Mirando al Sur: Jesús García, héroe de héroes

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Esta es la parte 8 de un total de 9 partes en la serie Mirando al Sur / Luis Manuel Ortiz

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Héroe: Según el Diccionario de la Academia es una “persona admirada por sus hazañas y virtudes”, o una “persona que lleva a cabo una acción heroica”. Y heroico es algo “admirable y extraordinario por su valor o méritos”.

Tan vagas me resultan estas definiciones que me dejan el convencimiento de que cualquiera puede ser un héroe o una heroína y cualquiera puede cometer un acto heroico. Andando en esas, quizás hasta yo.

Ateniéndonos a estas definiciones es héroe quien comete un acto afín con mi manera de pensar, pero no lo es para quien piensa distinto. Por ejemplo: si mis simpatías están con el comunismo, el Che Guevara es un héroe, dio su vida por los demás. Pero si soy anticomunista el Che es un demonio, un ser maléfico, un asesino.

A muchos se les considera héroes de guerra porque en condiciones de extrema peligrosidad y arriesgando su propia vida mataron a un montonal de enemigos. Cuando regresan a casa los homenajean, les entregan medallas, los alaban, los apapachan. Ser héroe, en estos casos, es matar a semejantes (porque, aunque enemigos, son semejantes).

Otros son héroes porque arriesgan sus vidas y salvan a quien o quienes están en grave peligro (cosa mucho, pero mucho más edificante que matarlos, aunque sea en la guerra) en siniestros y tragedias como incendios o terremotos. Sería ese el caso de los bomberos y los rescatistas pero, sin ánimo de menospreciar su valor y sus actos, es su trabajo y a la mayor parte de ellos les pagan un salario por hacerlo y están debidamente entrenados para enfrentar el peligro, no lo hacen de repente y aventándose “a ver qué pasa”.

Luego vienen los que en un acto espontáneo y por demás arriesgado se lanzan al agua o se introducen en una vivienda ardiendo para salvar a alguien de morir ahogado o quemado. En estos casos, la mayoría de las veces, el salvado y el salvador salen vivos del mal momento. Quizás estos son los casos, de todos los contados anteriormente, que más se acercan a lo que yo me imagino que es (interpretación académica y de diccionario aparte) un héroe y un acto heroico porque lo hacen de manera repentina, espontánea, sin medir consecuencias y sin estar previamente entrenados para hacerlo.

Pero como que todavía no me cuadra. Sigo creyendo que un héroe es mucho más que eso.

El Héroe de Nacozari

Quienes han tenido la paciencia de continuar leyendo hasta este punto, se preguntarán a qué viene todo este enredo. Bueno, lo que pasa es que estoy maltratando el teclado de mi laptop en la mañana del siete de noviembre del veinte diez, cuando se cumplen 103 años del acto que mandó a la inmortalidad a quien sí me parece un héroe verdadero.

Se llamaba Jesús García y no fue a la guerra, no mató a nadie, no le dieron medalla ni reconocimiento alguno y no sé si quiso ser héroe (y lo dudo mucho)… pero lo fue.

Rosario Margarita Vázquez Montaño y Jesús Ernesto Ibarra Quijada, la primera estudiante de la licenciatura de Historia en la Universidad de Sonora y el segundo estudiante de Ciencias Políticas de la Universidad de Arizona, me ayudan con el siguiente texto suyo a reforzar lo que en párrafos anteriores he estado tratando de decir, que García no fue un héroe cualquiera:

“Toda gesta heroica en la historia de la humanidad está generalmente fundada por un sentimiento del alma. Un sentimiento íntimo –bueno o malo–, pero que impulsa al ser humano a internarse en lo desconocido. En el 1907, ese sentimiento humano se hizo presente en el alma de Jesús García. Mientras muchos intentaban salvarse, el joven ferrocarrilero de escasos 23 años, puso por encima de sus intereses personales, la vida de miles de habitantes”.

Vázquez Montaño e Ibarra Quijada redactaron y publicaron este trabajo biográfico en 2009, al celebrarse el aniversario 102 del acto que protagonizó Jesús García.

José Jesús García Corona nace un 13 de noviembre de 1883 en la ciudad de Hermosillo, Sonora, (México) –dice el texto mencionado, con agregados míos entre paréntesis-. …en 1898 la familia decide trasladarse a Nacozari (en el mismo estado), lugar que, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, se encontraba en plena efervescencia minera y ferroviaria. Fue en este pueblo minero donde logró consolidarse como buen empleado a la corta edad de 17 años. Su buen desempeño en la empresa minera, le permitió ocupar el cargo de maquinista de locomotoras a la edad de 20 años”.

Añaden los cronistas –y en esta parte de la personalidad de García coinciden todos sus biógrafos- que “Era de carácter serio; modesto y humilde. Le gustaba pasear a caballo, vestir bien, tener amigos, enamorar muchachas y llevarles serenata con la orquesta del pueblo. Su personalidad reflejaba el estilo alegre del típico hombre sonorense. Era un joven despreocupado de la vida, ajeno a lo que el destino le deparaba”.

Si observamos la foto de García que acompaña a este texto, podemos ver que efectivamente Jesús era un joven bien parecido y no pongo en duda que tuviera pegue con las jóvenes nacozarenses. Nadie puede dudar de que las expectativas de vida (nunca de muerte) de un individuo como él, y en aquel sano y apacible ambiente pueblerino, eran muy distintas a las que terminaron siendo. ¿Qué necesidad podía tener de aspirar a ser héroe, inmortal, paradigma de la humanidad, ejemplo para las generaciones futuras? ¿Quién podría decirle que en un momento determinado tendría que escoger entre la vida y la muerte, entre su vida y la de los demás? Es aquí donde, sin pretenderlo, se gesta el héroe verdadero, sin saberlo, sin prepararse para ello.

