Lo que comen nuestros hijos en la escuela

El Distrito Escolar Unificado de Los Angeles en California (LAUSD), con 650,000 alumnos, sirve 1.2 millones de comidas diarias: un desayuno tardío y un almuerzo temprano durante recreos que duran media hora y 45 minutos, respectivamente.

¿Qué comen los chicos?

“A media mañana un minipanqueque, o trocitos de pollo, o mantecada o un burrito con fruta, con leche chocolatada y jugo de fruta”, cuenta mi hijo. Por un dólar.

No está mal.

“Y al mediodía, pizza grasosa, intocable, que se pega a las manos, otro burrito, hot dog, tacos fritos, corn dog (salchicha frita empanizada), una rebanada de pan. Si se termina todo lo demás, un sandwitch de manteca de maní y mermelada de uva. Cada semana y media pollo a la brasa”. A un costado hay manzanas, naranjas y bananas. Todo por un dólar y medio “Pero muy pocos los comen”.

La selección no es sana. Todo lo contrario.

Más allá del sobrepeso, la obesidad es uno de los peores males sociales del país. En Los Angeles es escandaloso. Si en el ámbito nacional el 18% de los adolescentes son obesos, en las zonas cubiertas por el LAUSD llega al 30%. Se triplicó desde 1977. Basta recorrer un barrio como el mío en el Este de Los Angeles para convencerse de que los números quizás les queden chicos a la realidad.

Dicen ahora quienes saben que mucho más que la falta de ejercicio, la obesidad se debe a la mala comida: a las pizzas, hamburguesas, burritos. A las sodas. Una fórmula maldita.

El problema pasa por líneas económicas y étnicas. Aquí en Trántor, el centro de prosperidad del universo, cuanto más pobre se es, más gordo. Entre niños latinos y afroamericanos, el sobrepeso es doble que para los blancos no latinos.

Según una encuesta de febrero 2011 del Instituto Field en San Francisco,  el 68% de los adultos latinos y el 81% de los adultos negros considera la obesidad un problema “muy serio”, comparado con el 54% de los blancos. Y se preocupan por ello más los pobres que los ricos.

Es que igual que el tabaquismo juvenil, la obesidad mata. Acorta la vida entre 3 y 20 años . Es una antesala para males crónicos como la diabetes, alto colesterol y enfermedades cardiacas. Y el prolegómeno de una vida social desastrosa.

En cambio, cocinar con ingredientes frescos salva vidas.

Se trata de una cuestion de vida o muerte para nuestra juventud.

Entre los adalides de la buena alimentación, el inglés Jamie Oliver sobresale por su empeño en llevar la batalla a los campus escolares de Estados Unidos y por hacerlo mediante un programa mediático, “Food Revolution”, que atrae a millones de televidentes.

Hace poco más de un mes, a Oliver, ‘celebridad’ del espectáculo culinario internacional, lo expulsaron de la escuela.

Fue poco después de que el LAUSD había rechazado el pedido de Oliver de cooperar en su plan de revolucionar la nutrición escolar. Mientras que en el primer año de su programa, se enfocó en un distrito escolar que si bien tenía la mayor proporción de obesidad de la nación, era pequeño, con 12.000 alumnos, en el segundo ciclo se propuso dar un golpe histórico y atraer la atención hacia Los Angeles.

Aunque se lo habían negado, Oliver igual inició filmaciones en la secundaria West Adams en el sur de Los Angeles, que es semiindependiente y está administrada por una organización sin fines de lucro. West Adams lo hacía por buena razón: la mitad de sus alumnos son obesos.

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Pero cuando el distrito escolar se enteró, echó a Oliver y su equipo de filmación. ¿Por qué?

“Nos interesa el activista culinario, no la estrella de TV”, dijo el portavoz Robert Alaniz a un medio de internet. “Lo invitamos a trabajar con nuestro comité de menús, pero hay demasiado drama y conflicto con su ‘reality show’.

El mismo Oliver dijo en una entrevista: “Mi permiso de filmar [en las escuelas] fue cancelado porque no puedo prometer que LAUSD se vea bien en el programa”.

El LAUSD se considera a sí mismo al frente de la nación en los esfuerzos para mejorar la comida escolar. Han erradicado las sodas en las escuelas. En 2012 van a prohibir las pizzas. Van adelante.

