Jesse James en México

El otro día me llevé una sorpresota. Buscando en Internet no se qué cosa, me topé inesperadamente con un artículo que publiqué en mi “Alma Mater”, la Revista Contenido de la Ciudad de México, hace nada más y nada menos que ¡40 años! El ya antigüito escrito fue reproducido en el libro “Español Contemporáneo”, del profesor George de Mello, y publicado por la University Press of America en 1990.

Más sorprendente me pareció porque, aunque narra hechos muy antiguos y personajes muy diferentes, el artículo de alguna manera se relaciona con acontecimientos actuales de los que son protagonistas ciertos individuos que practican la discriminación, el racismo y otras cosas muy feas, pero que no son nuevas y que tienen sus orígenes en personajes como Jesse James, y que provienen de los tiempos en que vivieron él y personajes igualmente siniestros.

Pero primero déjeme invitarlo a leer las andanzas de Joe Arpaio… perdón, de Jesse James en tierras mexicanas, antes de comentar algunas cositas más de gente como él y otros honorables forjadores de la actual sociedad estadunidenses, inmortalizados hasta el heroísmo y el mil por ciento de la nobleza por Hollywood. Este es mi empolvado artículo:

(Contenido, México, D.F., marzo de 1970)

En un pueblo cercano a Matamoros, Tamaulipas, se celebraba la fiesta regional más rumbosa de 1876. Había un baile muy concurrido al que entraron de pronto dos norteamericanos sucios, barbones y con el polvo de varios días de cabalgata. La alegría reinante pareció contagiarlos, pues decidieron participar en el bullicio e invitaron a bailar a un par de muchachas mexicanas.

Divertidas, las jóvenes aceptaron la invitación reprimiendo la risa, desviando el rostro para no sentir el desagradable olor que despedían los forasteros y cuidándose de sus pisotones. Poco a poco las risillas fueron subiendo de volumen hasta estallar en un torrente de carcajadas. Lleno de ira uno de los forastero propinó un puñetazo a uno de los mexicanos burlones, al tiempo que su compañero sacaba la pistola para matar a otro. Se produjo entonces una confusión endiablada que los forasteros aprovecharon para huir, dejando sobre la pista de baila cinco muertos y varios heridos.

Jesse y Frank James, los legendarios pistoleros norteamericanos, habían escenificado el primero de una larga serie de episodios sangrientos en México.

Desde 1863 los James habían venido sembrando el terror en la Unión Americana. En 1876 habían sufrido uno de los pocos fracasos de su carrera, al asaltar el Minnesota Bank of Northfield, en el estado norteño de Minnesota. Huyendo llegaron finalmente a Tejas, a un sitio llamado Rancho de Descanso. No les convenía revelar su presencia en Tejas, y por lo tanto decidieron pasar a México y tranquilamente cometer allí sus fechorías.

Hacia 1877 aparecieron en el norte de Chihuahua, en las cercanías de un mineral. Se habían avecindado en un rancho y la gente del rumbo les tomó confianza. Una mañana de mayo pasaron por allí seis atajos de mulas con setenta y cinco kilos de barras de plata cada una y custodiados por un destacamento de dieciocho hombres con pistola. Jesse, Frank y tres malhechores que se les habían unido pidieron a los arrieros que les permitieran acompañarlos, ya que el trayecto a Chihuahua estaba infestado de indios hostiles. El jefe de los arrieros aceptó la compañía, pensando que el viaje sería más seguro cuanto más numeroso fuera su grupo.

Al quinto día del viaje los arrieros cayeron rendidos de cansancio y se entregaron al sueño. De guardia quedaron solamente dos, a quienes los James y sus cómplices asesinaron silenciosamente y a traición. Después desarmaron al resto de los arrieros y los ataron a unos árboles. En Tejas se repartieron el botín.

Tan fructífera resultó esta incursión que, tras pasar unos días en el Rancho del Descanso, los James decidieron caer sobre Piedras Negras, Coahuila. Esta vez el tiro les salió por la culata, ya que fueron asaltados por una gavilla de bandidos mexicanos. En la balacera resultante, Jesse sufrió una herida en un brazo.

