El milagro de la Calle Central

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En el intermedio surge un hombre alto y flaco, vestido de traje gris con camisa blanca y corbata morada, todo rematado por un sombrero de hongo. Vende, o distribuye The Final Call, el periódico de la Nación del Islam. Cuando desaparece de la vista, emerge alguien parecido, sólo que su traje es verde y su sombrero de paja y vende galletas dulces. Es de una organización social afroamericana. Cada tanto alguien lo reconoce, le da la mano o un efusivo abrazo.

Hay unas mil personas, 80% de ellos afroamericanos.

Estamos en el Festival de Jazz de la Avenida Central que tuvo lugar este fin de semana en el Sur Centro de Los Angeles, sobre la intersección de esa calle con la Cuarenta y Dos, en un barrio tan desgraciado que después de las violentas manifestaciones de 1992 le cambiaron el nombre dejándolo en Sur.

Cerraron las esquinas al tránsito, erigieron una carpa gigantesca en el medio del pavimiento, dos cuadras de pabellones y lugar para miles de concurrentes. El festival, de dos días de duración, ya tiene 15 años y es un tributo a la “rica cultura y legado de ‘La Avenida’ como era conocida entre 1920 y 1940”, según su sitio de internet.

Aquí, en la Central, en lugar de minoristas de ropa, de baratijas de la China y comida mexicana, se alineaban los clubes de jazz de alto nivel.

Pasaron los años. Llegaron los inmigrantes latinos y cambió el paisaje demográfico del Sur Centro de Los Angeles. Camino a la carpa central pasamos por los patios de unas casas: las familias colgaron carteles que pregonan sus enchiladas a dólar.

Esto es la esquina de Kentucky Fried Chicken y Taco Bell. El aire se llena de aroma de pollo frito e incienso.

Antes del intermedio tocaba Mongorama, un nuevo ensemble de nueve miembros que se dedica a la Chalanga jazz de los inicios del cubano Mongo Santamaría. Ahí están el saxofonista Justo Almario, la violinista cubana Dayana Santamaría, el flautista Danilo Lozano.

El público es amable y respetuoso. “¿Es cubano aquel?” “No, es de Colombia”. Este otro… pero todos viven aquí, con nosotros, en el Sur y en el Este de Los Ángeles, explican.

Y es elegante: damas negras con gigantescos sombreros de motivos floreados; hombres de sombreros de paja y guayaberas, o vestidos africanos multicolores.

Un espectador sacude las maracas. La música es arrobadora. Bailan en los pasillos. Una pareja de dominicanos nos saluda y sigue danzando. Un méxicoamericano con fina redecilla sobre el pelo renegrido y shorts que rozan el suelo entrega su cuerpo al ritmo. Una señora con un gigantesco parasol lo enarbola. José Rizo de la radio KJazz hace las presentaciones y el grupo comienza a cantar “Así es la vida”. Entran y salen de la carpa personas con comida: salchichas envueltas en tocino; bananos fritos; tacos.

El festival nos ofrece una tregua del ajetreo, un respiro.

Pero cuando termina el intermedio, y suben Ray Gaines y su orquesta, cuando al jazz latino lo reemplaza el blues, el público negro se enciende de pasión y ritmo. Aunque fuera de Gaines, los 14 músicos sean blancos. En las calles de Los Ángeles, todo es posible.

Gabriel Lerner
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Gabriel Lerner

Editorial Director at La Opinion
Editor en jefe del diario La Opinión en Los Angeles.
Fundador y editor de HispanicLA.
Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California desde 1989. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y anteriormente editor de noticias para La Opinión.
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