TIJUANA BLUES: El donador

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Esta es la parte 28 de un total de 42 partes en la serie Tijuana Blues / Marga Britto

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Esta es la historia del momento más temido por el alumnado masculino de la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas. También es el recuento de una época donde las personas sostenían conversaciones de más de 140 caracteres y los amigos se encontraban en la calle y no una foto en un libro virtual.

Manjarrez fue jefe de grupo desde primer semestre de Prepa. Lo elegimos unánimemente por dos razones: a) porque tenía barba y b) porque hablaba como gente grande, es decir, podía formar un enunciado sin incluir “este” o “aha” al principio, en medio o al final de una frase.

El jefe de grupo decía que un día sería político, que lo traía en la sangre y que para eso era importante leer y sacar buenas calificaciones. Y en serio que se le notaban las ganas de aprender. Era el primero en responder, en opinar, en salir del salón en épocas de departamentales, esos odiosos exámenes que nos aplicaban cada dos meses y nos hacían sufrir como verdaderas magdalenas, especialmente a los que creíamos que estudiar significaba leer apuntes ”robados” (a los nerds), unas horas antes del examen, es decir el 90% de mi clase.

Sin embargo, Manjarrez no era muy efectivo en ganarse las simpatías de sus compañeros, y esto no era totalmente su culpa, pues gran parte de ello se debía a que para su mala suerte era el jefe del grupo reconocido en toda la escuela por su alto nivel tóxico. Así que un año después, ya en 3er semestre, y determinado a convertirse en el mejor amigo del grupo de Trabajo Social #51 generación 1984-1987, decidió organizar una fiesta en su casa. El gancho: exhibición de cine… porno.

El Jefe de grupo vivía en los edificios de Infonavit de la zona Río, así que el primer reto era meter en 30 metros cuadrados a 60 inquietos “cinéfilos”.

Cuando Angélica –mi amiga inseparable en aquella época – y yo llegamos al lugar, ya no había forma de entrar sin pegarle un buen golpe con la puerta a al menos cinco personas. Aquello parecía una Pamplonada, todo el mundo agazapado y empujando a un lado y otro para estar lo más cerca del televisor de 20 pulgadas donde se transmitiría la función especial de “Debby Does Dallas”.

Ni parándonos de puntillas podíamos ver más allá que un puñado de peinados que en estos días podrían hacer partirse de risa a cualquiera; una colectividad de copetes fijados al punto “concreto” con aerosoles de esos que hoy más que un producto de belleza, representan una seria injuria contra cualquiera que se jacte de tener la mínima conciencia ecológica.

La aglomeración en aquel lugar rápidamente nos lanzó a Angélica, a mi y a otras dos –que aseguraban estar en nuestra clase, pese a ser la primera vez que las veíamos– de la entrada hasta la cocineta, desde donde escuchábamos las instrucciones corales y a veces contrapuestas de unos y todos a la vez: párale, regrésale, dale play, ahí déjale ahí déjale.

La realidad es que la película era más pirata que Jack Sparrow y encima en formato BETA, y en esos años, sin los lujos de la era digital, ver una película con esas condiciones era sufrir un ataque de parpadeo perpetuo, que hacía imposible tener claridad en una sola imagen. Así que más que exhibición, fue un ejercicio de buena imaginación porque hasta donde tengo conocimiento, nadie pudo ver con claridad una sola teta, o el trasero de ningún pornstar.

Mientras tanto, nosotras –las Kitchen Four– empujadas a la clandestinidad de una cocina no pelada por nadie, decidimos explorar y en seguida dimos con un pequeño tesoro: una botella de rompope de esas que traen una monja en la etiqueta, así que para abatir el aburrimiento, y hasta que la fiesta terminó, le dimos con devoción cristiana al jarabe de huevo.

Pasó todo el tercer semestre y muchas semanas después de la fracasada movida de Relaciones Públicas del futuro político Manjarrez, cuando nos enteramos que el momento más temido para la población masculina de la Lázaro Cárdenas había llegado: Biología II. Prácticas de Laboratorio. Tema: The birds and the bees.

La diminuta maestra de biología, con cuerpo de muñequita y carácter de bruja maldita del oeste, nos explicó abruptamente lo que estaba a punto de ocurrir: en el laboratorio de biología exploraríamos con ayuda de un “Microscopio Binocular una muestra de Líquido Seminal y realizaríamos un conteo además de observar el comportamiento de las células”.

Traducción:

¡Show de espermas!

