría sin ningún problema durante el semestre de verano, que más que un semestre se trataba de cursos intensivos de ocho semanas con vista al mar. Ah, los privilegios de ser alumno de la Ibero.
Todo estaba fríamente calculado, excepto que el primer día de clases después de las vacaciones navideñas me encontré con la noticia de que mi proyecto de servicio social había sido rechazado. Aquello no estaba en mis planes.
La noticia me cayó como un balde de agua fría desde la azotea de un barrio a oscuras. No entendía el criterio que había aplicado la H. Universidad para determinar que mi proyecto “carecía de sentido comunitario”, si se trataba de apoyar en la organización de fiestas financiadas por ricos para entretener a los pobres. ¿Qué no era el punto del Servicio Social hacer “algo” que tuviera que ver con los pobres?
Mi vanidad y la banalidad de mis “cuestionamientos” tenían que dar lugar y pronto, al sentido común. Si no buscaba ayuda, me quedaría todo el año viendo al  mar, y sin título.
Humberto Barquera era el hombre indicado.
Desde que me vio en la recepción de su oficina, adivinó cual era mi problema y no por casualidad, sino porque ese día otros despistados habían desfilado por su oficina, tratando de defender su proyecto rechazado, los más tercos, o de pedir ayuda, los más desesperados como yo.
El sacerdote jesuita era uno de esos hombres de pocas palabras que inspiran respeto con su sola presencia. Un curioso híbrido entre Hugo Stiglitz (el actor), Fidel Castro y el hombre ese que aparece en la publicidad de la famosa cerveza mexicana y que se ha hecho llamar: “the most interesting man in the world”. No sé si el Padre Barquera era el hombre más interesante del mundo, pero en ese momento sí era el más importante para mí y para mi futuro.
Barquera me invitó a pasar a su oficina y tras mirarme por encima de sus gruesos anteojos un par de segundos, me preguntó: ¿Hablas inglés?
–– Prácticamente desde que nací —dije, para después sentirme como un vil monumento a la estupidez.
–– ¿Crees que podrías darles clases de español a unos alemanes?
––Unos alemanes que hablan ingles me supongo –respondí como cualquiera que no sabe que en un país como Alemania, es un hecho que cualquier estudiante universitario hablé más de dos idiomas.
–Son ocho y no todos hablan inglés, algunos hablan francés e italiano, pero estoy seguro que no tendrás problemas – dijo con la confianza que solo puede tener una persona que sabe cómo funciona eso del destino.
Emmanuel y Sven ya estaban ahí cuando entré corriendo a la oficina de Barquera. El primero se escondía involuntariamente tras el hombro de Sven quien se distinguía en el par por su enorme sonrisa y unos brillantes ojos azules.
Desde esa mañana los dos desconocidos se convirtieron en mi servicio social tres tardes a la semana, y al poco tiempo ya formaban parte de mis planes de fin de semana, pues nos volvimos inseparables.
Emmanuel y Sven estaban asignados a la Casa de los Pobres, en la Colonia Altamira, pero tal cual me lo había advertido el padre Barquera, había más alemanes residiendo en Tijuana, y poco a poco fui conociendo a los demás y los proyectos a los que pertenecían.

Gregor, Florián y Christian trabajaban en la Casa del Migrante del “Centro Scalabrini” en la Colonia Postal. Otros más estaría asignados en un área un poco más remota, conocida como El Tecolote (una zona de Tijuana, que en mis veinte años de vida jamás habría escuchado siquiera nombrar, mucho menos identificarla como una parte de mi ciudad).
Los alemanes me abrieron los ojos ante un nuevo mundo donde decenas de voluntarios extranjeros y locales convivían a diario con la gente más necesitada, los más pobres, o los recién llegados o recién deportados, sin quinto en la bolsa, sin comer, y demasiado lejos de su pueblo como para poder volver inmediatamente, en la precaria situación en la que se encontraban.
En la Casa de los Pobres alimentan a la gente y muchas veces, cuando hay suficientes donaciones, reparten ropa. No es un hospicio propiamente dicho, sino más bien un lugar en donde se puede recurrir en busca de alimentos, ropa o atención médica, pues también tienen una clínica.
La Casa del Migrante por su parte es una organización cuya misión consiste en dar ropa, comida y techo a los migrantes que no tienen a donde ir,  y se les permite permanecer mientras consiguen los medios para volver a su pueblo, por  lo que todas las mañanas muy temprano, se puede ver a decenas de migrantes salir del Centro Scalabrini a buscar “chambitas”, para volver por la tarde a su refugio temporal.
