La vuelta a Manhattan en 365 Días: Rivera y Flexer

Pedro Rivera, dependiente de una tienda de artículos electrónicos, es un guajiro transplantado. También es diabético, alcoholico, con cirrósis hepática casado en terceras nupcias con una mujer que se arrancó con papeles al día siguiente de la entrevista con la migra. Vive con Helen Flexer, casada por segunda vez, también separada a la mala, con diagnóstico oficial de hipocondríaca, histérica y bipolar que se gana la vida como heredera de su padre y artista ocasional.

Hace 28 años que viven juntos y hace 27 que terminaron su relación.

Se juntaron por casualidad en un bar que ya no existe. Borrachos de profesión, domicilio y ganas. Fue durante los setenta, cuando la gente se juntaba sin entrevistas largas y el sida todavía no hacía estragos.

Hicieron el amor a lo hippie, sin condón. Durante la primera semana él fue trayendo su ropa de Brooklyn. La segunda quedó instalado con lo poco que tenía, con Helen Flexer en el departamento de renta controlada que le dejó, tras irse a la casa de reposo su madre. Un día, Rivera dejó su departamento, le dijo adiós al trajín del tren F. Bien. Todo cerca, el sexo y el trabajo.

Tras terminar la relación por mutua infidelidad, Helen y Pedro trataron de separarse fisicamente. Pero la urbe se las ganó.

Helen salvó a Rivera en un atraco en la  2nd Avenue y le pidió que no se mudara porque necesitaba cuidados. Después Pedro Rivera le dijo que era mejor que no viviera sola cuando diagnosticaron a Helen en los noventa, de bipolar.  Ninguno de los dos echó tientas a otro destino.  Difícil hazaña,  con un departamento de un cuarto en 34th Street, como dijo alguien por ahí,  en las entrañas mismas del animal.

Un día muere Helen Flexer de un ataque al corazón. Pedro llama a emergencia. Como no es el marido, una asistente social tramita el entierro. Pedro pide permiso en el trabajo. La acompaña a la morgue,  la viste, la maquilla, la lleva al crematorio. Llama a las tres amigas que le quedan vivas y esa noche los cuatro cenan en el restaurante favorito de Helen. Ahí van las cenizas de Helen, dirigiendose en un sarcófago escogido por Rivera que sabía su gusto,  a un panteón familiar de Nueva Jersey. Pedro camina de negro con un mini séquito de tres ocupando el lugar del marido que no fue. Cuando le preguntan si quiere compartir la tumba de su esposa que no es, piensa en el epitafio “Aquí yacen Helen Flexer y Carlos Rivera,  compañeros de cualto”.