Los James cabalgaron entonces rumbo a Monclova, donde encontraron a un antiguo bandolero que en tiempos pasados había trabajado con ellos en la banda del despiadado William C. Quantrill y se había convertido en respetable hombre de negocios casado con una mexicana. Para celebrar el encuentro el viejo merodeador les ofreció una fiesta en su casa.

Entre copa y copa, Jesse observó que un teniente del ejército mexicano lo miraba con insistencia. Comentó el asunto con su hermano, pero éste no le dio importancia. Poco después, Jesse comprobó que sus inquietudes estaban bien fundadas: al asomarse por une ventana vio que un grupo de soldados rodeaba la casa. De pronto los sitiadores derribaron a golpes las puertas y el oficial conminó a los James a rendirse.

-Dejen salir primero a las mujeres y nos arreglamos –propuso Jesse. El teniente aceptó. Ordenó a las mujeres retirarse y anunció: -No hay posibilidad de escape. Entreguen sus pistolas-. Pero los James respondieron a balazos. Dejaron la casa a oscuras, saltaron por una ventana y al amparo de la oscuridad lograron escapar.

Una vez más se refugiaron en el Rancho del Descanso. Los tiempos eran difíciles y los James decidieron probar una nueva vida. Dedicaron todo su tiempo a trabajar en el rancho y hasta reunieron una pequeña partida de ganado. Entonces un bandido mexicano, Juan Fernando Palacios, decidió corresponderles las visitas que ellos habían hecho a México, y una noche oscura arreó con el poco ganado de los ahora honorables rancheros.

A los James no les hizo ninguna gracia verse robados y emprendieron, solos, la persecución. En una hondonada cerca de El Paso, Tejas, encontraron descansando a los abigeos. Disparando desde lugares ocultos y cambiando constantemente de posición, hicieron creer a los mexicanos que eran un grupo numerosos y los obligaron a huir. Nerviosos ante la posibilidad de un contraataque, los James emprendieron el regreso llevando sus vacas por delante y, en efecto, no tardaron en verse perseguidos a su vez, ya que los bandidos mexicanos habían descubierto el engaño.

Nuevamente brilló la buena estrella de los hermanos James. Cuando estaban a punto de ser alcanzados surgió a lo lejos una columna de soldados norteamericanos quienes ignoraban su identidad y los protegieron. En tan buena compañía llegaron a su rancho.

Allí transcurrió su existencia entre épocas de paz, en que guardaban las apariencias y parecían ejemplos de honradez, e intermitentes ausencias durante las cuales cometían toda clase de fechorías lejos de la comarca.

Al regresar de una de sus tantas correrías, según la leyenda que circula en Estados Unidos, se enteraron de que un bandido mexicano llamado Bustendo, había asolado los ranchos de la región y había raptado a Alicia Gordon, hija de un ranchero.

De inmediato los James asumieron el papel de justicieros y, acompañados por seis hombres, se lanzaron al rescate. Al tercer día alcanzaron a los mexicanos. Jesse atacó con su demoledora táctica de la sorpresa y, en cuestión de minutos, casi todos los bandidos quedaron muertos y el propio Bustendo atravesado por una bala. Esta hazaña valió a los James la estimación de toda la comarca. Pero el crimen ya era parte de su vida y un buen día decidieron marcharse para perpetrar nuevas fechorías.

Esto es, al menos, lo que se cuenta en Estados Unidos, donde una legión de escritores racistas han llegado al extremo de aplicar la leyenda del gringo bueno y el mexicano malo a las andanzas de los James. Por lo que respecta a México, las fuentes históricas solo mencionan a los James como otro par de bandoleros más, que se crecían cuando se sentían fuertes y huían en cuanto se topaban con un grupo de hombres capaces de enfrentárseles.

