Reconsiderar Afganistán

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La decisión del presidente Barack Obama de aceptar  la renuncia del general Stanley McChrystal, más que  militar, fue de neto carácter político. La resolución salvaguardó el principio de que las fuerzas armadas están subordinadas al poder civil. Si bien reafirmó uno de los elementos fundamentales de nuestra constitución y de nuestra democracia, por otro lado, no fue nada inesperada ni mucho menos innovativa.

No fue inesperada, porque era más que obvio que el presidente, como comandante constitucional de las fuerzas armadas, no tenía otra opción. Y no le quedaba otra alternativa porque la indiscreción de McChrystal fue demasiado descarada. Después de todo, fue el general y sus asistentes de campo quienes, en una entrevista con la revista Rolling Stone, afirmaron que el presidente Obama era indeciso e inseguro en reuniones con oficiales del departamento de Defensa, fueron ellos los que criticaron al vicepresidente Joe Biden y ellos los que calificaron de “payaso” al consejero de Seguridad Nacional James Jones.

Si Obama hubiese seguido los consejos del secretario de Defensa Robert Gates (un remanente de la administración de George W. Bush) y hubiese encontrado alguna manera elegante de retener al general McChrystal como comandante de las fuerzas occidentales en Afganistán, se hubiese aceptado el principio que las fuerzas armadas pueden mantener un debate interno en el cual hasta se puede insultar al comandante en jefe. Aunque a algunos les resulte incómodo, se debe recordar que las fuerzas armadas no son una institución democrática  ya que tienen una estructura organizativa piramidal en la que la subordinación a jerarquías superiores es fundamental. Atentar contra este orden institucional implicaría abrir una Caja de Pandora con consecuencias peligrosísimas para la seguridad nacional.

Despedir a McChrystal tampoco fue innovativo porque otro presidente, en otro contexto histórico, hizo algo parecido a fin de asentar el mismo principio constitucional. Se trata del presidente Harry Truman quien, en 1951, ordenó la remoción del general Douglas MacArthur durante la Guerra de Corea. Lo que ocurrió fue que MacArthur, en desacuerdo con la visión del presidente Truman, quería usar bombas atómicas para neutralizar a los comunistas chinos. Cuando su descabellada propuesta se vio bloqueada por la Casa Blanca, MacArthur recurrió a los medios de comunicación para influenciar el debate político. El presidente, a pesar de que MacArthur era un héroe de la Segunda Guerra Mundial con más prestigio que el mismo Truman, optó por removerlo de su comando.

Pero si bien la decisión de Obama era la única posible y una copia de lo que hizo Truman, fue reportada en los medios de comunicación como que si se hubiese concretado un acto de proporciones históricas.

Lo que realmente hubiese sido diferente y que lo podría haber distinguido a Obama es si hubiese aprovechando este momento de crisis para repensar la estrategia que se sigue en la Guerra de Afganistán. Porque no nos olvidemos que la guerra, que próximamente va a cumplir una década, ya se convritió en el conflicto militar más largo de la historia contemporánea de la nación. Y aunque busquemos mil maneras de justificar nuestra intervención, es muy difícil explicárselo a los millones de desempleados de Estados Unidos, a los millones que todavía no tienen seguro médico, a los millones que viven con salarios que los ubican por debajo de la línea de la pobreza.

Específicamente, es difícil explicarles que es necesario gastar $300 billones en una guerra en la que ya tenemos 1,135 muertos, una guerra en la que tenemos prisiones secretas, como la de la Base Aérea de Bargram, en donde ni a la Cruz Roja Internacional se la deja entrar. Obviamente, todo esto contradice lo que prometió el entonces candidato Obama, antes de transformarse en presidente.

Despedir a McChrystal debería haber sido seguido por un replanteo estratégico de la guerra. Una operación militar originalmente justificable que tenía el objetivo de destruir a Al Qaeda pero que, ahora, con estos terroristas en la defensiva y operando fundamentalmente en Pakistán, no tiene la misma urgencia nacional que tuvo después de los ataques del 11 de Septiembre.

El arribo del general David Petraeus garantiza la continuidad de la fallida lucha contrainsurgente y, si nos remitimos a lo que le ocurrió a la Unión Soviética dos décadas atrás, a la casi certeza que es imposible derrotar al enemigo dadas las actuales condiciones militares, políticas y sociales de la región. En ese contexto, hablar de una victoria en los próximos 12 meses y el retiro de las tropas estadounidenses antes de julio de 2011, como prometió el presidente, parece más un deseo de Navidad que la conclusión de un análisis objetivo de la realidad de Afganistán.

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