Disparidades de los cerros

Cerro Carcel, Valparaiso, por Erwin Thieme

Cerro Carcel, Valparaiso, por Erwin Thieme

Día 19

Cuando él se me acercó para ofrecerme una piscola en aquel restaurante del exilio, estaba demasiado perdida para decir sí o no con demasiada autoridad.

Creí haberlo visto antes. No sé si en Italia o Estocolmo. Estaba segura de que lo había visto, o cateado con marido o no. Aquella noche me limité a sentarme y disfrutarlo mientras bailaba al ritmo de alguna salsa en adopción, algún rock español o algún alucinógeno.  Me había entregado al trabajo sedentario, al cigarro y los cafés. También había sucumbido al relajo de distintos tipos de español. En lo que muchos podrían llamar “un trabajo de suerte” había perdido tanto el acento como la agilidad de cuerpo. Era el último año antes de volver. Había estado en Chile brevemente sólo para visitar a mis hijos, a la nana y a mi marido, Pedro, uno de esos que uno se ve en la obligación de escoger para adornar el apellido.

Aproveché los últimos meses de libertad antes de tomar una decisión definitiva. Esa noche busqué un lugar conocido, algo así como un boliche improvisado de algún suburbia, Queens creo, cuyo nombre me cuesta recordar. Me vestí resaltando lo que aún me quedaba de mis encantos de lola, me armé de valor y fui.  Este era un chileno liberado, sin pantalón de tono neutro ni camisa planchada escondiendo la ponchera. Bailaba desarmado y sin la pulcritud de rigor. Además, usaba pantalones cortos y la camisa abierta mostrando el ombligo, algo que en Chile sólo unos pocos se atreven a mostrar a campo abierto. ¿Cómo poder olvidar ese cuerpo compatriota? ¿Cómo desentenderme de los lagos de mi sur?

Hola, yo soy del Cerro Cárcel. ¿De qué parte de Chile soy tú.

Yo, yo soy de dos cerros más allá— contesté.

Le ofrecí una de mis mejores sonrisas y me dejé llevar. Con él fue un poco como recibir un pequeño pasajito ida y vuelta a Chile.  Sabía las últimas noticias, los resultados de los partidos de fútbol y las novelas como si nunca hubiera partido. Tenía cable, dijo. No hubo edades ni trabajos, tampoco estado civil, sólo el acomodarse en el bar mientras la gente ordenaba tragos conocidos dividiendo con sus manos nuestro estrecho espacio. Tanteamos el terreno común de “cuántos años afuera”, “cuándo volver”, “empanadas y mariscos” y nos entendimos cuando yo le dije que era hora de marchar.

Qué maravilla llevármelo al hotel que me hospedaba y sentir en el sabor de su pelo sabor a la tierra mía, la tierra nuestra. Mientras murmurábamos lo inmurmurable y tomábamos los diferentes tipos de vuelo que permite la cama de y el silencio para no despertar a los vecinos, dejó escapar un par de palabras que me sonaron como hace tiempo no me sonaban las cosas. “Somos vecinos. Los vecinos se saludan”, dijo. No sé si fue una oración profética o un simple piropo íntimo, pero a mí me sonó a poema. Quise explicárselo a él pero las palabras estaban sencillamente de más. ¿Para qué contarle que yo no vivía un cerro más allá, sino unos cuantos?  Nos dormimos felices.

Al despertar tuve la impresión que me había soñado caminando las veredas del cerro Alegre que mi familia y yo nos habíamos permitido explorar para evitar robos y asaltos innecesarios que abundaban en los otros. Aún así, cuando llegaba algún visitante a la casa, orgullosos mis padres le contaban que conocían hasta el último rincón de Chile, sin mencionar que no se atrevían a conocer mucho de Valparaíso, el patio de atrás. Yo copiaría las mismas frases para las tertulias políticas con mi marido de las que me aburrí demasiado pronto. Mis hijos me llenaron de distracciones y la televisión se convirtió en un mejor lugar para divisar los cerros que solo divisaba en las postales.

No sé si fue el horario del trabajo o el del hotel, la cosa es que muy a mi pesar me vi en la obligación de hacerlo despertar. Su cara se le llenó de luz cuando me vio encaramada en su cuerpo. “Hola, vecina”, me dijo. “Hola, vecino”, rebatí. Él no tenía que trabajar esa mañana, según contó cruzando los brazos por detrás de su cabeza. El restaurante no abría sino hasta las 4. En eso estaba cuando volteó para mirarme de lado, advirtió la fotografía del velador y me vio diez años más joven rodeada por los brazos de un hombre demasiado conocido y muchos niños. A nuestras espaldas se veía demasiado claro el relojito del Cerro Castillo de Viña del Mar. Sentí que algo se le apagó en los ojos. 
 
No me atreví a preguntar por qué.  Mis arrugas mañaneras y mi anillo de casada le acabó por cerrar el rompecabezas. “¿Así que no eras vecina?”, me dijo, mientras buscaba entre la almohada y reunía su pelo largo bajo un elástico de esos para amarrar billetes. No pude explicar que no estaba casada, que todo era complicado,  lo de las disparidades de los cerros, lo del divorcio parcial y provisorio, pero informal.

Se bajó de la cama, se puso los calzoncillos, los blue jeans y se amarró la camisa alrededor de la cintura. Ambos habíamos crecido entre cerros, ambos habíamos cruzado el Atlántico buscando algo y arrancando de algo. Quise convencerlo de las mil formas que estábamos en las mismas, pero algo, un borbotón de saliva se me atascó en la garganta. Cuando llegamos a la puerta, apelé a la ternura y traté de darle un abrazo de compatriota. No solidarizó. 
 “No te puedo perdonarte”, me dijo y se fue.

Han pasado diez años de eso. Los niños están grandes, las cosas se van arreglando con ______ que ya carga 55 y aún me pregunto qué fue exactamente lo que no me perdonó. A veces pienso que fue por mis arrugas mañaneras, esas porfiadas que aquella mañana en particular me hicieron ver cinco años mayor que la noche cuando me conoció. Pero no. Presiento que su enojo tuvo que ver con el tipo conocido de la foto, ministro entonces y presidente hoy, ése que se acuesta aquí a mi lado