Miedo de votar

Recuerdo la primera vez que voté en mi vida en una elección general mucho más que las siguientes. Sera por ser la primera, claro. Pero tambien porque fue diferente. Y porque en el futuro, comparé los otros votos a aquel, el de 1973.

Era, creo, diciembre. La guerra había finalizado pocas semanas atrás. Estábamos detrás de unas colinas que nos resguardaban del fuego enemigo, muy cerca del luego famoso kilómetro 101 en la carretera a El Cairo. Para llegar a nuestro emplazamiento se debía manejar por rutas casi intransitables y con una lentitud enloquecedora.

Para igual llegó una cuadrilla de cuatro encargados de las elecciones.

También eran soldados y también chicos de 19, 20 años. Como nosotros.

La votación tuvo lugar en mi carpa personal que estaba a una veintena de metros del resto de la tropa, y que había sido de un oficial enemigo que huyó, dejando a sus soldados – otros tantos muchachitos – abandonados. Cayeron prisioneros.

Desalojé la carpa.

Por la duración de la votación se interrumpieron las tareas militares, que consistían en trabajos de minado. Eramos zapadores.

Mis compañeros se pusieron en fila india. Todos juntos, sin diferencia de rango. Timidamente, debatian las alternativas dle voto. Y votamos por un mejor gobierno, o por nuestros ideales, creencias religiosas, por nuestras esperanzas que fluctuaban desde salir vivos de esa hasta…

Votamos por nuestras esperanzas.

Así votaron el miércoles, y luego el sábado, las madres de alumnos en 30 escuelas del Distrito Escolar de Los Angeles. Votaron por el futuro de sus chicos. Votaron para redimirse como personas con dignidad.

Porque la dignidad, se la sacaron cuando les llaman seres ilegales.

Son indocumentadas. No pueden votar en ninguna otra elección. Igual, jamás votaron en su vida en sus países de origen: México. El Salvador. Guatemala.

Pero en la escuela intermedia Belvedere de mi barrio en el Este de Los Angeles, sobre la calle Cesar Chávez, sí pudieron votar. Ah, como todos. Las madres de los alumnos se alineaban, una tras otra, esperando su turno para recomendar a la junta directiva del distrito escolar qué futuro quieren para la escuela Esteban Torres (en sus cinco divisiones) que abrirá este año.

A su derecha, otra línea, la de los alumnos. También ellos pueden votar.

Y una tercera línea, la de los docentes y “la comunidad”. Allí fue donde voté yo.

Las madres de la Esteban Torres estaban festejando, porque eso fue una fiesta. A la entrada repartían volantes apoyando a tal o cual opción. Explicaban. Aprendían. Discutían.

Las madres de la Esteban Torres ese día, esta semana, sintieron la emoción de un día especial.

Un dia de tregua, en el que se detiene el fragor de la batalla y las dificultades de la cotidianidad y se dedican a la cosa pública.

Como el otro día de votación, el de allá lejos y hace tiempo.

1 Comment

  1. Esas breves anécdotas personales son más valiosas que ensayos de cien páginas. Muy bien logrado, Lerner. Muy bien.

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