México a lo lejos: Una historia de dos

Cruzarían a las tres de la tarde, a plena luz, agobiados por el aplastante sol del desierto de Sonora. Mientras tanto tenían un par de horas para descansar y comer lo que habían comprado en uno de los “changarros” de aquel pueblo polvoriento. Abelardo entonces tendría, me lo dice entornando los ojos, como nueve o diez años, y no entendía aún de que se trataba todo eso de echarse a andar y dejar la casa de los abuelos para irse a vivir a otro país. ¿Qué es un país para una criatura?

Cruzarían de la mano de un “coyote” sin nombre, un hombre sucio que hablaba dando gritos y hacía bromas siempre y que se reía mostrando una dentadura arruinada. Abelardo ya no es aquel niño que fue y que tuvo que caminar más de lo que hubiera podido cualquier niño de su edad, atado a su madre por la mano o aferrándose él solito al pantalón de mezclilla o a aquella bolsa roja de la que su madre, Ofelia, sacaba de vez en cuando una botellita de agua tibia para mojarle los labios. “Ya vamos a llegar”, dice Abelardo que le mentía ella todo el tiempo, todo porque ese perverso desierto se abría interminable y el sol caía sobre el mundo como mensajero de la muerte.

Abelardo es ahora un hombre joven, pero no olvida todo lo que ha tenido que pasar para llegar hasta donde está. Atrás quedó Guanajuato, lugar donde nació; atrás también quedó el desierto de Sonora, imposible y cruel, por donde entró a corretear las mariposas rojas y azules del sueño americano. Apenas establecidos en la zona de Phoenix, la madre comenzó a trabajar como obrera en una fábrica de ropa, en donde por cierto no duró mucho, pues la competencia con los chinos es, en esos rubros, totalmente imposible. Poco tiempo después se colocó como empleada en un restaurante, lugar en el que haría buenos amigos y dejaría media vista frente al fogón, cocinando arroz y carne de puerco con chile rojo. Durante esos meses el hijo acabaría de acoplarse a un sistema educativo que él sentía muy flojo, me dice, pues todos los demás niños no parecían saber todo lo que él había aprendido en aquella escuela de gobierno encaramada en una loma y la que, por extraño que parezca, entre más se aleja más presente se vuelve en la intimidad de sus pensamientos.

Yo conozco a los dos – a Ofelia y Abelardo –  a la madre y el hijo que se saben peregrinos y luchadores, que en su vida han tenido que superar obstáculos imposibles. Ellos van por la vida juntos, como una pareja de hermanos abandonados en la mitad de un mundo desierto, en una isla sin nadie en la que han tenido que construirlo todo, hacerse una vida a la medida con los pedazos que van arrojando a la basura los dueños de este mundo. Los conocí personalmente en una reunión de latinos en la comunidad universitaria, gente interesada en debatir en torno a los problemas que enfrentamos como parte de la Universidad Estatal de Pensilvania; somos pocos, es verdad, pero el calor y el interés (sin mencionar el alto nivel de conciencia política) que se percibe en estos encuentros es, por decir lo menos, estimulante.

Estoy en un ballroom adosado para el encuentro y en el podio principal una oradora, una mujer obesa y entusiasta, toma el micrófono con ambas manos, como esos baladistas latinoamericanos de los años setenta que cerraban los ojos en el climax de su interpretación: la mujer habla de derechos, de sueños y de la “fuerza que somos y que seremos siempre en este país”. Ellos están en una de las primeras filas y él, como que conoce a la madre, le pasa de vez en cuando la mano por la espalda para confortarla y aliviar un poco el cansancio que siempre provocan estos largos encuentros. Los veo y los espero, sé que no pasará mucho tiempo antes de que pueda estrechar sus manos.

Soy yo quien se acerca en el descanso. La madre espera en la silla, tiene un folder en las manos y muchos folletos promocionales que la universidad les ha entregado a ellos y a otros tantos miles de muchachos que aspiran a un lugar aquí; todos ellos tienen sueños legítimos, es verdad, pero yo creo que Abelardo merecería como nadie que las puertas de la institución se abrieran para él.

-Tú eres, ¿verdad?

-Hola, señor- afirmó el muchacho extendiendo la mano derecha mientras en la otra trataba de equilibrar un vasito de cartón lleno de café con crema vegetal.

-Vamos con tu mamá- le solicité con curiosidad.

A ellos los había conocido en un foro virtual de mexicanos viviendo en Pensilvania. Todo lo que sé de ellos lo supe a distancia. Personalmente no pasaremos más que un par de horas juntos.

 

***

Abandonaron Arizona porque Ofelia encontró en Internet a una prima que trabajaba en Keeneth Square, “la capital mundial del hongo”. Iniciaron entonces una travesía a lo largo de la unión americana; manejaron durante tres días en los que se detenían sólo para dormir, comer o recargar combustible. Todo aquel paisaje les fue llenando el corazón de verde, que dicen los poetas es el color de la esperanza. Sin embargo, al poco de llegar a su destino hubieron de enfrentarse a una realidad no imaginada: la competencia por los puestos de trabajo era feroz y la solidaridad escaseaba. Eso no les importaría, pues estaban preparado para todo: habían cruzado un desierto y dos países.