Muchas veces pregunté a los alemanes ¿Porqué estaban aquí?, ¿Por qué levantarse antes de que saliera el sol, para vivir en un lugar rodeados de la pobreza y de historias tristes de otra gente, con la que apenas podían comunicarse, pues ni el idioma tenían en común?
La respuesta inmediata fue que preferían el servicio social al servicio militar: en Alemania el servicio militar (que es obligatorio para hombres) se puede sustituir por un programa de Servicio Social, en su propio país o en el extranjero.
Otra respuesta tenía que ver con la experiencia de estar en un país tan distinto a Alemania en todos sentidos, con grandes contrastes. Y otra tenía que ver con sus valores religiosos, que lejos de manifestarse como una devoción irracional y ciega, formaba parte importante de su desarrollo humano, e implicaba como condición natural precisamente el servicio a los demás.
Atraídas por el encanto del carnaval de testosterona con el que pronto me empezaron a identificar, vinieron las “nuevas” amigas, así que el grupo empezó a florecer y a crecer. De tres permutamos a doce y eventualmente, entre locales y extranjeros, fuimos más de veinte personas “amigadas” directa o indirectamente a través de “las clases de español para alemanes”, ideadas por el Padre Barquera.
Gabriela se enamoró de Emmanuel, Adela de Sven y Sven de Adela, Gregor se enamoró de todas, y Christian todo el tiempo estuvo enamorado de si mismo, aunque creo que secretamente siempre lo estuvo de Gabriela. Ni yo ni Florián nos enamoramos, pero de cualquier forma tuvimos una relación, y aunque nunca lo acepté del todo, creo que en algún momento también me enamoré de Sven, al que siempre traté y sigo tratando después de casi dos décadas, como mi mejor amigo.
Unos la pasaban más campechanamente que otros. Por ejemplo, Christian adoptó todas las idiosincrasias de cualquiera que se jacte de ser un buen norteño, de palabra, obra y omisión, y en poco tiempo se le conocía en todos las bares de moda de la ciudad.
Siempre había fiestas, lugares a dónde ir, cosas que hacer, pero al final del día lo más notable de los alemanes, es que unieron mundos  y vidas, que en circunstancias normales (sin ellos), jamás se habrían unido.
También creo, por lo menos en mi caso, que  volvieron importantes un universo de valores, que si bien no eran del todo invisibles, hasta entonces no habían tenido peso ni prioridad en mi diario vivir.
Un día todos despertamos con la noticia de que Florián había repartido todo el dinero que había traído con él desde Alemania, entre los migrantes de la Casa Scalabrini. Y aunque no entendíamos qué lo había motivado a hacer algo así, fue tan grande su acto de bondad y desapego, que nos quitó de golpe cualquier afán por cuestionarlo.
En otra ocasión, nos enteramos de que Gregor tenía novia. Ella era dentista, y viajó desde Londres, cargada de cepillos de dientes, que repartió entre los migrantes durante los diez días que estuvo en la Casa dando consultas dentales gratuitas. La pobre enclenque dentista estuvo enferma el resto de las vacaciones, cumpliéndose así el molesto cliché de la venganza de Moctezuma, para deleite del publico extranjero.
Una noche tuvimos que correr todos al hospital: dos sujetos habían asaltado en la calle a Florián y al darse cuenta que su botín consistía tan solo de 50 pesos (cinco dólares), le enterraron una navaja en un costado, colapsándole uno de sus pulmones.
Estuvo varias semanas en el hospital, siempre acompañado por alguno de nosotros  y varias personas de la casa del Migrante, incluyendo los propios migrantes.
Estaba segura que después de eso Florián saldría corriendo hacia su tierra. Pero no solo no se fue, sino que al terminar su servicio quiso quedarse un par de semanas más, entre “los migrantes”.
Sven regresó un par de  veces a visitarnos, y siempre se quedó en la Casa de los Pobres, con “las madres”, como llamaba cariñosamente a las religiosas por quienes sentía un profundo aprecio.
Durante el tiempo que los alemanes estuvieron en Tijuana, no sé a cuantas personas ayudaron, alegraron, les mejoraron su vida en alguna forma. Me aventuro a decir que fueron muchas. Lo que si puedo asegurarles es que mi vida fue otra desde aquella mañana en la que el Padre Barquera decidió cambiar mi destino, mostrándome a través del servicio social, la Tijuana que hasta entonces había ignorado.
Gracias Humberto Barquera, gracias alemanes y gracias migrantes.

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