Incendios: cada vez peor

Cada fin de temporada veraniega, cuando la vegetación seca termina de secarse y especialmente en días de mucho calor, estallan incendios forestales y locales en California. Son focos de atención pública a través de los medios de comunicación como éste, pero espectacularmente, por las tomas de película desde helicópteros, las fotos desde el espacio y los jadeos de reporteros que se aventuran a pocos centenares de metros del infierno de las llamas.

Cada año, los incendios se acercan más a los centros urbanos alrededor de Los Angeles.

En octubre de 2003, el incendio Cedar en el condado de San Diego quemó 1,134 kilómetros cuadrados, arrasó con 2,232 casas y mató a 15 personas. Interrumpió el control aéreo entre Los Angeles y Tijuana.

En octubre hace dos años un millón de personas tuvieron que dejar sus casas; 1,500 fueron destruidas y 2.000 kilómetros cuadrados de terreno quemados en todo el sur de California. Nueve personas murieron y 84 resultaron heridas. El combate para controlar los siniestros duró 19 días.

Toma de satélite del 21 de octubre de 2007 de los incendios en Santa Clarita y Castaic.

En julio de 2008, un total de 1.700 incendios, según el gobernador Arnold Schwarzenegger, quemaron 3.211 kilómetros cuadrados. Más de 20.000 personas trabajaron en apagarlos y 23 murieron.

Cada vez más frecuentes: en noviembre de 2008, un incendio destruyó 630 hogares en la ciudad de Sylmar, en el norte de Los Angeles; otro arrasó con 210 casas del residencial barrio de Montecito, en Santa Bárbara.

La cantidad de casas destruidas, terreno carbonizado, víctimas, personas evacuadas y recursos gastados, todos esos parámetros han establecido nuevos y lúgubres récords en los últimos cinco años.

Y ahora están en Altadena, donde se encuentra la escuela de mi hijo menor, y en el norte de Pasadena. En el Monte Wilson, con sus antenas de TV y comunicaciones que cubren todo el área y su histórico observatorio.

En Acton, la mitad de sus 2,300 residentes ignoraron las órdenes de evacuación del departamento del Sheriff. En La Cañada-Flintridge y una docena de localidades más sigue el infierno.

Causan pánico, destruyen casas y propiedad, obligan a la evacuación de los habitantes, convierten escuelas en refugios, y a su retirada dejan laderas de montes despobladas de vegetación, de tal manera que con la llegada de las lluvias torrenciales, a la vuelta del reloj esas zonas se convierten en focos de deslaves de tierra y derrumbes peligrosos.

En 1994 la carretera principal de la costa, Pacific Coast Highway, fue clausurada durante varios meses después de que miles de toneladas de barro la cubrieron en la zona residencial de Malibu.

En 1998, al año siguiente de un terrible incendio en un bello barrio montañoso de Laguna Beach, porciones del monte se desplomaron, llevándose con ellos varias residencias.

Cada año la desolación llama a más desolación, destrucción y peligro.

¿Por qué estallan los fuegos? Incidentalmente, porque un camión se vuelca, alguien enciende una fogata para pedir ayuda, un niño de 10 años juega con fósforos, un relámpago lo inicia o por maldad asesina de pirómanos.

Las condiciones climáticas son críticas. Es como si estuviéramos viviendo sobre un una gavilla de paja seca y caliente. En términos históricos, la primavera de 2008 representó un récord de sequía en el estado, con 0.17 pulgadas contra 0.54 pulgadas del récord anterior, en 1934. El seco y caliente viento Santa Ana que en estos meses sopla desde el desierto y aumenta las presiones sobre los enfermos de asma, funciona de catalizador.

No es sólo que el fuego se acerca a nosotros. Hemos ido construyendo en zonas boscosas, laderas, cañones, pendientes y demás sitios inaccesibles, en busca de la tranquilidad que la vida en la estridente LA no permite. Y claro, es un privilegio permitido para los más pudientes.

Las casas en los barrios más afectados son verdaderas mansiones suburbanas, pobladas por profesionales, artistas e inversores, con todas las ventajas de la vida semi campestre, todas las de la tecnología y el comfort originales y a una distancia aceptable del centro.

Pero lo más terrible es que pese a los crecientes daños de los incendios, la orgía de continua destrucción de los servicios sociales que caracterizan (¿caracterizaban?) al estado moderno tienen un profundo y negativo impacto en nuestra capacidad de confrontarlos.

En los presupuestos del estado de California, de sus condados, de sus ciudades, la porción dedicada a combatir los fuegos, mantener estaciones de bomberos con personal de profesionales y el equipo más adecuado se está reduciendo implacablemente.

El presupuesto del departamento de Foresta y Protección del Fuego de California es de 519 millones de dólares, 27 millones menos que en 2008, y de su fondo de emergencia que creció de 69 millones el año pasado a 182 millones este año, al 24 de agosto quedaban unos 60 millones. Apagar los fuegos de 2008 entre julio y agosto, costó 300 millones de dólares.

La ciudad de Los Angeles en agosto de 2009 anunció el retiro de 15 coche bombas y 9 ambulancias, además del cierre de varias estaciones, para ahorrar 39 millones de dólares, causando semanas de manifestaciones de protestas de los mismos bomberos frente a la municipalidad.

Los miles de bomberos que requiere el esfuerzo de apagar los incendios forestales no alcanzan. Vienen en su ayuda más miles de presos, que realizan riesgosas tareas de destajo en los bosques. Por primera vez desde 1977, se reclutan soldados de la Guardia Nacional –es decir, unidades estatales a la orden del gobernador. Tampoco es suficiente.

A un costo estremecedor, los incendios de este año también serán apagados. Pero, ¿cómo contener su avance el año próximo? El cambio de prioridades sociales, económicas, requerido, es tan amplio, que se convierte en una cuestión política que abarca a todo el país.

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