La ruta prometida: el camino del inmigrante

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SiluetasCuando esto era de España el Camino Real conectaba veintiún misiones, cuatro presidios y pueblos de Sonoma a San Diego.
Antes de los Freeways, en Santa Mónica iniciaba la “histórica” Ruta 66 que unía Los Angeles con Chicago.
Hay una ruta más, sendero sin nombre, jamás inaugurado, designado o preservado y que existe solamente en las huellas de quienes lo recorren.
Es el derrotero de los inmigrantes ilegales de México a Estados Unidos. La ruta prometida.
La senda puede comenzar en Centroamérica y recorrer la república mexicana en un zigzag frenético de vías ferroviarias y caminos sin asfalto. O simplemente empezar al otro lado de la frontera, en los centros del cruce: Mexicali o Tijuana, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo.
Fluye al Norte. El objetivo, la desembocadura, es Los Angeles, a un delta que extiende sus brazos desde las ciudades del este como Bell Gardens y South Gate y la misma metrópoli angelina, a Pacoima en el Valle de San Fernando. Puede alejarse más al norte, a Fresno u Oakland.
El flujo de la ruta del inmigrante está disminuyendo.
La inmigración indocumentada ha menguado desde que estalló la crisis económica. En el año fiscal 2008 la Patrulla Fronteriza contabilizó 723,825 detenciones de sin papeles, 17% menos que en 2007. Es el nivel más bajo desde 1980.
De sur a norte corre la gente; de norte a sur, el dinero. Las remesas que envían los trabajadores a sus familias, en el carril contrario de la ruta del inmigrante, también han mermado: de este mayo al anterior, en 18%, de $2,190 millones a $1,790 millones. En promedio caerán este año en 15%. Malas noticias para las economías del Sur.
El porcentaje de mexicanos que envían dinero a sus casas disminuyó de 71% a 64% en los grandes estados.
Pero la ruta está allí. La matizan un muro y cámaras y sensores electrónicos, retenes en las carreteras, centros de detención a orillas de las ciudades, redadas masivas en sitios de trabajo.
Y todavía es concurrida: casi tres cuartos de millón, sólo entre quienes fracasaron en su intento de cruce.
Porque al otro lado también hay crisis, desocupación, hambre, desesperación y violencia incontrolable.
De este, empleos simples, de jornaleros en el Home Depot; de jardineros o mucamas en casas ajenas. De operarios de limpieza. Por lo que los estadounidenses no quieren o no pueden, los inmigrantes compiten.
Cuento esto porque, aunque postergado dos veces por el presidente Obama, tarde o tremprano, en una semana o dos, se está por reiniciar el debate migratorio nacional en Washington.
En breve se plantearán otra vez como falsas disyuntivas la seguridad y la compasión.
Los reflectores mediáticos iluminarán la ruta prometida, la que desemboca en Los Angeles. Algunos querrán clausurarla; otros protegerla. Un gobernador querrá cortar de cuajo fondos que auxilian a inmigrantes. Correrán los discursos.
Y un hombre llamado Alberto, o Juan, completará un viaje desde el DF que pasó por Tijuana, Agua Prieta, Las Vegas y Bakersfield, y golpeará fatigado a la puerta de una casa en Chino, California donde le abrirán la puerta.