Michael Jackson: homicidio de guante blanco

Al final, sí fue homicidio. Se mencionó en estas páginas el 9 de julio.

No se murió de repente, ni de pena, y tampoco fue casualidad. Por fin y exactamente dos meses después de muerto, podemos ponermos a recoger las hilachas de información, mezclar las declaraciones de una familia enfermiza y codiciosa con los comunicados de una investigación asustada de su propia sombra y comenzar a saber cómo murió Michael Jackson. Aquí está.

No que sea la gran sorpresa. Un millón de periodistas, profesionales y los de mentirita, se dedicaron a magnificar en este medio, el digital, cada palabra, cada posibilidad, incluyendo la que cree –y lo dijo un colega juicioso– que el ex juglar se hizo la eutanasia y la otra que jura que sigue vivo en algún emirato. Vivo, como Elvis Presley.

Quizás se basen, estos últimos, en lo que me dijo el otro día mi amigo Stanley: admiradoras no tengo, pero sí acreedores. Jackson tenía de los dos.

Murió Jackson, dijo la oficina del forense, dice la declaración jurada del policía, por una sobredosis de propofol, también conocido como Diprivan, un anestésico usado en hospitales, prohibido fuera de ellos, y que Conrad Murray, el médico personal de Jackson le dio para que durmiese.

Una de las características del propofol es que requiere la presencia constante de un médico mientras duran sus efectos, porque éstos pueden incluir cese de la respiración. Pero según lo dicho por el mismo Murray, él salió, y si entró a la habitación de Jackson fue “por casualidad”.

El informe está incluido en la declaración jurada de Orlando Martínez, un detective de la división homicidios del departamento de Policía de aquí, en Los Angeles, que se redactó el mes pasado al pedirse autorización judicial para allanar, el 22 de julio, la vivienda y depósito que Murray tiene en Houston, Texas. El texto detalla los pormenores de los últimos momentos de Jackson y lo que sucedió poco después.

Murray suministró al artista la dosis letal después de que éste pasara toda la noche en vela. Se retiró a sus propios aposentos y al volver a la habitación encontró al hombre sin vida. Pasó más de media hora hasta que alguien –un miembro del personal de servicio- llamó a las autoridades. Cuando llegaron, Murray ya se había ido. Cuando lo encontraron, llevaba pegado un abogado.

La excusa que dió Murray por no llamar a la policía era que desconocía la dirección de la mansión, por lo que no hubiese podido asistir a los agentes en hallarla. Debería pensar en algo mejor, ahora que quizás se le venga encima una acusación.

En la declaración hecha pública por su abogado Ed Chernoff, Murray explica que durante toda la noche fue suministrando a Jackson potentes somníferos, algunos de ellos vía intravenosa, y el hombre sin dormir, hasta que a las 10:40 de la mañana le dio la dosis letal, encima de: Valium a la 01:30; lorazepam intravenoso a las 2 de la mañana, midazolam una hora después, etc., etc.

Este caso macabro y amarillista sube el telón –unos milímetros nada más– que cubre el espantoso mundo del abuso de los fármacos. La medicación intensiva y permanente se ha convertido en acompañante inseparable de la gente sana o con dolencias leves, como Jackson. Como nosotros.

Pastillas para dormir y otras para despertarse. Para no comer y para despertar el apetito. Para el apetito sexual. Pero esas son las electivas, las que se compran “por encima del mostrador” de la farmacia, como por aquí se dice. Las que se toman y se dejan.

Parecería que el objetivo de los nuevos remedios dejó de ser curar una enfermedad.

En lugar de ello, los nuevos medicamentos –cuyo desarrollo puede llegar a costar más de mil millones de dólares– parecen dirigidos a mantener las enfermedades y condiciones “bajo control”.

Es decir, en lugar de tomar un remedio, curarse, y olvidarse de la pastilla, se la debe tomar todos los días. Treinta por mes, o más, por cada condición: alta presión arterial, exceso de colesterol, funcionamiento de la tiroides, tristeza. Millones de pastillas para todo el mundo, y las farmacéuticas son más felices.

El tema da para largo. Pero lo de la tristeza nos devuelve a Michael Jackson. Y lo hago para hacer un pequeño petitorio a quien tenga la autoridad: por favor, entiérrenlo de una vez. Dénle sepultura. Y cuando lo hagan, guarden silencio.

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