Sí, era una bomba

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El jueves a la mañana, cuando el fotoreportero llamó para anunciarlo, me cubrió el cuerpo una sensación conocida.

Para describirla debo recurrir a lugares comunes, tales como “se me erizaron los pelos”. Quizás exagere. Baste decir que junto con la curiosidad y el afán periodístico, sentí personalmente ansiedad.

Lo que anunció el colega fue: “Pusieron una bomba en una sinagoga en Santa Mónica”.

“Voy para allí ya”, agregó.

Pensé: ¿Habrá iniciado una ola antisemita en Los Angeles?

Al día siguiente, La Opinión publicó fotos de los alrededores del templo de la congregación Habad en la Calle 17.

En la zona, evacuada por la policía, reinó la confusión. Inicialmente la policía dijo que se trataba de un accidente, una reacción química espontánea entre componentes usados para la construcción… Recién el sábado, la FBI descubrió la bomba casera misma, que luego del estallido había aterrizado sobre una casa vecina. Era un simple tubo de acero cerrado con soldadura luego de llenarlo de explosivos. Su fabricante la incrustó en cemento para mayor efecto letal. Pesaba 300 libras.

Horas después se anunció el nombre del sospechoso, un homeless de 60 años llamado Ron Hirsch.

El lunes a la noche, Hirsch fue arrestado en terrenos de otra institución religiosa, el seminario rabínico Agudat Israel en la calle Taylor de Cleveland Heights, un suburbio en Ohio, adonde llegó aparentemente en un autobús de Greyhound.

Hirsch llegó al templo el domingo, día hábil en la semana judía. Rezó allí y luego pidió comida y refugio. Le dieron.

Al día siguiente, un rabino lo reconoció por las fotos en los diarios y llamó a la policía.

De Hirsch se dice que frecuentaba sinagogas, donde recibía limosna y hospedaje.

Habad es un acrónimo hebreo de tres palabras: “sabiduría”, “entendimiento” y “conocimiento”. Se trata de una secta ultraortodoxa con sedes en Nueva York e Israel cuya principal tarea es la difusión de la religión entre judíos laicos, como quien firma.

Pero eso no fue todo.

El lunes, se incendió un complejo de departamentos en la calle Broadway de Los Angeles. En su primer piso, la iglesia New Life Christian Church fue presa de las llamas.

No sabemos lo que hay detrás de ninguno de los casos. Hirsch, si es que realmente fue él, podría ser un simple desiquilibrado, como tantos homeless. Y el incendio pudo ser casual, o la iglesia cristiana pudo no haber sido blanco del hecho.

Pero cada vez que es atacada una casa de oración, siento una terrible frustración.

A la xenofobia, hay que combatirla.

El odio por la religión o la raza o el color del prójimo es ciego, sordo, y mudo. No atiende razones. No se puede debatir, en tanto las religiones son pensamientos que no requieren demostraciones empíricas.

En el clima nacional de intolerancia política que sufrimos, la xenofobia – contra nosotros los judíos, contra nosotros los latinos, contra los musulmanes, contra quien sea – podría levantar su fea cabeza.

Debemos rechazarla. Eso es crítico, crucial. La xenofobia atenta contra la convivencia común, las instituciones democráticas y es el posible preludio de más atrocidades y crímenes.

Lo peor: al combatirla podemos incurrir en excesos de violencia similares a los que combatimos.

Para que se me entienda, quiero citar el sermón, en 1946, del pastor luterano alemán Martin Niemöller, que pasó la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración nazi.

“Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”

Por eso. Por eso nos tiene que importar.

 

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