Sea lo que fuere, el 7 de septiembre de 1881 los James realizaron su último asalto. El objetivo fue un tren; el lugar escogido, las proximidades de Glendale. Missouri. Jesse contaba apenas 34 años, pero ya llevaba 20 de bandolero. Tras el asalto decidió retirarse definitivamente y se radicó con su esposa Zerelda en San José, Missouri, usando el falso nombre de Thomas Howard. Pero su cabeza seguía teniendo precio: 10,000 dólares de recompensa a quien la entregara, y para este fin un antiguo compañero de correrías, Bob Ford, le dio un tiro por la espalda.

Viéndose solo y acosado, Frank se entregó a las autoridades. De algún modo, probablemente tortuoso, logró ser absuelto y vivió muchos años. Murió ya anciano en 1915, en su granja de Excelsior Springs, Missouri, donde a menudo había relatado sus correrías mexicanas adjudicándose un papel muy similar al de los vaqueros de Hollywood.

Para nadie es un secreto que México (y casi todo el mundo) ha sido por siempre botín para los gringos. Lo han saqueado y maltratado lo mismo a la manera de Jesse James que de las empresas trasnacionales. Esas que en los países pobres han explotado minas, tierras de cultivo, bosques madereros, mares, lagos y lagunas; que han exprimido a las poblaciones y a los pobres los han hecho más pobres.

Nos basta una ojeada a los libros de historia (pero por supuesto no de las editoriales gringas porque esas cuentan versiones diferentes) para enterarnos que sin las sangrientas intervenciones militares y las siniestras manipulaciones diplomáticas de Estados Unidos sería diferente la historia de Puerto Rico, Cuba, Nicaragua, Panamá, Colombia, México (y no le sigo porque no termino).

Y cuando creíamos que esos tiempos habían pasado a la historia, nos enteramos que no, que América Latina ha dado paso a Irak y a Afganistán, utilizando el pretexto de la lucha antiterrorista.

Pero claro, también las víctimas son victimarias. En cada país los gringos han tenido cómplices, compinches y testaferros, pequeños grupos que engordan sus fortunas al amparo de los extranjeros y a la desgracia de las grandes mayorías nacionales.

El fenómeno actual de la inmigración indocumentada ni es extraño ni es casual ni es exclusivo de Estados Unidos. Es resultado de un orden mundial económico, social y político que nada tiene de orden y sí mucho de desorden, de injusticia y de desigualdad.

Los inmigrantes de hoy – más que los de ayer- son los parias resultantes de complicidades que se han ido agigantando. Y ahí –sin ánimo de querer justificarlo- está el origen del otro gran problema social de estos días: el narcotráfico y toda la violencia y descomposición social en que se envuelve.

Los políticos gringos de hoy satanizan al indocumentado -la gobernadora de Arizona dice que todos son “mulas” que acarrean drogas- y envuelven en uno solo los problemas de la inmigración, el narcotráfico y el crimen. Se escandalizan por la terrible violencia que azota a México y se desgarran las vestiduras porque dentro de Estados Unidos radican unos 10 ó 12 millones de “ilegales”, pero nada dicen de los 40 millones de ciudadanos estadunidenses adictos a las drogas y que son quienes, a fin de cuentas, resultan ser los responsables de ese fenómeno binacional (y mundial) que se llama mercado de estupefacientes.

Pero nadie hace un examen de conciencia y un acto de contrición. A nadie –y menos si ejerce la cada vez más poco decente profesión de la política- le cabe un gramo de dignidad para reconocer que tanto el fenómeno de la inmigración indocumentada como el del tráfico de drogas se han gestado al abrigo de los errores históricos de Estados Unidos.

Hoy que releo mi nota sobre Jesse James y me vuelvo a enterar que lo mataron como a un perro (¿de que otra forma se mata a un perro?) me doy cuenta de que no es cierto aquel refrán que nos asegura que “muerto el perro se acabó la rabia”.

Si todo esto no fuera tan trágico, me daría risa escuchar la ladrería histérica de los “tea party”, de los Joe Arpaio y las Russell Pearce, las Jan Brewer y las Sarah Palin. Pero no me da risa, me da miedo. Mucho miedo me da la rabia.

Ahora sé que la distancia no es real,

Y me descubro en ese punto cardinal

Volviendo a la niñez desde la luz

¡Teniendo siempre el corazón, mirando al sur!

Eladia Blásquez