Tijuana Blues: Lecciones sobre el amor a la patria desde el otro lado

Tener primos del otro lado, no es ninguna novedad para los mexicanos que vivimos en la frontera. Tener primos que no hablan español a pesar de que sus padres poco mastican el inglés, no es cosa del otro mundo, pero sí del otro lado.
Hubo una época durante nuestra infancia en la que mis hermanos y yo, tuvimos que sortear una real y tediosa tortura lingüística en las reuniones familiares, donde los primos “pochillos” se obstinaban en hablar inglés entre ellos, para después burlarse de nosotros, los primos “¡tj-trash-no speak-english, dude!”.

Aunque desde el kínder fuimos a escuelas bilingües, la efectividad de los cursos de “choque” en esos encuentros con los parientes “emigrados”, superaban con creces al sistema educativo bilingüe de las escuelas particulares tijuanenses de aquellos años.

Gracias a mis primos “del otro lado”, aprendimos una gran variedad de insultos en el idioma de Shakespeare (aunque no tan finos, ni tan románticos), antes de contar con los recursos gramaticales necesarios para pedir nuestras hamburguesas en las cadenas de comida rápida, que entonces aún no invadían suelo tijuanense.

[ad#Google Adsense-3 300×250]

Pero también, gracias a nosotros los primitos monolingües tuvieron que hacer un esfuerzo por aprender la lengua materna, pues aunque en un principio la supremacía angelina era más que evidente, nada como la perseverancia del mexicano y la enorme creatividad que termina fortaleciendo el sentido de supervivencia.

Y en virtud de la creatividad fue que encontramos un gran beneficio en explotar la riqueza fonética de ambos idiomas en varias e insospechadas maneras. Por ejemplo una primer afrenta que mis primos tomaron muy a pecho, fue cuando compartimos nuestro descubrimiento de que el nombre de la ciudad donde habían vivido toda su vida en California, rimaba con Calzón.

Este tipo de bromas para un niño o una niña de 8, 9 o 10 años suelen ser devastadoras, sobre todo cuando al nombre ficticio de su ciudad natal, se le pueden acomodar adjetivos o complementos de humor muy mexicano y poco halagadores, como “sucio” o “con premio”.

De pronto los papeles cambiaban de mano y con “papeles” no me refiero al “Green Card” que por lo menos a mi familia inmediata (padre, madre y hermanos), siempre nos tuvo sin cuidado el engorroso y discriminatorio trámite al que dedicaron gran parte de su vida varios de nuestros ancestros, sino al hecho de que si bien en un principio mi hermanos y yo fuimos los monitos del circo de nuestros primos, ahora nuestro reciente acercamiento al bilingüismo nos daba un arma muy potente contra los embates de las burlas flatulentas de nuestros primitos angloparlantes.

Finalmente estábamos en la dirección correcta hacía obtener el respeto de nuestros primos “del otro lado”, o como diría mi siempre políticamente incorrecta abuela: “a enseñarles lo que es amar a Dios en tierra de indios”.

Alguna vez alguien me dijo que para sobrevivir en este mundo sólo bastaba con aprender muy bien por lo menos tres idiomas. No sé si estoy de acuerdo  en que esto sea un arma infalible de supervivencia, pero lo que sí ha sido demostrado científicamente es que los individuos que son bilingües desde una edad temprana, alteran significativamente la estructura del cerebro, además de otras ventajas que pueden ver aquí.

Superada la barrera del idioma y con ambos bandos perfectamente adaptados, nuestra educación sobre las relaciones familiares empezó a enriquecerse a la vez que las diferencias en la parte práctica de nuestras vidas diarias en ambos lados de la frontera empezaban a sumarse y a de-codificarse, y en un momento dado a  compartirse y hasta complementarse.

Por ejemplo, mientras nosotros –en México– aprendíamos el himno nacional y el juramento a la bandera asoleándonos todos los lunes por la mañana hasta que empezaba a oler a cabello quemado, y cruzando los dedos para que “ese lunes” no fuera nuestra cabeza la depositaria del ya tradicional “proyectil palomero”, mis primos –en Los Ángeles– entonaban el “Star Bangled Banner” en un estadio, con su gorra, un hot dog y su refresco esperando ver el siguiente “ponche” de Fernando Valenzuela.

Las vacaciones de verano cuyo destino de facto en mi pre-adolescencia fueron las casas de mis primos en California, me dejaban siempre con grandes cuestionamientos acerca del sistema escolar mexicano, pues mientras que en cualquier escuela pública del condado de Los Angeles, aún en vacaciones, se servían “lonches” gratis a los niños, en México nos teníamos que pelear la última torta de bolonia de la cooperativa, para alcanzar a comer algo más o menos decente por cinco pesos. Y menuda diferencia hacían esos cinco pesos, pues quien no traía lonche ni dinero, pues simplemente no comía. Eso no ocurría en las escuelas públicas en las que estudiaban mis primos.

