Gabina

Leiden es una pequeña ciudad holandesa, de alrededor de 250,000 habitantes, a medio camino entre La Haya y Amsterdam. Una ciudad de ladrillo rojo, canales y puentes: el centro de la ciudad, con construcciones en su mayor parte del siglo XVI y XVII, es uno de los mejor conservados en los Países Bajos.

Leiden es una ciudad vibrante y llena de cultura, cuya universidad, una de las más importantes de Holanda, aporta una población juvenil desenfadada y entusiasta; en los meses de verano, hay que tener cuidado con el enjambre de bicicletas que cruzan las pequeñas calles de un lado a otro, entre los puestos callejeros de arenque crudo y flores. En las terrazas, turistas, estudiantes y ciudadanos normales se mezclan disfrutando de una cerveza en discusiones que muchas veces se prolongan hasta bien entrada la noche. Los canales son recorridos por pequeñas embarcaciones de todo tipo, transportando mercancías y personas por toda la ciudad.

Los ciudadanos holandeses son los más altos de Europa. El promedio de estatura es de un metro con ochenta y cinco centímetros, y en la mayoría de los casos cumplen con el estereotipo que de ellos nos hemos formado: rubios, delgados, de tez blanca o sonrosada. La densidad de población, de alrededor de 400 habitantes por kilómetro cuadrado (en México es de alrededor de 55, y en los EEUU de 32), los ha hecho extremadamente conscientes de los derechos de los demás: difícilmente se escuchan gritos o manifestaciones de júbilo o enojo. Las emociones, así como los colores, el ruido o los sentimientos, se guardan de puertas adentro.

Fue en este ambiente completamente europeo, aséptico y reservado, donde la vi por primera vez, cruzando el puente de uno de los canales. Era una visión no solo de otro mundo, sino de otro tiempo: una indígena mixteca, de alrededor de 50 años, vestida con un huipil bordado a mano, trenzas con listones, y una dignidad, una altivez, que enfrentaba con la frente en alto y orgullosa las miradas y comentarios que suscitaba entre la gente con la que se cruzaba.

La vi, y quedé paralizado. Lo primero que pensé fue en buscar las cámaras de televisión, algo que pudiera explicar su presencia en un lugar en el que yo mismo me sentía ajeno. No había cámaras ni nada. Siguió caminando y se perdió en la multitud.

Seguramente era Gabina, me dijo mi esposa cuando le conté sobre la visión. Y no, no era ninguna visión; era efectivamente una mixteca que vive en Leiden, casada con un profesor de arqueología mesoamericana de la Universidad, una de las mayores autoridades en cuanto a cultura oaxaqueña en el mundo entero. Maarten y Gabina son una pareja encantadora, concluyó.

No perdí oportunidad. La siguiente vez que la vi, en una recepción ofrecida por la Embajada de México, de nuevo de huipil, pero esta vez de fiesta, me acerqué y me presenté. Comenzamos a platicar, y encontré una mujer interesantísima. Me enteré que entre ella y su marido, quien es el mayor experto en descifrar códices prehispánicos y había sido reconocido por parte del gobierno mexicano con el Aguila Azteca, la máxima distinción que Mexico concede a extranjeros, tenían un proyecto de estudio y rescate de la cultura e historia mixteca. La recepción continuaba, y quedamos en seguir nuestra conversación en otro momento.

Nos volvimos a ver, varias veces, y comenzamos a cultivar una amistad que nos llevó a conocer a una mexicana extraordinaria. Gabina es una mujer mixteca, comprometida con su pueblo y sus tradiciones, que defiende su historia y transmite sus conocimientos de manera desinteresada. Ha participado activamente en los movimientos de defensa de la educación bilingüe en Oaxaca, y ha representado a su comunidad ante foros internacionales, entre ellos el grupo de trabajo sobre pueblos originarios de Naciones Unidas en Ginebra. Ha luchado, junto con Rigoberta Menchú, por la defensa de las culturas indígenas (originarias, me estaría corrigiendo), y ha dado clases, en la misma Universidad de Leiden, sobre lenguaje y cultura mixtecas. Ha colaborado, junto con su esposo, en la edición e interpretación de códices para el Fondo de Cultura Económica. Domina al menos cuatro idiomas: el Sahin Sau (mixteco), el castellano, el inglés y el holandés.

Gabina es una mujer extraordinaria, pero no excepcional. Es necesario hacer la distinción. No es excepcional porque México está lleno de mujeres extraordinarias, que luchan constantemente por sacar adelante a sus familias en un medio que les es tradicionalmente adverso: el machismo imperante en la sociedad mexicana, aunado al menosprecio que, fruto de la ignorancia, tiene un gran sector en contra de los indígenas, forman un círculo vicioso en el cual las mujeres siempre salen perjudicadas. Si a esto agregamos la falta de oportunidades y la desigualdad, la erosión social producto de la pobreza, podemos imaginar la situación en la que nuestras mujeres extraordinarias viven.

Gabina no es excepcional, pero sí es ejemplar. Porque su lucha, sus logros y su vida hacen evidente, en primer lugar, que la mujer indígena juega un rol determinante en el rescate de la cultura y en la preservación de las tradiciones. Que la cultura de los pueblos originarios es la cultura del resto de la humanidad, y la mujer, como madre, es quien la transmite de manera oral a los hijos. Pero, sobre todo, es el ejemplo perfecto de cómo la mujer indígena puede insertarse y enriquecer la vida de las sociedades modernas. De nosotros depende darles la oportunidad.

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