Hay un niño en la calle y lo mataron

Por correo recibo una oferta estremecedora: que compre seguro de vida para mis hijos. “Hasta 25 mil dólares”. “No mande dinero ahora”.  “Sus tasas nunca subrán”.  “No requiere revisación médica”. “Libre de impuestos”. Viene de una tal compaña Global, de Oklahoma, pero llegan de todas partes.

La carta estremece, porque juega directamente a los temores de nosotros los padres de que algo le suceda a nuestros niños. Explota arteramente nuestras ansiedades, basadas en acontecimientos verídicos. Nos quiere convencer que tener un seguro de vida obrase como amuleto, guardase contra la muerte.

Pero los temores que aprovecha esta propaganda no son infundados. Al contrario.

En tiroteos, homicidios premeditados, suicidios familiares, arreglo de cuentas de pandillas, o el trágico azar, niños de todas las edades mueren o son heridos en Los Angeles. Demasiados.

Quizás el lector recuerde sólo a Suzie Peña, la bebita de 17 meses que murió el 10 de julio de 2005 en brazos de su padre, quien de hecho se parapetaba tras ella, desafiando a la policía que lo sitiaba a que dispararan. Y dispararon, matando a ambos. Casi dos años después una comisión publicó un informe, justificando la labor de los policías.

Este martes 17 de febrero, a causa de un conflicto sobre la custodia de sus hijos, una mujer y dos más supuestamente intentaron matar al ex esposo de ella en la calle 47 en Los Angeles. Sacaron armas de su camioneta y comenzaron a disparar por la ventana. Los tiros hirieron gravemente a sobrina de siete años de la mujer. El marido ni estaba en casa. Los tres fueron arrestados poco después, porque la hija común de ambos, de cinco años, y que estaba en la camioneta durante toda la escena, la describió a su padre.

Poco antes de este incidente, un pistolero roció de 12 balas una casa en la calle 22 Este e hirió a Ivy Hernández, de seis años, que se divertía con juegos electrónicos en casa de su abuelito. La policía no sabe el motivo.

Hay más.

El 27 de enero, en Wilmington, por perder el empleo, Ervin Lupoe mató a sus cinco hijos: una niña de ocho, dos mellizas de cinco y dos mellizos de dos. Luego ultimó a su esposa, de común acuerdo con él según la carta que dejaron, y se quitó la vida.  

El 13 de enero Robertito López murió a los 4 años frente a su casa de Angelino Heights porque su cuerpito interceptó las balas que intercambiaban delincuentes. Su presunto asesino fue localizado gracias al afano de una comunidad indignada y luego acusado de homicidio.

En Nochebuena de 2008 y vestido de Santa Claus, , Bruce Pardo mató en Covina a ocho personas, incluyendo su sobrino Michael Ortiz, de 16.

Hay más.

A inicios del mismo mes de diciembre alguien mató a Isidro Martínez apuñalándolo en la espalda cerca de su domicilio sobre el boulevard Venice. Tenía 17 años.

Cuatro días antes, Heriberto Mecina, un chico de 18, murió de un tiro en el corazón en la avenida Tercera mientras jugaba al fútbol y discutía con conocidos.   

Todo en poco más de un año y acá, en Los Angeles. Y no son todos. Hay más. Y más.  

En agosto de 2008 un niño de 16 años fue baleado y muerto en el porche de su casa de Lynwood luego de ser confrontado y desafiado por pandilleros, el segundo caso en esa semana.

En febrero pasado, los policías de Baldwin Park arrestaron a un hombre que les esperaba fuera de su casa, donde yacían muertas una niña de 4 años y una mujer, y dos niños, de 9 y 14,  heridos de gravedad. La mujer era la madre del acusado quien luego de matarla aprovechó la ocasión.

Si hay víctimas inocentes, son los niños. Bajitos, distraidos, ingenuos. Viven en el presente y con toda la vida por delante aparecen en el escenario de violencia, o son su despiadado blanco.

El verdadero seguro de vida para los niños se consigue haciendo inconcebible la violencia contra ellos. Estableciendo castigos adicionales a quienes les hacen daño. De por si, crecer en la pobreza y la ignorancia es terrible.

Escribió Armando Tejada Gómez: “Es honra de los hombres proteger a lo que crece / cuidar que no haya infancia dispersa por las calles”.

2 Comments

  1. A veces los matan otros niños. Los Angeles no debe ser distinto de, no sé, Yafo de noche, de Mumbai. Y si decimos, como dice mi madre, “la vida por la vida misma”, esto nos revuelve el estómago. Como dicen aquí, “sickening”. Y claro que la solución no es más policía y cárceles. Ni siquiera a corto plazo. Detrás de los encarcelados ya vienen otros en tropel. En California hay un cuarto de millón de personas en prisión. No mucho, considerando que en todo estados unidos se están acercando a 2.5 millones. ¿Qué hacemos? A esta altura, no sé. Al menos denunciarlo.

  2. ¿qué ocurre? ¿qué es un ser humano? ¿quién mata a esos niños?
    las cosas no empiezan ni terminan así como así…hay algo de monstruoso en un mundo donde lo de terror se vuelve casi cotidiano. tristemente, cuidar de la vida de un niño comienza varias generaciones antes de su llegada al mundo. Hay valores que no pueden ser inculcados desde arriba y con grandes palabras. Es al revés. Empieza todo con normas cotidianas y sencillas. La comunidad y su bienestar no son solo una cuestión de la policía o el estado.

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