TINTA ROJA: ¿Acabar con el virus… o con el virulento?

Entre esta amalgama indefinida de acontecimientos diarios de la mayor magnitud en importancia, pienso que toda palabra que se intente aportar a la actualidad, debería ser meditada previamente antes que sea lanzada como cohete espacial en Cabo Cañaveral. Será por eso, quizás, por lo que últimamente no me salen las palabras como antes. Acontece que esta columna de opinión llamada Tinta Roja, en la que Gabriel me dio la oportunidad de expresar libremente todo aquello que tuviera a bien cocinarse dentro de esta mente tan entretenida, ha sido desatendida durante semanas por vacío de palabras. Me recuerda, semejante actitud, a aquella que se toma en agosto en los comercios, cartel en puerta: “por descanso del personal”. En este caso han sido las letras quienes han decido tomarse un tiempo de relax, quizás, para volver con más fuerza; quizás, para no volver. Con ellas nunca se sabe.

La cuestión es que la actualidad marca la necesidad de ser responsables, y ante este hito, ellas mismas, las palabras, tomaron la decisión de quedar a buen recaudo hasta nutrirse un poco más de la necesaria coherencia de la que habitualmente carecen.

Observo un mundo en plena ebullición: caliente, descontento, agitado, irritado, debilitado… observo una España dividida (¡qué novedad!), en hundimiento, confundida y, últimamente, se autodenomina también, en parte, “indignada”. Sin embargo, en todos estos acomodamientos busco sin descanso el ejercicio de la autocrítica, de la búsqueda interior de una salida más brillante que la que la misma queja propone. La indignación, en mi opinión, solo es un escalón previo a la comprensión de que algo falla en el interior de cada uno. Si dejamos que a ésta le suceda el incesante ánimo de buscar un culpable que parecemos haber generado en los últimos tiempos, poco resultado positivo nos traerá el interés por cortar cabezas de enfermos, en lugar de acudir a la raíz de la propia enfermedad.

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Ha sido sencillo, muy sencillo, llegar a esta situación en un mundo en el que la tentación del dinero fluye entre todos nosotros, como trucha por el Tormes. Porque, seamos sinceros, ¿cuántos de nosotros diríamos “no” a una oferta como esta?:

“Sueldo de 120.000€ al año, coche oficial, chofer, tarjeta de empresa, comidas, vacaciones… etc”

Eso sí, la respuesta afirmativa no es gratuita… implica, obviamente, “hacer cosas” que, quizás, desde dentro, uno empieza a ver como “males menores”, hasta que deja de verlas como “males”, para verlas simplemente como “menores”. Es decir, que cuando uno se introduce en ciertas ruedas, el conocimiento de la suciedad de las mismas le va convirtiendo a uno en un sucio más, si es que no tiene la fuerza de voluntad suficiente y unos férreos valores que consigan sacarlo de semejante meollo.

Y es precisamente esta avaricia, este deseo humano de alcanzar poder, dinero, reconocimiento y prestigio, el virus más importante que nos acecha. De modo que, cortar las cabezas de aquellos que un día dijeron “Sí” a tal oferta mefistofélica, no termina con la raíz virulenta de aquella enfermedad que se contagia mucho más rápidamente que la gripe A y para la cual, de momento, no hay más antídoto que observar, en primer lugar, que uno la lleva en el cuerpo, en mayor o menor medida. Porque el peor de los males que tiene este mal, es que uno no comprende que lo tiene, y de esta forma es muy difícil encontrar el antibiótico necesario para arrancárselo de raíz.

A aquel que dice: “¿yo? yo no tengo la culpa de esta crisis.”, yo le digo… “no, quizás no tuviste oportunidad…” De todos modos, quien más y quien menos le ha dado el poder que necesitaban a los bancos, llevando sus dineritos buscando “la máxima rentabilidad” sin importar para qué, a dónde o a quién le voy a favorecer/perjudicar con ello, o buscando unos préstamos que convertirían sus aburridas vidas en vidas “llenas de cosas innecesarias”. Por tanto, aunque sea lícito que estemos indignados, sea lógico y coherente, creo que sería interesante, tras sentir esta necesaria indignación, hacer un ejercicio interno y observar si en alguna forma albergamos, por pequeña que sea, esa insidiosa avaricia por la que señalamos con el dedo a unos cuantos. Ésta es una arpía muy destacada, y se mueve en todos los ámbitos de nuestra vida con tal delicadeza, que se hace pasar desapercibida. De esta forma no sentimos que seamos egoístas, ni envidiosos, ni pretenciosos… y terminamos convirtiendo siempre a alguien externo a nosotros en el portador de tan detestables emociones.

Nos creemos mucho mejores que los políticos o los banqueros, pero ellos son simplemente los que llegaron allí después de dejar a otros tantos en el camino que no fueron capaces de hacerlo y que, seguramente, de estar en su lugar, hubieran hecho lo mismo. Por eso, no me alegra que se vayan los “cabezas de filas” (aunque sea necesario), porque vendrán otros con las mismas intenciones, que al cabo de un rato de haber intentado ser honestos, se dejarán corromper como lo hicieron sus antecesores, “por un puñado de dólares”, si no son previamente capaces de detectar sus propias miserias. Indignémonos, sí; pero no sólo con lo externo, sino también con aquellos deseos internos más ingratos que todos llevamos dentro.

Y como tengo por ánimo y por convencimiento la mejora del ser humano en su calidad más íntima, es decir, la humana, creo que lo más saludable que podemos hacer cada uno de nosotros en estos tiempos tan inesperados, es darle una cabida a la posibilidad de que mis actos, también, a veces, a ratos y en ocasiones, sean movidos por esa codicia que mueve al mismo mundo. Quizás, si soy algo más consciente, la próxima vez actúe (incluso en las pequeñas cosas) de forma diferente.

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