El peso de la historia en las relaciones México-Francia

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El expediente Florence Cassez ha traído mayores consecuencias en la relación México-Francia que las que se aprecian a simple vista. De entrada lo que se observa  es la cancelación de la participación de México en las celebraciones que en el país galo se llevarían a cabo dedicadas a nuestro país a lo largo de este año, pero hay otros aspectos de este diferendo internacional que vale la pena comentar.

Por supuesto los primeros perjudicados por este desencuentro serán los artistas y creadores mexicanos que este año tendrían la oportunidad de dar a conocer su obra en  un escaparate de primer nivel como lo es el país galo. En segundo término y posiblemente más grave, el sector turístico será uno de los más afectados, porque como si no hubiera sido suficiente con haberse visto obligado a resistir los estragos provocados por la crisis económica mundial, la epidemia de influenza H1N1 y el incremento en los niveles de violencia en muchos de los principales destinos turísticos del país, ahora se suma la amenaza implícita del gobierno francés en el sentido de, eventualmente, recomendar a sus ciudadanos no viajar a México, un país en el que, argumentan, fueron violadas las garantías procesales de una connacional suya, lo que de concretarse traería consecuencias nefastas para este sector.

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Pero más allá de tratar de entender quién ha tenido la razón en este affaire, en México muchos comunicadores y pseudo intelectuales; no expertos en asuntos internacionales (en realidad casi en nada); se han apresurado a descalificar, no sólo los exabruptos y bravuconerías del polémico presidente francés Nicolás Sarkozy, sino que también han resucitado viejos rencores del siglo XIX que se pensaba ya superados. Citan el caso de la invasión francesa a México y su intervención en la instauración en nuestro país del Imperio encabezado por Maximiliano de Habsburgo (abril de 1864 a julio de 1867). Apelan con argumentos “nacionalistas” a la defensa de la patria, llamando a reaccionar en contra de la política exterior “neocolonial” de Francia. No se detienen a pensar que la relación entre ambos países en la época reciente ha estado caracterizada más por la cooperación y el diálogo permanente, que por conflictos y malentendidos como el actual.

En este aspecto, para México, su relación con Francia en las últimas décadas le ha permitido alcanzar su objetivo de diversificar sus relaciones y sus alianzas en torno a diferentes temas de la agenda internacional, alejándose un tanto de las posturas adoptadas por Estados Unidos, como fue en el caso de la Declaración Franco-Mexicana de agosto de 1981, a través de la cual ambos gobiernos reconocían al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional de El Salvador (FMLN) como fuerza representativa de un sector de la sociedad salvadoreña y por consiguiente con el derecho a participar en la solución del conflicto armado que azotaba a esa nación centroamericana. Más adelante se sumaron a esta iniciativa algunos otros  gobiernos, en contraposición con la postura definida por Estados Unidos , que era de combate frontal a todos los movimientos guerrilleros de corte marxista-socialista en la región. Esto que permitió que una década después se llegara a la firma de los Acuerdos de Paz entre el gobierno y la guerrilla, conocidos como los Acuerdos de Chapultepec (Cd. de México,  enero de 1992).

Otro episodio, un poco menos conocido pero no menos importante de esta relación se registró entre los años finales de los 1930 y los primeros de la década de los 1940. En aquella época, durante la Guerra Civil Española, miles de españoles se encontraban refugiados en Francia, pero dadas las complicaciones que representaban para ese país -al borde de la guerra con Alemania- hacerse cargo de atender las necesidades de los españoles refugiados en su territorio, surgió la colaboración con el Gobierno del presidente Lázaro Cárdenas y con funcionarios del Gobierno Republicano en el exilio. A través de su Servicio de Evacuación de Ciudadanos Españoles (SERE), se hicieron los arreglos correspondientes para establecer la Comisión Franco-Mexicana, que sería la responsable de gestionar el traslado a México de decenas de miles de ciudadanos españoles.

En el caso de Francia, en esos momentos, esa acción pudo haber comprometido el acuerdo de paz que junto con Inglaterra mantenía con Alemania, al apoyar la causa de ciudadanos opositores a Francisco Franco, aliado ideológico de Adolfo Hitler. En cambio para México este episodio se convertiría en uno de los capítulos más memorables de solidaridad internacional con un pueblo en desgracia, lo que hasta la fecha le sigue mereciendo un enorme prestigio y reconocimiento internacional.

Por hechos como los anteriores y otros episodios, el gobierno y la sociedad mexicana deberían adoptar una actitud más reflexiva y aquellos que en este país ahora se precian de ser “líderes de opinión”, tendrían la obligación de ser más responsables y procurar no envolverse en un nacionalismo ramplón a la hora de emitir juicios sobre asuntos coyunturales, cuyas consecuencias, en caso de que sus opiniones y/o comentarios tuvieran eco, podrían influir y/o derivar en la ruptura o en el enfriamiento de las relaciones con uno de los países con los que México comparte mayores coincidencias con relación a los temas actuales de la agenda internacional.

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