El secreto

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El tercer día sí que es una mejor prueba. Un homeless vecino con tirria le disputa el resto de hamburguesa que se acaba de conseguir en el tarro quinto de la Calle 35. Lo mira con odio acumulado de tres días. Moya lo mira con compasión, le da unos mordiscones en la mano que le sacan sangre al vecino para espantarlo por un rato y continúa leyendo.

El cuarto día mientras busca en la basura un periódico (ya no le queda dinero para libros) , se da cuenta por las miradas de los turistas, que ha comenzado a oler. Pero tiene mucha suerte. Nueva York no lo abandona. Mira al cielo. Las nubes preñadas tipo Botero teñidas de un gris tipo petroleo dan cuenta de un tercer milagro. Se acerca un aguacero. Es mucho pedir. Se queja de lleno.

Así es como se saca la ropa, saca un jabón de esos de muestras que regalan (otro milagro) en la tienda de jabones artesanales. Listo. La ducha natural es un regalo del cielo. Los turistas dan vuelta la cara, uno que otro suelta una carcajada. Se le acerca un “ángel de la guarda” que le pasa unas bolsas plásticas para que se tape sus “private parts”.

Increíble la abundancia, piensa Moya. La tierra es generosa con uno. Sí que lo es.