Después ya un poco más creciditas, mis primas nos presentaron la lectura de literatura chatarra, cuyos ejemplos más ilustrativos eran la revista hoy desparecida Tiger Beat y la Sixteen, que más que otra cosa eran una especie de playboys light para adolescentes donde Scott Baio, John Stamos y los Hardy Boys parecían los chambelanes perfectos para nuestras eventuales quinceañeras.

En la contraparte mexicana, mi hermana y yo contagiamos a mis primas con la fiebre menuda, y más de una vez viajaron desde Los Angeles para ir con nosotros a verles en concierto en la Plaza de Toros la primer vez, y en el Hipódromo con un Ricky Martin puberto y con gripe.

La mejor época fue cuando mis primas y primos empezaban a cumplir los dieciocho años, y eso en México les abría un portón de posibilidades que no tenían en Estados Unidos. Así que las vacaciones de verano en California, se transformaron en fines de semana de fiesta en las discotecas de moda de Tijuana o semanas enteras en las fiestas del santo del pueblo de mis abuelos en Jalisco.

Pero con los dieciocho años, además de las fiestas mexicanas, venían tiempos de decisiones duras: ¿colegio de dos años o servicio militar a cambio de una carrera universitaria? Así que algunos se pusieron el uniforme de la Naval en los años del primer Bush y mala suerte para algunos, Estados Unidos se va a defender a Kuwait y empieza la guerra del Golfo Pérsico.

Mi madre acompañó a mi tía a despedir a su hijo mayor a la base naval de San Diego, destino aún desconocido, “no te preocupes mamá que estaremos de reserva en el mar”, le dijo mi primo después de abrazarla por más de 15 minutos.

Mi primo sentía una  tremenda responsabilidad; en un principio se había enlistado para poder pagar sus estudios, pero después su nacionalismo le había despertado el espíritu bélico, su derecho inalienable a defender “su” país. Y lo vimos zarpar. Y estuvimos meses y meses atentos a sus noticias, de un lado y de otro de la frontera. Y después lo vimos bajar del mismo barco, y llorar porque un accidente en el cuarto de máquinas lo ponía lejos, muy lejos de las balas y los proyectiles del golfo pérsico.

Ese primo que regresó llorando del Golfo Pérsico, es el mismo primo que se enorgullece de sus raíces mexicanas, que conoce de memoria la historia del pueblo donde nacieron mis abuelos y sus padres, que no se pierde sus fiestas patronales cada año, que trata por todos los medios que sus hijos hablen español tan bien como hablan el inglés y que llevó su chaqueta militar con todas sus medallas, a la fiesta de quince años de su hija hace unas semanas.

Siempre he pensado, gracias a la inagotable fuente de datos fuertes que se obtienen sobre el tema migratorio con la simple observación de los usos y costumbres de los parientes del otro lado, que el dilema de quien ha crecido en Estados Unidos y cuyos padres han sido migrantes, es similar al del niño a quien se le pide decidir si quiere más al padre que a la madre, y en el doloroso caso de las deportaciones de las que tenemos noticias a diario, es como cuando en un divorcio se le pregunta al hijo con quién se quiere ir a vivir.

Durante las protestas contra la ley SB1070 de Arizona, muchos nacionalistas de hueso colorado, ergo: ultraderechistas estadounidenses se sintieron amenazados e insultados porque algunos migrantes ondearon la bandera de México en las marchas. Ya me gustaría que se insultaran y se quejaran con la misma energía cuando las hordas anti-migrantes ondean bravuconamente su banderita de los Duques de Hazard.

La bandera de México en una marcha pro migrante no debe considerarse un insulto. Si la derecha estadounidense fuera un poco más letrada en la historia nacional, sabrían que llevar la bandera del país de donde vinimos o vinieron nuestros ancestros es un bello homenaje y un recordatorio de que en Estados Unidos pueden convivir pacíficamente muchas de las naciones del mundo, y es en ese convivir pacífico donde nace la verdadera esencia de una nación donde realmente existe la libertad y se brindan oportunidades.

Estas son las lecciones que aprendí de mis “annoying pochillo cousins”.

Si este texto fuera en inglés lo habría titulado: Lessons about loving America from my annoying pochillo cousins”, pero como es en español cierro comentándoles que la gran lección desde “el otro lado” de la familia, es que lo mexicano no quita el amor a Estados Unidos.

 

1 Trackback / Pingback

  1. Bitacoras.com

Los comentarios están cerrados.