Oscuridad, un cuento de Cecilia Davicco

Caminan uno al lado del otro, callados, silenciosos. Una, dos, cinco, ocho vueltas alrededor del corredor. El, alto, delgado, tan delgado que su cuerpo dibuja una fatigada concavidad que insinúa solapadamente los avatares por los que atraviesa. Mientras camina, su acuosa mirada intenta retener las lágrimas que involuntariamente se deslizan por su rostro. Rostro cargado de recuerdos que impávidamente afloran cincelando su piel con profundas y amargas arrugas.  Ella, a su lado camina impasible, la mirada fija en algún punto inexistente. Su rostro no trasluce emociones y sus labios no pronuncian palabras porque éstas quedaron suspendidas en una caótica apatía. Sus manos se sostienen una con la otra apoyadas contra su prominente estómago, mientras las refriega en un convulsivo y permanente movimiento. A veces, él apoya protectoramente su brazo sobre sus hombros,  y otras la lleva de la mano como a una niña desvalida, pero siempre sus gestos hacia ella son suaves y amorosos. Cuando sus cansadas piernas le piden reposo,  suavemente le susurra al oído que es tiempo de sentarse. En ocasiones, ella lo mira embelesada y le sonríe con un gesto de aprobación, pero  otras, la mayoría, la respuesta nunca llega, tampoco la sonrisa, ni la mirada; y desdeñosamente continúa su camino. Mientras tanto, él  siente que la angustia lo arrincona con una lacerante opresión que puja por salir y  liberar rencores recurrentes, pero sabe que es su deber reprimir y continuar.
Las grandes puertas vidriadas del edificio le devuelven una imagen cansada, agobiada por años de  desesperanza y frustración. Camina lento, pausadamente, resistiendo el momento de introducirse en ese mundo surrealista donde nada es, donde no hay pasado ni presente. Donde rostros enmarcados sonríen burlonamente ante la mirada ausente  de los fantasmas que deambulan sin rumbo, fantasmas que conforman una familia unida por la ausencia de recuerdos, por la oscuridad. Se lo ve endeble física y emocionalmente, pero al abrir la puerta  respira profundo como el actor que sale a escena y un personaje jovial y menos ajetreado atraviesa la puerta con los brazos abiertos para acurrucar a la torpe silueta que se le abalanza con los brazos extendidos y lágrimas en los ojos. Una resignada  sonrisa  se dibuja en su rostro y aunque ella no esboza palabra,  todo su cuerpo expresa una profunda  felicidad,  se encoge amorosamente entre sus brazo, mientras él besa sus cabellos, la abraza como siempre y comienzan a caminar alrededor del corredor. Unas, dos, cinco, diez vueltas….

 

No hay nada que hacer ni decir, las caminatas, las anécdotas, las películas, todo es repetición constante de un interminable columpiarse velozmente del pasado al presente y del presente al pasado en instantes seguidos de oscuridad y olvido. Para  él, es la rutina, el trabajo, la obligación y la lealtad que jurara  frente al improvisado altar en una playa de arenas blancas y olas traviesas que salpicaban sus tobillos mientras se juraban amor eterno. Un amor que,  por su intensidad, no fue capaz de proyectarlos a la inmortalidad porque en ese,  su reino,  no hubo cabida para nadie más que ellos dos. Y ahora, para él,  solo quedan las arenas blancas, tan blancas que su brillo lo ciegan y dificultan sus recuerdos y para ella,  no hay nada, solo oscuridad, olvido, un instante de súbito despertar, las esperas, y nuevamente la oscuridad y el olvido.
Para él los días se van restando uno a uno al tiempo que su espíritu se va esfumando, desvaneciendo tras una neblina de frío que,  poco a poco lo va convirtiendo en una sombra de callada desesperación. Por momentos su cabeza gira en un torbellino desenfrenado, arrollador,  dejándolo sin fuerzas para resistir la incesante tentación de terminar todo,  cerrar los ojos y no pensar más. En esos días y por algunos minutos, ella percibe lo que dentro de él está ocurriendo, se sienta en su sillón favorito, fija la mirada en una  pantalla de televisor que refleja mundos inconexos, lejanos, que no le pertenecen, donde sus ojos miran sin ver, con esa su mirada vacía, sin brillo ni emoción de muñeca de bazar. Se recuesta por unos minutos sobre el pecho de su amado, recoge sus piernas sobre el sofá en un sincero deseo de sumergirse en esa  conocida y cálida intimidad. En esas ocasiones, en algún recodo de su cerebro neuronas extraviadas se unen accidentalmente para traerla al mundo real, donde reconoce sus cosas, los cuadros que él colgó y en un lenguaje absurdo e indescifrable, le dice que lo ama. Es un instante, pero lo suficiente para entender que él necesita su apoyo y comprensión. Pero es un fugaz y efímero instante y vuelve a ser aquella que no es la de ayer, ni la de hoy o mañana, solo es. Y aunque él intenta transmitirle mensajes, ella ya no escucha,  se revuelve inquieta en una desesperada y agonizante manifestación de rebeldía. Sólo obedece a los impulsos que su cuerpo le  impone. El, sin entender le sugiere con voz firme que siga mirando ese video que, tan desgastado como sus fuerzas, sigue mostrando el altar, las arenas juguetonas, los abrazos y besos que poco a poco se han ido diluyendo al igual que su mundo. Ella insiste porfiadamente en levantarse.

