Las relaciones intergenéricas en Roma


La estructuración de la vida social debe gran parte de sus fundamentos a las estructuras políticas de culturas como la griega y la romana, tanto la normatividad como las costumbres de entonces se han perpetuado en Occidente y en nuestro país, por lo que vale la pena analizar algunas de ellas con visión crítica y diacrónica. Por mencionar un ejemplo, el derecho civil mexicano tiene una considerable influencia del Derecho Romano y los presupuestos de entonces sobre las relaciones entre hombres y mujeres se siguen reflejando de alguna manera en nuestro sistema jurídico actual, en lo que concierne a la relación entre personas, familia, bienes, sucesiones, obligaciones y contratos.

Es muy complejo hablar sobre temas históricos de manera universal. Sin embargo, extraeremos algunos datos que nos permitirán reflexionar sobre algunas perspectivas sobre lo femenino y lo masculino reflejados en ciertos sucesos históricos, para confrontar aquella realidad con la nuestra.

En las sociedades occidentales contemporáneas aún existe una tendencia a extender en el ámbito sociopolítico el modelo de los antiguos, especialmente el de la Grecia clásica. Para los griegos de aquella época el basamento de la vida política eran las “polis autónomas” o ciudades estado, que simbolizaban libertad de los ciudadanos a través del ejercicio colectivo de la soberanía, desarrollados fundamentalmente en tres aspectos:

  • Deliberar en la plaza pública sobre la guerra y la paz,
  • Concluir con los extranjeros tratados de alianza,
  • Votar las leyes, pronunciar las sentencias, examinar las cuentas, los actos, las gestiones de los magistrados, etcétera.

Dicha promoción de la “libertad de los antiguos” fue muy destacada por su capacidad de potenciar la discusión pública y el protagonismo de la ciudadanía en los asuntos de la polis. Sin embargo tenía “la limitación de estar reservada a los paterfamilias, es decir, a los ciudadanos varones, adultos y dotados de propiedades” (Ballesteros).

Las mujeres no fueron las únicas excluidas de los privilegios que gozaban los ciudadanos libres. Situación semejante padecían los esclavos, quienes en su mayoría eran extranjeros. A veces se les refería como res (cosa) y no como personas. Sabemos que la inequidad no sólo se establece en las relaciones de género, sino que también consiste en no reconocer la dignidad de otras personas por su condición de clase o de raza.

Roma

Es difícil hacer afirmaciones sobre Roma en términos generales, porque el Imperio Romano duró cinco siglos y como toda cultura, tuvo situaciones cambiantes en diversas épocas. Tampoco podemos olvidar que Roma otorgaba la ciudadanía a los países que eran conquistados, por ejemplo, la misma Grecia (148 a.C.).  Ciertamente, durante todos esos siglos se fue consolidando una legislación que regulaba las relaciones entre hombres y mujeres, específicamente la organización familiar y el matrimonio.

Algunos conceptos básicos del Derecho Romano: la familia era considerada como el conjunto de personas que integraban una domus (casa) y que se encontraban bajo la potestas (potestad) de un jefe único, el paterfamilias (cabeza de familia). El jefe debía ser un varón libre, del cual dependían la mujer, los hijos e hijas de la familia y los esclavos o esclavas.

El matrimonio se concebía como la unión de hombre y mujer con la intención de vivir como marido y mujer. La ceremonia nupcial tenía un gesto simbólico que manifiesta el dominio que ejercía el hombre sobre la mujer: “al llegar el cortejo a la casa del novio se detiene y para que la joven entrara en la domus, solía simularse un rapto, de tal suerte que el novio la levantaba en brazos, sin que los pies de ella tocaran el umbral de la casa” (Padilla). El concepto de matrimonio no era aplicable a la mujer, sino sólo al hombre casado, “que adquiere a la mujer una mater para su casa”.

Una vez casadas, las romanas eran llamadas “matronas” y se consideraban  dueñas de sus casas. Aunque su papel era subordinado al de sus maridos, las romanas podían salir a hacer compras, además acompañaban a sus maridos en los banquetes y recepciones. En el ámbito sociopolítico, a la mujer romana “se le cede el paso en la calle, nadie puede tocarla ni citarla a justicia. Puede intervenir como demandante o como testigo en las causas criminales y asiste a los espectáculos pœblicos” (Cantudo).

La edad mínima permitida para casarse eran de 12 años para las mujeres y 14 para los varones. Ambos contrayentes debían contar con el consentimiento de los paterfamilias, en el caso de las mujeres era fundamental hacerlo con quien tuviera la patria potestad sobre ellas. Una vez casadas, las mujeres dejaban de estar bajo la potestad del paterfamilias, para estar bajo la potestad de sus maridos. Las romanas debían aportar una dote al casarse, para ayudar con las cargas del matrimonio. La dote pasaba a ser propiedad del marido, pero ella podía recuperarla en caso de divorcio.

