La vuelta a Manhattan en 365 días: una culona en el penthouse

Día 14

Allí está Nadia, aburrida de mirar las novelas del canal 47, de leer El Diario La Prensa y, de tratar de decifrar el Daily News, descifrando alguna que otra palabra en las hojas enormes del New York Times.

No. No es una mujer de la calle que mata Pedro Navaja en la canción de Rubén. Tampoco la del periódico del olvido que canta el guajiro Hector Lavoe. No es la que llorará en la penosa salsa de Willie Colón.

Es la niñera culona que trabaja en el décimo piso de 1090 de Park Avenue, la niñera con nariz respingona y cuero canela. Pero no es Gabriela. Nadia es la que viste y calza, entrada en carnes en las caderas cuya mínima cintura mira el botones de ascensores, un serbio que se mete las manos al bolsillo y se soba el pene cada vez que ella, Nadia, sube sobando el lomo de Candy, la chihuahua de la familia la cual, oh suerte, le toca a la fiel niñera cuidar cada verano que su patrona se queda en los Hamptons.

Allí está ella, housesitter, penthouse vacío, 30 años,  frescosa con patrones vacacionando en los Hamptons y sus respectivos hijos en el campamento francés en las playas de Niza, sentada en el sillón de cuero, hojea que hojea, busca que busca.

Quien busca obvio, encuentra.

Nadia abre la computadora del hijo de la patrona. Entra en Internet. Coloca un aviso en Craigslist. “Mulher souteira, brazileira du vacacioneis in un apatameunto de Park Avenue busca acompaneunte”, escribe en un portugués de dudosa calaña, aprendido en la novela Doña Beija.

Elige, acto seguido entre una lista interminable de especies que envían fotos de cuerpo entero y de presas erectas.

Selecciona a uno fornido, con tatuajes en los muslos y pinta de galán de Televisa  híbrido, mitad Andrés García y mitad Javier Solís. Le escribe en un inglés dudoso su teléfono. Concertan: un bar de la esquina, Arriba Arriba, dice él.

Se encuentran en veinte minutos.

El pide dos caipirinhas para impresionarla. Ella sonríe y abre la blusa que le ha pedido prestada sin preguntarle a la patrona. Se llama Sonia, le dice, Sonia Nascemento Braga. Es brasileira y está de vacaciones, cuenta en aspavientos. No entiende cómo se llama él. Beben, se tocan, bailan suave, él, erecto, la siente mojada, riendo y paga la cuenta.

Toman un taxi, se besan y se palpan mientras el conductor bangladeshi los espía por el espejo retrovisor. Pide parar a la volta del edificio “hay preublemas co la porta do delante”, dice Nascimento Braga. Entre abrazos y apretujones, agarradas de culo y apretones de cierre lo sube por la puerta de atrás.

En diez minutos, desnudos los encuentra el portero serbio dentro del penthouse.  Los ha mirado por la cámara. Ha pedido relevo. El con las manos en su enorme culo. Ella sobándole la nuca. El serbio se saca los pantalones y a través de muecas gesticula en inglés-español y serbio. Promete guardar silencio, dice,  si lo invitan a jugar.

1 Comment

  1. muy bien construído este relato, los personajes eficazmente esbozados a trazos rotundos como hizo Valle Inclán en Tirano Banderas, el efecto total es de erotismo

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