El tiempo, que destruye, pero que también nos cura, hizo que aquellos dos encontraran nuevamente un espacio para ser y estar en la vida. Las semanas se hicieron pronto meses y años, y Ofelia se olvidó de sus desconfianzas naturales y pudo encontrar nuevamente el amor: Héctor, un paisano de ella que tiene mucho tiempo viviendo en este país, divorciado y amante ferviente de los gallos de pelea. Consumó un matrimonió que le ofrecía compañía, estabilidad personal y legal. Abelardo, me lo dijo con un guiño la madre, no “se ha hecho todavía a la idea”.

En Keneeth Square Abelardo encontró amigos que venían de familias como la suya y que compartían, además, la historia de un viaje fantástico y terrible: el camino hacia el norte. Él seguía los estudios y ahí pudo asistir a clases en una escuela en la que las tres cuartas partes de la población estudiantil eran mexicanos y en donde el español era prácticamente el idioma oficial; había algo más, algo que lo llevó a encontrarse conmigo en aquella cafetería de Penn State University: los muchachos tenían un alto índice de inserción exitosa en la vida universitaria; es decir, para la mayoría de ellos el permanecer en los campos de cultivo simplemente no era una opción.

***

“Mire, allá estaba la cosa ya muy difícil. Mi papá se murió y mis dos hermanos tenían sus propias responsabilidades; sí ayudaban, cuando podían, pero yo tenía que hacer algo: ¿Ni modo que me quedara con los brazos cruzados?” La mujer se siente con la obligación de justificarse ante mí y yo la escucho atentamente, garabateando en mi libreta y observando el silencio respetuoso del hijo que le da sorbos a su café. “Por eso me lo traje pues, para que tuviera una oportunidad mejor en la vida, al menos un chance.” Se detiene y piensa; está calculando muy bien cada una de las palabras que va a decir. Ya le he dicho que lo que hable conmigo no tendrá ningún peso en la decisión que la universidad habrá de tomar. No hace caso y desconfía. Luego sigue hablando: “Él ya ni se acuerda, yo creo; se me hace que todo lo que ve, así como aquí ahorita, le parece que debe de ser, que no nos ha costando tanto”. Ofelia le pide demasiado al hijo, espera que su sacrificio personal no se olvide y que el hijo se reconozca con una deuda moral impagable. Yo no digo nada y observo en el rostro moreno del candidato algunos rastros de infancia, algunas señales de inocencia que todavía se preservan a pesar de la dureza de este mundo.

La mamá me enseña el contenido de aquellas carpetas: las credenciales académicas de Lalo. Nadie podría dejar de ver que su empeño, su capacidad intelectual y su disciplina son más que notables; ha sido un alumno brillante que ha acumulados todos los reconocimientos posibles. Yo les hago saber que el trabajo rinde frutos, que lo que se ha sembrado con esfuerzo habrá de generar una cosecha abundante y algunas otras cosas más que apuntan en el mismo sentido edificante, pero ellos no parecen confiar en la sabiduría de los dichos populares. Me ven como si no comprendieran, como si me observaran desde otro mundo.

Además de mis obligaciones frente a grupo, de investigación y de publicación en medios, me he dado el tiempo (robándoselo al sueño, por supuesto) para ejercer de mentor a muchachos latinos. Es fácil darse cuenta que hay muchos muchachos que desean continuar sus estudios en este país, pero que no han podido hacerlo porque no tienen acceso a la información necesaria; para un inmigrante la información puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Hablo por eso con ellos, despacio, tratando de ser claro para mostrar cuáles son las alternativas para un estudiante como él. Lo mío es abordar lo académico y atajo de inmediato todas las preguntas color verde dólar; pero ellos insisten y quieren, casi como Off the record, que les cuele un poco de información sobre la realidad de los costos, los programas de apoyo y esos asuntos tan delicados como necesarios.

Abandonamos la cafetería y me despido frente a las puertas de la biblioteca, lugar en el que debo recoger algunos materiales de estudio. Prometo estar atento al desenlace del proceso y me doy tiempo para compartir el pan amargo del pesimismo: “Si no pasa nada, pues hay que seguir andando”. Ellos asienten y sin que se diga más nos despedimos con un apretón de manos.

A las semanas recibí un correo del muchacho, sumamente lacónico: “No se hizo”. Yo le respondí de inmediato buscando conocer detalles sobre el rechazo, pero desde entonces no he tenido respuesta; no me preocupa demasiado porque sé muy bien que esos dos están unidos por una fuerza que nace de la convicción humana, del ansia pura de querer alcanzar un estado mejor en esta vida tan difícil, injusta y compleja que nos ha tocado a todos en suerte. Estoy seguro que a esta hora en la que escribo esta historia ellos, en algún lugar, siguen caminando.