Quizás, como sugiere Oliver, temían que se crease una percepción contraria a esa verdad, o que peor aún,  los culpasen por la situación imperante.

Pero no se trata de su prestigio, sino de nuestros hijos.

Oliver había recibido en 2010 el premio TED – una suma inicial de 100,000 dólares, para “establecer una organización que cree un movimiento popular para inspirar a la gente a cambiar su manera de comer… estableciendo una red de comedores comunitarios, lanzando un teatro culinario móvil y llevando a millones de personas en internet a la lucha contra la obesidad”. Como consecuencia del lanzamiento de la campaña, recibió donativos privados por más de un millón de dólares. Diseñó e hizo fabricar un gigantesco camión instalado con cocinas, aulas y todo lo necesario para recorrer el país impartiendo sus ideas.

En el sitio de internet así establecido se puede leer y firmar un petitorio dirigido al gobierno federal. Casi 700 mil lo han hecho hasta ahora, rubricando que “hay demasiada comida procesada en las escuelas, que no les da [a los alumnos] la nutrición de calidad que merecen. Las propuestas agregarán más fruta y verdura fresca, lácteos con poca grasa, menos sodio, grasa saturadas y calorías y papas solamente una vez a la semana”.

No se trata de un esfuerzo aislado.

Desde el año pasado, la administración Obama a través de la secreataría de Agricultura (USDA) está tratando de avanzar – por primera vez en 15 años y contra una enorme gama de intereses creados – una reforma alimenticia en las escuelas, para “incrementar la disponibilidad de frutas, verduras, granos enteros y leche desgrasada y de poca grasa en las comidas escolares y reducir los niveles de sodio y grasas saturadas en las comidas”, como dice en una serie de propuestas de enero de este año.

La semana pasada, el ministro de Agricultura Tom Vilsack anunció una expansión del plan y adjudicó casi 100 millones de dólares en total – para su implementación, por estado.

La principal portavoz del operativo es la esposa del presidente, Michelle Obama, a quienes extremistas denigraron y mostraron su ignorancia cuando llevaron masas dulces a las escuelas en contraposición a las verduras y las frutas. Esta parte de la oposición al plan cobró ribetes de noveleta cuando se le criticó a de querer “restringir nuestra libertad”.

Lo que nos retrotrae a Oliver y su programa, y su expulsión por funcionarios de la escuela.

Un programa de audiencia millonaria como el de Oliver, aunque reflejara las carencias del sistema, hubiera avanzado años luz la implementación de los cambios que el mismo LAUSD propone.

Porque si en algo difiere Oliver de otros tantos dispuestos a ayudar a la causa, desde cocineros a amas de casa, es precisamente su ‘reality show’. El hecho que lo vean millones en todo el mundo. De esa manera puede sentar precedente, determinar valores, crear opinión pública, esta vez en favor de la vida.

El alejamiento de Oliver aún un mes después de ocurrido, es difícil de comprender para muchos.

Especialmente, para padres de familia que tienen uno o más niños en el sistema de LAUSD.

Como quien firma.

En pocos días se inaugurará la segunda temporada de Food Revolution. Nuestros niños deben estar allí. Para su bien.

 

 

 

2 Comments

  1. Tiempo de gaseosas y hamburguesas. En Chile, los intentos por legislar contra la comida chatarra en los colegios nunca han prosperado. El poder de la megaindustria de la camida-basura es enorme. Pero ya vamos ganando pequeñas batallas. El problema es que a continuación tropezamos con los transgénicos presentes en casi toda la cadena alimenticia actual.

    Saludos estimado Gabriel.

  2. El carbohidrato es también el combustible predilecto de los pobres en América Latina. A mayor pobreza, a mayor marginación, mayor es la obesidad. Lo poco que se tiene se gasta en alimentos que contengan muchas calorías y grasas, porque pocos pueden tener la completa seguridad de poder comer al día siguiente. Recientes teorías, aún en desarrollo, hablan de una cultura de la sobrevivencia que se traspasa en los genes, y donde el hambre va adherido como un temor ancestral que oblicúa el comportamiento de cada nueva generación.

    Un artículo muy contigente respecto a un creciente problema mundial.

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