Con el paso del tiempo, se fueron introduciendo prácticas que dieron mayor paridad entre marido y esposa, ”lo que representaba una igualdad en este campo sin precedentes en la historia antigua” (Cantudo).

Las mujeres en peores condiciones eran las esclavas, quienes eran consideradas como “objeto” y no como “sujeto” de derecho, tenían los peores trabajos pero además la obligación de complacer a sus dueños en relaciones extramaritales.

Mientras los hombres dejaban de estar bajo tutela a partir de los 14 años, las mujeres difícilmente dejaban de estarlo, aunque esta situación cambió con el tiempo y en la época de Diocleciano perdió vigencia (III d.C). Lo que más llama la atención es el fundamento con el cual se justificaba que las mujeres estuvieran bajo tutela: se hablaba de la mujer como “débil de carácter” o imbecillibus mentis: la traducción literal es “mente imbécil” (Valerio Máximo); “imbecilidad” o imbecillitas (Séneca); Cicerón habla de infirmitas consilio “ligereza de juicio”, aunque paradójicamente Terencia –la esposa de Cicerón- era una mujer autosuficiente que administraba su patrimonio con independencia.

La emancipación de las romanas se fue dando paulatinamente, sobre todo en las mujeres de alta alcurnia. Se sabe que varias de ellas tuvieron un destacado protagonismo en  los asuntos políticos, entre ellas Livia fue de las más famosas aunque pasó a la historia con etiquetas estereotipadas negativamente como “femeninas”, por el hecho de haber tomado parte de manera “velada” en los asuntos políticos de Augusto y de su hijo Tiberio, según puede observarse: “conocida por sus intrigas palaciegas y por ser, segœn se dice, la que movió los hilos del Imperio durante el gobierno de su marido, no en vano Calígula la llamó “Ulises, vestido de mujer”.

Por su parte, Atia –madre de César Augusto y Octavia– fue considerada por Tácito el modelo de virtud y como una ejemplar matrona romana. Sin embargo, en la serie “Roma” de HBO es caracterizada como una mujer dominante, agresiva y perversa, tal como puede verse en el siguiente video en el cual discute con Livia sobre quién debe ir en primer lugar en el cortejo:

Video Youtube: Atia versus Livia

Otras romanas destacaron en el ámbito de la literatura: Perila, Pola Argentaria, quien fue esposa de Lucano; Agripina, la madre de Nerón que influyó para que su hijo ascendiera al trono y dejó escritos sus recuerdos; Sulpicia, que aparece mencionada por Tíbulo el poeta y Hostia, la amante de Propercio que fue comparada con Safo.


1 Comment

  1. Me remites por fuerza a otros estadios históricos, pienso yo, no demasiado revisados: las investigaciones de Jakob Bachofen sobre matriarcado o ginecocracia, o las de Robert Graves —con su ‘Diosa blanca’— en épocas remotas y preliminares al surgimiento de las “grandes civilizaciones”. Donde al parecer existía todavía un fuerte vínculo entre humanidad y naturaleza, más aún, una integración medianamente equilibrada con el cosmos. Probablemente ya lo hayas abordado en otras columnas anteriores, pero no puedo dejar de observarlo como necesario, pues genera un contrapeso de recuperación sobre aspectos distintos a los dominantes. Me parece, por otro lado, que el modelo de “patriarcado” actual, aparte de estar agotado, requiere con urgencia de tales contrapesos.

    En verdad tienes razón cuando dices que mucho de lo que somos hoy tiene sus raíces en estas leyes y formas de cotidianidad tan antiguas, pero creo que un cambio de paradigma cultural sólo requiere de la difusión adecuada y extensa de otras ideas. Aunque nunca se deja de lesionar diversos intereses ideológicos, políticos y culturales, vale la pena avanzar sobre la actualización de cada paradigma. Las ideas y las formas cotidianas deben responder a la actualidad de la vida.

    Por último, no puedo dejar de recordar ciertos fragmentos que publicó Aurelio Asiain en el número uno de la revista “(paréntesis)”, de la investigación y compilación que realizó Pascal Quignard en torno a unas tablillas de Boj escritas, a manera de diario, por una patricia romana llamada Apronenia Avitia. Quedé fascinado con tales textos y sin duda habrá más de lo que mi entendimiento e imaginación alcanzan a comprender.

    Saludos

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