Tijuana Blues: Julián el Terrible

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En la edición de la semana del 18 de Octubre, la prestigiada revista The New Yorker publica un extenso artículo del siempre genial William Finnegan que para decir lo menos, además de envidia “editorial” me ha provocado un serio conflicto emocional.

IN THE NAME OF THE LAW –En nombre de la Ley– es un artículo que habla de Tijuana, y muy bien. Pero el principal protagonista de esta historia no es Tijuana, sino el Teniente Coronel (retirado): Julián Leyzaola Pérez.
Finnegan considera que en la guerra contra el crimen organizado que desgarra a México: “Tijuana es una anomalía… es un sitio donde de hecho la seguridad pública ha mejorado”. Después nos muestra la radiografía del terror del que hemos sido rehenes los tijuanenses en los últimos años:

  • Quinientos asesinatos en los últimos tres meses del 2008, muchos de ellos con lujo de violencia  y en plena vía pública: decapitados, mutilados, colgados de puentes, montañas de cadáveres, ¡you name it!
  • Tardes soleadas de balaceras entre distintos bandos, con armas de alto poder, incluyendo una que otra lanzagranadas rusa.
  • Comandos paseándose por toda la ciudad con infinita impunidad, levantones, levantones y más levantones.
  • Secuestros al mayoreo, lo que provocó un éxodo masivo de familias que buscaron refugio en Estados Unidos – el refugio fue físico y emocional porque la calidad de “refugiados” jamás ha sido reconocida por nuestros estimados vecinos y socios estratégicos en la lucha contra el narco, a pesar del gran peligro en el que muchos mexicanos se encuentran, aún en estas fechas.
  • Y ¿quién no recuerda en diciembre del 2006 la vergonzosa “despistolación” de policías municipales, que estrenaría al gobierno municipal del ex–alcalde Jorge Hank Rhon y a su flamante secretario de seguridad pública Javier Algorri?

Y sobre este último punto, Finnegan apunta que de los 2,600 activos de la policía municipal “bajo sospecha”, nunca supimos realmente cuántos colaboraban con los carteles de la droga, o participaron en algún crimen, ya que jamás se hicieron públicos los resultados de las supuestas pruebas de balística realizadas por el ejército. Por cierto, tanto tardaron en devolver las pistolas, que los policías tuvieron que recurrir a resorteras; no es chiste.
En fin: una ciudad controlado por los narcos es lo que encontró el Teniente Coronel retirado cuando le asignaron la jefatura de policía de Tijuana, y posteriormente en 2008 la Secretaría de Seguridad Pública de la ciudad.

Finnegan  describe a Leyzaola como un temerario, quien contrario a sus predecesores, se fue directamente a perseguir a los narcos y sus convoyes, a los que cotidianamente se refiere como mugrosos y cucarachas; también da cuenta de los 32 agentes asesinados durante el primer año de su gestión, un número mayor a la suma de los cinco años anteriores.

“Puedo tirar y tiro bien… siempre tiro a la cabeza” –  Julián Leyzaola

El artículo de Finnegan tiene sobrados ejemplos donde se puede captar el carácter y personalidad de Leyzaola, sobre todo cuando llama cobarde a un “psicópata obeso”– El Teo Simental. Y cuando informa a los medios que el Teo “se portó como una mujer” al ser capturado.
Lo describe como un hombre de  49 años delgado y atlético, de facciones fuertes casi lupinas, quien a pesar de recibir amenazas de muerte a diario, de haber sufrido un par de atentados y de tener que dormir en el Cuartel Morelos separado de su familia, sigue de pie y combativo. Esto, a diferencia de otros que ocuparon su puesto y que por menos han sido asesinados o cedieron a las presiones de los criminales y se mantuvieron ajenos a su responsabilidad, o de plano se unieron al “biznez’, como ha acusado públicamente a su antecesor Javier Algorri.
Al ex Secretario lo acusa incluso de haber ordenado robos y extorsiones y exigir una participación de los botines. Algorri, radicado en Sinaloa hasta que la administración de Jorge Hank Rhon lo designara secretario de seguridad pública de Tijuana en 2006, es ahora el presidente de la asociación Unidos por Tijuana.
Finnegan le pregunta a Leyzaola si alguna vez han intentado sobornarle, y responde con una interesante anécdota que todavía no termino de digerir:

Sí, claro. Se sentó frente a mi escritorio. Era un ex compañero de la escuela militar. Pensé que venía a pedirme trabajo. Le dije que lo sentía, que no tenía nada para él porque estaba muy viejo para realizar este tipo de trabajo –el hombre tendría unos 57 años. Entonces me dijo: No vengo a pedirte trabajo, estoy aquí en representación del Chapo Guzmán.

