Restituir el Día del Presidente

A Germán Dehesa

La historia nos dice que no hace mucho, un día los mexicanos nos cansamos de celebrar el Día del Presidente, y por ello, se incitó a los legisladores a que hicieran las modificaciones necesarias para que el primero de septiembre dejará de ser el besamanos y la rendición sistemática de adulaciones.

Luego de sus tropelías y desafuero fallido del torpe Fox, para final de su sexenio se le impidió la entrada al pleno del Congreso, para rendir su informe de gobierno. Apenas llegó a las puertas de la entrada principal y de ahí lo despacharon de inmediato para que tomara el camino de regreso.

La clase política de aquel momento, lo vio como un acto de congruencia democrática. Ello anunció que la transferencia de gobierno, del bárbaro de Guanajuato al pérfido Calderón, no tuviera otro opción que llevarse a cabo entrando por la puerta trasera y así sentenciar, que Calderón no sería bien recibido en ese recinto.

A cuatro años de distancia, Calderón recupera aquella retrógrada idea priísta de celebrar el Día del Presidente y elige el patio central de Palacio Nacional, para que diversos actores de la clase política le aplaudan las poquísimas acciones que ha emprendido de manera eficaz en estos cuatro años de administración. Y a pesar de que en su momento fueron los priístas quienes dieron fin a esta pasarela, hoy increíblemente son los perredistas de Jesús Ortega en complicidad con los panistas, quienes le celebran sin recato las cifras maquilladas y fuleras, de un año de perdida de empleo, nulo crecimiento económico e incremento de los actos violentos del crimen organizado.

Restituir el Día del Presidente, si bien es una idea que siempre será relacionada con el derroche magnánimo de la época priísta, debe ser contemplada en la medida en que realmente haya qué informar. Un presidente que trabaje en beneficio de sus gobernados y que acepte también sus errores, pudiera ser reconocido con loas y aplausos, porque al menos sería honesto ante la imposibilidad de cumplir lo prometido. Pero en el caso de Calderón, no sucede nada. Sus cifras de empleo y crecimiento económico son insultantes a la inteligencia; la percepción sobre el combate al crimen organizado lo tiene un tanto azorado, pues no hay relación de la realidad con su informe triunfalista.

Lo más lamentable, es que el necio de Calderón nos quiere gobernar con discursos vacíos y frases anodinas, como por ejemplo, decir que “es momento de transformar el futuro”, si ni siquiera puede intervenir en el presente.

Twitter: @juanjosesolis