 

Ante la imposibilidad de incorporarse por sí misma, se resigna por un momento, acepta,  pero la inquietud crece. Hay fastidio y malestar en sus gestos. Se refriega las manos con tanta fuerza que las frágiles uñas de sus dedos se desprenden como hojas marchitas. Suda profusamente, se apoya sobre los brazos del sillón para ponerse de pie, pero sus intentos son vanos. Su cuerpo, atiborrado de la grasa acumulada por la falta de ejercicio,  se resiste a obedecerle. Un olor nauseabundo comienza a desprenderse de su cuerpo y se dispersa por la habitación. El entiende que debe renunciar a sus deseos,  que tiene que abrir los ojos,  ponerse también de pie y acudir en su ayuda. Se esfuerza por mantener la calma y dibuja una precaria sonrisa para que sus verdaderos sentimientos no afloren. Le brinda su brazo para que pueda incorporarse y lentamente la conduce al baño donde, con resignada devoción,  comienza  a quitarle la ropa que apesta porque la mierda ha traspasado los calzones, los pantalones y ha dejado una gran aureola en el sofá.
¿Dónde quedaron aquellos días en que una mujer de ojos profundos caminaba por la playa tomada de su mano? ¿Dónde quedó su sonrisa y ese egoísta mundo de dos, donde los bosquejos de hijos fueron borrados, puestos en indefinida espera,  para no  amenazaran su intimidad? Irónicamente,  aquella decisión no tuvo consecuencias hasta muchos años después, hasta ahora, hasta este instante donde la soledad rasguña y duele.

¡Qué tremendo sarcasmo de la vida! Ocho años han pasado desde que comenzaron los ataques de pánico frente a las escaleras de su casa. Ocho años, desde aquel día en que salió corriendo de la casa, desnuda, llorando,  con un cuchillo en la mano amenazando a los desconcertados vecinos y sembrando el miedo  entre aquellos que la conocían. Ocho año desde que  aquel,  su privado y mezquino mundo de eterno romance, comenzó a desintegrarse como las neuronas de su cerebro. Hoy, ese cuerpo de mujer camina, come y duerme; camina, come y duerme. Su mente no existe; murió hace ocho años.  Entre el ayer y el hoy, la única conexión real es un número de identificación y una foto con su nombre, lo demás ya no es. Y hoy, el médico le extiende a él los resultados de sus exámenes. Exámenes que aterrorizado lee para descubrir que él,  el único disponible para cuidarla, para mantenerla con vida, el que apostaba acompañarla hasta su último suspiro,  el que aceptara no tener hijos porque ellos dos eran suficiente, en las letras de ese papel se dibuja su condena de muerte.

Del New York Times, 24 de junio de 2008: Dan  Wood,  artista plástico de 67 años fue encontrado muerto de un disparo en la cabeza junto  al cuerpo también sin vida,  de su esposa Nancy. Ante la devastadora  noticia de que el cáncer que padecía era terminal, Dan decidió poner fin a su vida después de disparar a su esposa, quien desde hacía ocho años sufría un severo caso de Alzheimer.

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