Mirando al Sur: Marchas, protestas, alborotos… ¿y?

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Esta es la parte 2 de un total de 9 partes en la serie Mirando al Sur / Luis Manuel Ortiz

Tengo unas ganas locas de escribir de otros temas, pero Arizona no me deja. Y es que el nivel de indignación que me provocó la ley SB1070 no se me quiere bajar, y menos cuando me entero de nuevas burradas que dice la gobernadora Brewer de Arizona –cosa que no debería extrañarme porque eso sucede a diario y a cada rato– y de las no tan nuevas pero si muy frecuentes bravuconadas del enfermizo alguacil del condado Maricopa, Joe Arpaio.

El jueves 29 del pasado julio entró en vigencia la ley SB1070 que, como todos saben, era –y es- la ley estatal sobre inmigración más severa e insensible, por inhumana, en la historia de los Estados Unidos.

Pero en el momento de hacerse efectiva, cuando las manecillas del reloj pasaron sobre el número 12 y el miércoles se convirtió en jueves, la ley ya no era tan feroz. El día 28 la juez federal Susan Bolton había dado la orden de suspender y que no entraran en vigencia sus partes más severas, entre ellas la que obligaba a todos los extranjeros a portar un identificación bajo la amenaza de que si no lo hacían se les considerarían criminales. El resto de la legislación quedaba intacta y podía entrar en efecto, como en realidad sucedió.

Y aquí es donde las opiniones se dividen: Para unos fue un triunfo, para otros una derrota.

Los primeros organizaron actos de celebración y religiosos para dar gracias, así como reuniones para analizar el impacto de las medidas dictadas por la juez Bolton y los pasos que deberán seguirse mientras el litigio continúa en las cortes.

Los que no vieron el hecho como un triunfo alegaron que su objetivo era y seguirá siendo la supresión total de la ley y continuaron con su plan previamente trazado de protagonizar actos de desobediencia civil. Durante todo el  jueves 29 las grandes cadenas de TV –la semana entera estuvieron en Phoenix reporteros y cámaras de Europa, Sudamérica y Estados Unidos– llevaron a todas partes las imágenes de los desobedientes civiles que impedían el tráfico vial, bloqueaban las entradas a edificios públicos, a una cárcel ubicada en pleno centro de la ciudad y le gritaban al sheriff más necio del mundo sus verdades a las afueras de sus oficinas.

El resultado fueron varias docenas de encarcelados, un despliegue policiaco exagerado –muy al estilo gringo– mucho entorpecimiento vial y lluvias de comentarios negativos de aquellos –gringos, la gran mayoría– que vieron esas acciones “como si estuviéramos en los años sesenta”.

No puedo criticar a los desobedientes porque sus acciones persiguen un buen fin. No hicieron daño a nadie más que a los automovilistas que debieron sacarle la vuelta a las calles y aéreas que tenían taponadas. No golpearon a nadie, no destruyeron, no quemaron, no volcaron autos ni rompieron cristales. Sólo se hicieron a sí mismos el daño de permanecer tras las rejas unas horas, pagar una multa y tener que comparecer próximamente ante un juez para que les imponga una condena que sin duda será leve. Muy bien.

¿Muy bien? ¿Estará muy bien?

Bien estaría si al paso de los protestadores hubiera surgido Arpaio con una declaración de verdadero arrepentimiento, si el creador de la SB 1070, Russell Pearce, hubiera prometido que jamás volvería a proponer una ley de esa naturaleza y si la gobernadora hubiera dicho que pediría a la Legislatura que cancelara la ley.

Pero Arpaio respondió con más operativos y aprehensiones, Pearce hizo el pomposo anuncio de que en enero someterá una propuesta para acabar con los “anchor babies” y la gobernadora ya andaba en los trámites legales para interponer una contrademanda a los dictados de la juez Bolton.

Bien estaría si como respuesta a las protestas y desobediencias civiles viéramos que los republicanos se comportan más razonablemente en todo lo relacionado con la inmigración; si los Tea Parties, los Minutemen, la Sarah Palin, y todo el discurso histérico electorero comenzara a tornarse en un diálogo centrado, razonable y justo. Pero lo que vemos es lo contrario: más reacción, más soberbia, más cerrazón.

En lo personal, tengo especial afecto y reconocimiento a varios de los activistas que protagonizaron las desobediencias y fueron arrestados. Su amistad me honra. Su ejemplo de lucha me mueve a un profundo agradecimiento. Pero siento –y lamento mucho sentirlo– que es una actitud equivocada y por lo tanto inútil, desperdiciada.

A la SB 1070, Arpaio, Pearce, Brewer, a los antiinmigrantes, antihispanos y anti minorías ya no se les puede combatir así. Los tiempos han cambiado, las formas también.

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Luis Manuel Ortiz

Luis Manuel Ortiz: nativo de Caborca, Sonora, México, inició su carrera de periodismo en la Ciudad de México, en la Revista Contenido. Posteriormente trabajó en los periódicos Novedades, El Heraldo de México y El Universal de la capital mexicana. En 1984 y 1988, respectivamente, fundó y dirigió en Phoenix, Arizona, las revistas Unidos y Cambio. En noviembre de 1999 dio comienzo al proyecto de La Voz, como editor fundador. Actualmente es Director Editorial de La Voz y de la revista TV y Más. En octubre de 2006, Luis Manuel Ortiz se convirtió en el primer periodista hispano (e inmigrante latinoamericano) en Arizona en formar parte del Salón de la Fama del periodismo de la “Arizona Newspaper Association”.

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