Estaba claro, la gran duda era ¿de dónde sacarían el “montón de espermas’? Fue entonces cuando la Bióloga from Hell, nos ordenó salir a todas las mujercitas del salón, quedándose a solas con los pobres desgraciados que tendrían que tomar la decisión más vergonzosa de su vida.

Típicamente, los “donadores’ recibían “garantías” de que su identidad jamás sería revelada, así como puntos extras en su calificación final, o lo que era lo mismo: Card Blanche para no volver a parase en la clase de biología por resto del semestre. Lo segundo, siempre se cumplía, es más era casi un requisito. Lo primero, casi nunca. Y esto último hacía de todo el episodio una fabulosa aventura que lo mismo tenía de misterio, intriga, tragedia y una buena, pero muy buena dosis de comicidad.

Cuando entramos al laboratorio, todos los hombres ya estaban ahí, los habían citado antes que a nosotras, dizque para evitar suspicacias y proteger la identidad del donador.

Pero en esa época no hacía falta ser un experto en inteligencia, espía, o Julian Assange, para obtener una información de ese calibre. Sólo un poco de observación y paciencia era lo que se requería para descubrir al donador.

Este era el momento en que todas las mujeres teníamos en nuestra mano a los “hombrecitos” del salón, y donde cualquier ofensa pasada, presente o futura, podría costarle su reputación dentro de la escuela, pues la simple mala leche de iniciar el rumor de quién era el donador bastaba para aniquilar su vida social.

Así que nuestras miradas sobre los Semen-tales Potenciales, quemaban como la Inquisición. Todos tenían miedo. Pero había uno que especialmente daba todas las señales inconfundibles de culpabilidad, sobre todo cuando ya en plena observación del “material de laboratorio”, la Bióloga from Hell, empezó a hacer comentarios relevantes al experimento pero que a la vez estallaban como bofetadas en el rostro del Donador, subiendo la temperatura y la intensidad del rojo de sus cachetes:

“Muy buen material”.- ¡Pum!- 35 grados –Rojo Carmesí

“Muy buen conteo” – ¡Pum! ¡Paf! – 38 grados –Rojo Borgoña

“Mucha actividad”- Pum! Paf! Paf! Pum! Tilín tilín! –45 grados! –Rojo Granate

Y precisamente “Mucha actividad” fue la frase que nos dio la certeza de que el muchacho que estaba a punto de explotar como Torito en fiesta de pueblo, Manjarrez, era el donador.

Pero se mantuvo firme, aguantó vara como decíamos entonces, pese a que durante toda la clase y después de una explosión colectiva de risas, no faltó el pelado que hiciera comentarios chuscos como: “Ta bueno el resistol Manjarrez”, ¿Meco-mentas luego sobre esta clase que ya me voy, Manjarrez? O el infaltable cajetas que le cantaba el jingle de la leche más popular de todo el Estado: ¡Jersey, Jersey!

Manjarrez siguió firme, y continúo aguantando vara, en la clase, y durante el resto del semestre, en el que no faltó a una sola clase, pese a tener el pase asegurado.

Nunca supimos los detalles reales de cómo fue que Manjarrez terminó siendo el donador para aquella penosa tarea, claro que rumores no faltaron y el más popular fue que “sus compañeros” habían convencido a la maestra de que el jefe de grupo era el idóneo, por las siguientes razones: a) ya tenía barba, b) hablaba como gente grande, y una tercera, la fulminante: c) tenía películas pornos en su casa que dejaba ver todo el tiempo a chavas y chavos.

Una vez más triunfaba la percepción de la realidad sobre la realidad misma, y ahí va Manjarrez a exculparse de una falta imaginaria, a través de la vergüenza pública, sin Internet, sin celular, sin mensajes de texto.

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Marga Britto

Aprendiz de Madre, Malabarista del tiempo, Exiliada por Opcion, Cuestionadora de todo, Objetora de muy Poco, Activista de Closet, Escritora sin oficio. Aprendiz de Madre, Malabarista del Tiempo, Exiliada por Opción, Cuestionadora de todo, Objetora de muy poco, Activista de Closet, Escritora Crónica.

Marga nació y creció en la ciudad de Tijuana, México. Actualmente radica en la ciudad de Pasadena, CA.junto a su esposo e hija de 18 meses. Es Licenciada en Comunicación egresada de la Universidad Iberoamericana, y comparte su tiempo entre vivir su maternidad a tope y escribir una columna semanal en su blog www.madresinsumisas.com.

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