Después continúa narrando cómo tras una oferta de 8.000 dólares semanales, básicamente por no hacer su trabajo, se levantó de su asiento, llamó al embajador del Chapo “traidor  a la patria”, lo encañonó y él mismo lo sacó de su oficina, lo llevó en su coche al aeropuerto, lo subió a un avión y lo entregó en la ciudad de México al Procurador General de la República, todo esto sin dejar de apuntarle con su pistola a la cabeza.

….you’ve got to ask yourself one question: Do I feel lucky? Well, do ya punk? (Dirty Harry, 1971)”]
Tras escuchar historias como estas,  Finnegan no se sorprende que el Semanario Zeta de la ciudad de Tijuana, haya nombrado a Leyzaola junto a su contraparte militar el General Alfonso Duarte Múgica, “Hombre del año 2009”.

Y parece que no solo Zeta tiene al General Múgica en tal alta estima:
Una amiga me comentó que la semana pasada durante la ceremonia de inauguración del evento Tijuana Innovadora 2010, a la que asistió el Presidente Felipe Calderón, todo el teatro se puso de pie y aplaudió al General Múgica, y que hasta el mismo Felipe Calderón se sorprendió.
Leyzaola por su parte ha recibido muestras de admiración en ambos lados de la frontera. El Los Angeles Times lo describe como: “Un modelo del músculo que requiere la justicia mexicana para combatir al crimen organizado”. El embajador de Estados Unidos en México Carlos Pascual, considera que la policía liderada por Leyzaola es “la mejor policía municipal de todo México”. El alcalde de San Diego, el Presidente Calderón, la FBI, la  Oficina del Procurador de California y hasta la Patrulla Fronteriza, todos tienen algo que decir del Secretario de Seguridad Pública de Tijuana.

Sin embargo, Finnegan se sorprende de no haber encontrado “admiradores” del secretario entre la gente común. Por ejemplo, menciona una conversación con un propietario de un bar, donde ni siquiera pudo pronunciar el apellido del teniente coronel-retirado.

La ‘Depuración’

Los narcos ya no andan en convoys de suburbans y con armas largas por toda la ciudad y aunque siguen haciendo su trabajo sucio según Leyzaola, ahora lo hacen en carros viejos y con un par de pistolas.
Su obra maestra: la depuración de la Policía Tijuanense, que ha venido efectuando con ayuda del ejército y donde en más de una ocasión el mismo Leyzaola ha realizado los arrestos. Lleva unos 180 policías suspendidos bajo cargos de corrupción, y ha obligado a renunciar a otro centenar más. Acepta que son más de 600 policías “malos” los que han dejado la corporación, y que eso mismo ha mejorado el ambiente de trabajo de los policías que continúan en activo. “No hay precedente en este país”– afirma. “No existe una policía en ningún nivel, que haya efectuado una “purificación” como esta”.
De hecho, siguiendo su caso de éxito, se han empezado a depurar también las policías federales, aunque Calderón continúa anunciando la creación de una policía única nacional, que todavía no terminamos de entender cómo va a funcionar.
Pero la depuración de Leyzaola ha tenido sus bemoles. En más de una ocasión ha sido acusado de torturas y serias violaciones de derechos humanos, incluyendo desapariciones forzadas y amenazas a los familiares de los detenidos. Incluso la Comisión Estatal de Derechos Humanos emitió una recomendación para que Leyzaola sea suspendido de su cargo mientras se lleva a cabo una investigación. La recomendación, como todas las emitidas por Derechos humanos en México, ha sido ignorada.

Los excesos

El procedimiento de “depuración” es simple: hay una denuncia o sospecha, se detiene al policía, se lo lleva a alguna base militar, se le interroga, se le tortura, se le saca una confesión que incluye una lista de policías involucrados con el crimen organizados; se detiene a los policías de esa lista, se los lleva a una base militar, se interrogan, torturan, les sacan una confesión y una nueva lista de sospechosos, y así consecutivamente.

No hay una investigación per se, según los testimonios que han sido documentados por la Comisión de Derechos Humanos y por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, a la que recurrieron en octubre de 2009 familiares de policías detenidos y sometidos a torturas. Estas según ellos incluyen el uso de descargas eléctricas en genitales, simulación de ahogo bajo el agua, o asfixia mediante el uso de bolsas de plástico en la cabeza. En algunos casos tuvieron lugar supuestamente en presencia de Leyzaola, y otros incluso alegan que el mismo Leyzaola y su director de policía –Gustavo Huerta – perpetraron los actos de tortura.
Finnegan obtuvo los testimonios de varias personas que ofrecen detalles verdaderamente terribles de esos excesos de la fuerza pública en Tijuana.
Ricardo Castellanos, un policía con seis años de servicio, que a pesar de haber pasado sin ningún problema la prueba de polígrafo exigida por Leyzaola a su arribo a la secretaría, seis meses después, tras una denuncia de otro policía, fue detenido y transportado al Cuartel Morelos para allí  ser torturado física y mentalmente.

