Jorge Luis Borges, el mito

El 14 de junio de 1986, hace 25 años, moría en Ginebra, Suiza, el escritor argentino Jorge Luis Borges, uno de los autores más destacados de la literatura del siglo XX. Publicó ensayos breves, cuentos y poemas. Su obra, fundamental en la literatura y en el pensamiento humano, ha sido objeto de minuciosos análisis y de múltiples interpretaciones, trascendiendo cualquier clasificación.

En 1975 Jorge Luis Borges nos invito a su piso en pleno centro de Buenos Aires para conversar sobre Cabalá (conversar es un decir, porque él hablaba y nosotros escuchábamos y aprendíamos). En pocos meses nos revelo parte de su sabiduría sobre la Cabalá, el Sufismo y otras filosofías religiosas. Realmente fue un maestro en estos temas y muchos más.

Tuve la fortuna de conocerlo en sus pocos meses de libertad, digo esto porque al mes de comenzar estos estudios debimos suspenderlos por la muerte de su madre, de 99 años, que era su compañera y carcelera afectiva, y al poco tiempo de recomenzar, la presencia de su ex-alumna, luego secretaria y por último, su esposa en la vejez, María Kodama invadió su vida y, por orden de su nueva carcelera afectiva, en tres meses los cursos terminaron.

Ahora a la distancia del tiempo, creo que la costumbre, la ceguera, y la comodidad hacían que Jorge Luis Borges tuviera la necesidad de contar con una carcelera afectiva constantemente, y al reemplazar una por otra, estoy convencido de que (a su modo) disfrutaba de vivir encarcelado. Tal vez Jorge Luis Borges comprendió mucho mejor que el resto de los mortales, que el libre albedrío es realmente la libre elección de buscar nuestro propio carcelero afectivo, y que la libertad absoluta no existe, ya que nuestros padres, novios, esposos, parejas, amantes, hijos, nietos, son en definitiva nuestros carcelero afectivos, y nos complace vivir en esa dulce prisión del afecto.

Fuera de esta pequeña anécdota, creo que Jorge Luis Borges fue uno de los más importantes intelectuales latinoamericanos del siglo XX y, la mejor forma de homenajear a un grande, es publicando uno de sus cuentos cortos,  y El disco me parece uno de los mas acabados, porque nos muestra hasta donde llega la ambición del ser humano, en la búsqueda de lo intangible, como el reconocimiento, el amor y el poder.

El disco

Soy leñador. El nombre no importa. La choza en que nací y en la que pronto habré de morir queda al borde del bosque. Del bosque dicen que se alarga hasta el mar que rodea toda la tierra y por el que andan casas de madera iguales a la mía. No sé; nunca lo he visto. Tampoco he visto el otro lado del bosque. Mi hermano mayor, cuando éramos chicos, me hizo jurar que entre los dos talaríamos todo el bosque hasta que no quedara un solo árbol. Mi hermano ha muerto y ahora es otra cosa la que busco y seguiré buscando. Hacia el poniente corre un riacho en el que sé pescar con la mano.

En el bosque hay lobos, pero los lobos no me arredran y mi hacha nunca me fue infiel. No he llevado la cuenta de mis años. Sé que son muchos. Mis ojos ya no ven. En la aldea, a la que ya no voy porque me perdería, tengo fama de avaro pero ¿qué puede haber juntado un leñador del bosque?

Cierro la puerta de mi casa con una piedra para que la nieve no entre. Una tarde oí pasos trabajosos y luego un golpe. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto y viejo, envuelto en una manta raída. Le cruzaba la cara una cicatriz. Los años parecían haberle dado más autoridad que flaqueza, pero noté que le costaba andar sin el apoyo del bastón. Cambiamos unas palabras que no recuerdo. Al fin dijo:

– No tengo hogar y duermo donde puedo. He recorrido toda Sajonia.

Esas palabras convenían a su vejez. Mi padre siempre hablaba de Sajonia; ahora la gente dice Inglaterra.

Yo tenía pan y pescado. No hablamos durante la comida. Empezó a llover. Con unos cueros le armé una yacija en el suelo de tierra, donde murió mi hermano. Al llegar la noche dormimos.

Clareaba el día cuando salimos de la casa. La lluvia había cesado y la tierra estaba cubierta de nieve nueva. Se le cayó el bastón y me ordenó que lo levantara.

– ¿Por qué he de obedecerte? – le dije.

– Porque soy un rey – contestó.

Lo creí loco. Recogí el bastón y se lo di. Habló con una voz distinta.

– Soy rey de los Secgens. Muchas veces los llevé a la victoria en la dura batalla, pero en la hora del destino perdí mi reino. Mi nombre es Isern y soy de la estirpe de Odín.

– Yo no venero a Odín – le contesté -. Yo venero a Cristo.

Como si no me oyera continuó:

– Ando por los caminos del destierro pero aún soy el rey porque tengo el disco. ¿Quieres verlo?

Abrió la palma de la mano que era huesuda. No había nada en la mano. Estaba vacía. Fue sólo entonces que advertí que siempre la había tenido cerrada.

Dijo, mirándome con fijeza:

– Puedes tocarlo.

Ya con algún recelo puse la punta de los dedos sobre la palma. Sentí una cosa fría y vi un brillo. La mano se cerró bruscamente. No dije nada. El otro continuó con paciencia como si hablara con un niño:

– Es el disco de Odín. Tiene un solo lado. En la tierra no hay otra cosa que tenga un solo lado. Mientras esté en mi mano seré el rey.

– ¿Es de oro? – le dije.

– No sé. Es el disco de Odín y tiene un solo lado.

Entonces yo sentí la codicia de poseer el disco. Si fuera mío, lo podría vender por una barra de oro y sería un rey.

Le dije al vagabundo que aún odio:

– En la choza tengo escondido un cofre de monedas. Son de oro y brillan como el hacha. Si me das el disco de Odín, yo te doy el cofre.

Dijo tercamente:

– No quiero.

– Entonces – dije – puedes proseguir tu camino.

Me dio la espalda. Un hachazo en la nuca bastó y sobró para que vacilara y cayera, pero al caer abrió la mano y en el aire vi el brillo. Marqué bien el lugar con el hacha y arrastré el muerto hasta el arroyo que estaba muy crecido. Ahí lo tiré.

Al volver a mi casa busqué el disco. No lo encontré. Hace años que sigo buscando.

 

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