Aquel siete de noviembre, Jesús hizo dos viajes a la mina de Pilares de Nacozari, que distaba del poblado unos ocho kilómetros, llevando carga y pertrechos. Nada especial para él pues en eso consistía su trabajo. Jesús, después de ir a su casa a comer, regresa a sus labores y yo al texto de Vázquez Montaño e Ibarra Quijada:

“Son las 2:00 pm…. El garrotero José Romero y Jesús intentan alimentar el fuego (de la caldera de la locomotora) para incrementar la presión, pero se percatan de un grave problema: la chimenea de la máquina está dañada. El cedazo de alambre que cubre la parte superior para evitar que escapen brazas de la caldera está roto. Esto representa un grave problema, ya que la tripulación había acomodado (…) furgones con dinamita detrás de la máquina, ignorando las medidas de seguridad que lo prohíben. Justo en ese momento, los fuertes vientos arrojan chispas y brazas de la chimenea por el lado roto a lo largo de la locomotora y caen en las primeras dos góndolas sobre las cajas de dinamita”.

Cuarenta y cinco mil kilos de dinamita

Y sigue el texto acercándonos a lo que sin duda constituye un ejemplo de heroicidad sin paralelo, aquel que se gesta a partir del no esperarlo. Leamos:

“El incendio no se hace esperar. La tripulación intenta sofocar las llamas, pero el viento intensifica el fuego… Debajo de la carga hay cañuelas y detonantes; cuando el fuego los alcance, hará explosión la dinamita… A escasos metros, se encuentra el almacén de explosivos con aproximadamente 45,000 kilos de dinamita. Se encuentran también enormes tanques que generan y almacenan gas. Al norte, a poca distancia del fuego, se sitúan grandes almacenes de productos químicos, pinturas y combustibles. La catástrofe es inminente…”

García no dudó: o sacaba el tren de allí o la explosión causaría cientos o miles de muertos, y puso manos a la obra.

“Jesús García toma la radical decisión que habrá de perpetuarlo en la historia. Ocupa su lugar en la cabina, empuña la palanca del vapor y ordena a la tripulación que abandone el tren. Una vez al frente de la locomotora, el futuro del pueblo está literalmente en sus manos. El único que lo acompaña es José Romero: el garrotero. El plan de Jesús es simple: lograr que la locomotora alcance el nivel más alto inmediato (del terreno) y saltar, dejando que la máquina siga la pendiente lejos del pueblo hasta hacer explosión. Una vez en camino, y en plena cuesta arriba, le pide a Romero que abandone el tren”.

Romero obedeció y no sólo se salvó sino que se convirtió en un valioso testigo que pudo narrar de primerísima mano un hecho sin comparación. A declaraciones suyas se debe el conocimiento de la sin igual determinación que puso en juego Jesús en aquellos momentos singulares y angustiosos. Volvamos al escrito de Vázquez Montaño e Ibarra Quijada:

“Las 2:20 pm. Desde el kilómetro seis del camino a Pilares, tres detonaciones consecutivas sacuden la tierra. Una enorme nube negra se disipa por los aires lanzando consigo fierros, tallas, vías y demás objetos que caen en los techos de las casas. Las góndolas que cargaban la dinamita desaparecen por completo y la máquina yace despedazada en un enorme cráter. La explosión es tan fuerte que los vidrios de los edificios más cercanos estallan en pedazos. El estallido se escucha a 16 kilómetros del lugar. El pánico colectivo se apodera de los moradores, quienes asustados buscan refugio en los lugares más cercanos. En el pueblo nadie sabe con exactitud lo que sucede. Cuando las cosas se calman, la gente recupera el sentido y se percata de la situación. El comisario José B. Terán llega con un piquete de policías al lugar de los hechos. Hay varios muertos y algunos heridos. El cuerpo de Jesús García se encontró a una distancia de veinte pies, quemado y destrozado de tal manera que era casi imposible reconocerlo”.

Mucho se ha hablado y escrito después de ese acontecimiento, y no voy a ser yo quien agregue algo distinto. Nada puedo agregar para hacer más grande y sublime el acto protagonizado por Jesús García, “El Héroe de Nacozari”. Pero eso sí, aunque al comenzar esta nota dije lo contrario, no tengo duda, y no la he tenido desde que conocí la historia de Jesús García, de qué y quién es un héroe verdadero.

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Luis Manuel Ortiz

Luis Manuel Ortiz: nativo de Caborca, Sonora, México, inició su carrera de periodismo en la Ciudad de México, en la Revista Contenido. Posteriormente trabajó en los periódicos Novedades, El Heraldo de México y El Universal de la capital mexicana. En 1984 y 1988, respectivamente, fundó y dirigió en Phoenix, Arizona, las revistas Unidos y Cambio. En noviembre de 1999 dio comienzo al proyecto de La Voz, como editor fundador. Actualmente es Director Editorial de La Voz y de la revista TV y Más. En octubre de 2006, Luis Manuel Ortiz se convirtió en el primer periodista hispano (e inmigrante latinoamericano) en Arizona en formar parte del Salón de la Fama del periodismo de la “Arizona Newspaper Association”.

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