La obesidad es también culpa del cerebro

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Los deseos de comer no solo son un antojo de su estómago: se inician en su cerebro. La sospecha cada vez más se convierte en una realidad palpable: el aumento de peso en los seres humanos está vinculado a este órgano del sistema nervioso, y varias son las investigaciones que han revelado el papel que desempeña en la obesidad.

La nutricionista Guadalupe Argueta, de la clínica Nutrition Works, explica que en el cerebro se encuentran los reguladores del apetito, el humor y el sueño, entre otros. Parte de su labor es realizada por la glándula endocrina: hipotálamo. Esta segrega neurotransmisores, entre los que se encuentran la serotonina.

“Este neurotransmisor, que sido estudiado por años, tiene una especial intervención en la regulación del apetito, porque controla el hambre y la saciedad”, destaca la nutricionista.

Argueta detalla que cuando una persona padece de obesidad, los niveles de serotonina suelen disminuir, por lo que también disminuye la sensación de saciedad. El fenómeno despierta el deseo de incrementar la ingesta de alimentos, y esto a su vez provoca la subida descontrolada de peso.

Científicos estadounidenses que han investigado el efecto que tiene la serotonina en el metabolismo de los gusanos y el ser humano, descubrieron, también ellos, que la obesidad o delgadez no sólo son el resultado de los hábitos alimenticios de una persona.

Un estudio publicado en 2008 por el doctor Kaveh Ashrafi, profesor de la Cátedra de Fisiología y Diabetes de la Universidad de California en San Francisco (UCSF), detalla que la serotonina juega un papel importante en la pérdida o acumulación de la grasa.

La investigación de Ashrafi encontró que cuando existe en el cuerpo una alta concentración de este neurotransmisor, el organismo pierde grasa, mientras que si se presenta un descenso de la serotonina aumenta la cantidad de lípidos.

Sin embargo, los científicos han descubierto diferencias del efecto de ese neurotransmisor al comparar los gusanos con los humanos. Por ejemplo, cuando el nivel de serotonina es alto, los gusanos comen más mientras que en el hombre se disminuye el deseo por la ingesta de alimentos.

Los investigadores también han encontrado que la serotonina trabaja en dos vías moleculares independientes. En una, controla los niveles de grasa y en la otra la conducta alimenticia.

Ashrafi afirma que por el momento, las terapias se centran en el comportamiento alimenticio, lo cual considera importante, pero que ello “es sólo una parte de la historia”, porque existe una interacción entre los alimentos y los procesos químicos de nuestro organismo.

La teoría de la conexión de mente y estómago se ha convertido en un tema de debate entre los investigadores, incentivando a nuevas ideas sobre cómo resistir los atracones para no subir de peso.

Por el momento, la ciencia ha determinado que la serotonina regula el apetito mediante la saciedad, equilibra el deseo sexual y controla la temperatura del cuerpo, la actividad motora y las funciones perceptivas y cognitivas. Se continúa investigando hasta que nivel la serotonina interviene en otros neurotransmisores como la dopamina y la noradrenalina, que están relacionados con la angustia, la ansiedad, el miedo, la agresividad y los problemas alimenticios.

La nutricionista Argueta aconseja que para incrementar los niveles de serotonina se recomienda mantenerse activo, realizando al menos 30 minutos de ejercicio al día. El objetivo es mejorar el control del hambre, el sueño y el estado de ánimo, así como quemar algunas calorías para ayudar al estado nutricional.