Castellanos insiste en su inocencia y en que fue obligado a firmar una declaración que nunca leyó y que firmó solo tras recibir amenazas de que lastimarían a su esposa y sus dos hijas.
Blanca Mesina es hija de uno de los 29 policías detenidos  en marzo de 2009 y transferidos a una prisión en Nayarit. Muchos de ellos pudieron presentar sus testimonios, todos muy parecidos al de Ricardo Castellanos: ojos vendados con cinta adhesiva, golpeados, sofocados con bolsas de plástico, y obligados a firmar hojas en blancos, como supuestas confesiones. Mesina, tras ver las condiciones en las que se encontraba su padre, envío correos electrónicos a varios medios locales, pero solo tres de ellos publicaron su historia. Ella fue una de las personas del grupo que se presentó en Washington, DC ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a denunciar los actos de tortura. A su regreso a Tijuana, fue amenazada por un encapuchado, por haber provocado escándalo “antes de las elecciones”. Mesina tuvo que huir de Tijuana junto con sus hijos, así como  la abogada especialista en derechos humanos Silvia Vázquez Camacho, quien también tuvo mucho que decirle a William Finnegan en este fabuloso artículo.
Actualmente el padre de Blanca Mesina se encuentra libre después de que un juez no encontró evidencias en su contra y está dispuesto a luchar por ser reinstalado en su antiguo puesto de policía. Pero Leyzaola ya no confía en esos policías, aunque un juez diga que son inocentes.

En conclusión

El artículo de Finnegan deja claro que las cosas han mejorado en Tijuana y que el respeto o miedo que ha impuesto  Julián Leyzaola en los policías de Tijuana, los hace pensar dos veces antes de realizar alguna corruptela, pero también deja claro el costo que ha significado para muchos tijuanenses, especialmente familiares de policías y los propios policías: aunque no se encuentre evidencia en su contra, no van a retomar sus vidas donde las habían dejado antes de ser detenidos.

Deteniendo a los criminales y protegiendo la seguridad de los tijuanenses, Leyzaola simplemente está cumpliendo  con su  trabajo como policía, pero estamos tan acostumbrados a esperar que la policía sea corrupta, ineficiente y a que nuestro sistema de justicia no funcione, que el hecho de hacer su trabajo podría estar otorgándole manga ancha para utilizar medios no legales, como la tortura.
Los excesos están a la vista de todos, pero los toleramos a cambio de “nuestra” seguridad, “nuestra” tranquilidad y porque el yugo que ha azotado a nuestra ciudad finalmente se extinga. No matter what.

Soy una convencida que los derechos humanos deben quedar implícitos y por encima de cualquier ley federal, estatal, local e incluso internacional. La tortura es un método arcaico y salvaje que ha demostrado no llevar nunca a la verdad, sino a la imaginación desesperada del torturado, que dirá lo que el torturador quiere escuchar.
Finnegan concluye en su artículo algo que me causa un profundo desconsuelo:  que “ la tortura por parte de las autoridades es una práctica común en México, que aparentemente no sorprende ni escandaliza a nadie”. Incluso  se sorprende del comentario del editorial de un reconocido medio local, que tras ver las fotos de un grupo de detenidos que alegaban haber sido torturados, asegura que no lo parecían. “Generalmente se nota”- dice la editora. Finnegan se pregunta cómo puede verse en el rostro la muestra de genitales electrocutados.
Otro comentario de Finnegan llama mucho la atención:

Ciertamente es poco probable que el triunfo público de Leyzaloa contra los gangsters de Tijuana, haya afectado el volumen y flujo del narcotrafico en la zona. El negocio del narcotrafico sigue operando tan relajado y rentable como siempre. La guerra entre bandas que Leyzaola ha ayudado a detener, de hecho estaba afectando al negocio….Ahora, ‘El Ingeniero” y “El Chapo” comparten la Plaza más o menos amigablemente.

Si lo que dice Finnegan es cierto..¿para qué tantos muertos? ¿Para qué?
Sin duda estamos viviendo condiciones muy especiales en México, con una violencia sin precedentes, que muchas veces nos ha puesto de rodillas a los ciudadanos y nos vuelve vulnerables para aceptar cualquier medio como justificable para cumplir con el fin, que es acabar con este derramamiento de sangre y recuperar nuestras ciudades.
Sin embargo, creo que es importante que pongamos mucha atención, miremos al pasado no tan lejano e identifiquemos los indicios de algo que aún estamos a tiempo de prevenir, en el nombre de la ley.
No podemos convertirnos en los salvajes que nos están azotando. Eso sí sería perder la guerra contra el narco de manera irreparable.

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