De por qué vine a Estados Unidos

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Creo en los exorcismos personales. No creo en la imagen de Linda Blair dando vuelta la cabeza en círculos y lanzando un vómito verde. Tampoco en un sacerdote católico enfrentando mi cuerpo con una cruz mientras grita: “¡Vade retro Satanás!”.

Pero creo en los exorcismos personales.

Esos que lanzamos al aire de alguna manera para expiar nuestras culpas y limpiar nuestras sombras. Y empiezo a pensar, que esta suerte de nota es una de esas maneras. La más cómoda o personal forma de quitar el chamuco de mi alma.

Una vez, tiempo atrás, crucé la frontera de Estados Unidos de América en un supuesto plan de paseo a Texas. En aquel tiempo los ciudadanos uruguayos carecíamos de impedimentos para traspasar la frontera más codiciada del mundo, la del “imperio blanco”.

Desde hacía tres años yo vivía feliz en México. Tenía un gran amor, una casa, estadía legal, un trabajo prometedor, amigos de los buenos y un exacerbado cariño por la cultura, gastronomía e idiosincrasia mexicana que en ninguna manera me inducía a abandonar tierras chichimecas.

Pero a veces el diablo entra en el cuerpo, te engatusa el alma y vos como un pelotudo crónico sucumbís a sus tentaciones. Las cuales pueden llegar de las más extrañas y deliciosas maneras.

Por aquel entonces, mi llamada “mother in law” como le dicen los gringos, me invitó a conocer lo que para mi carecía de total interés:  “el otro lado”. Pero en México me enseñaron que a la madre y a la suegra jamás se les niega nada. La excusa para dicho evento fue el típico “ir de compras”. ¡Justamente a mi! Quien cada vez que entra a una galería de tiendas se posesiona como pai de santo dirigiendo una macumba.

Así que un viernes de cuya fecha no me acuerdo crucé por primera vez la maldita frontera divisoria, más que entre dos países, entre dos tipos de seres humanos: los de clase A y los de clase B. Los del norte y los del sur.

Al llegar a Estados Unidos me vino a la memoria un par de películas gringas sobre la Alemania nazi que había visto en la televisión uruguaya. Agentes de inmigración enfundados en uniforme verde, sosteniendo perros que olían hasta los calzones de los que osábamos ingresar al país con sus rostros contraídos en su papel de malos invitaban más que a visitar su changarro a salir corriendo por donde uno vino.

Preguntas de aquí y de allá, cerco de púas, gente detenida y un agente con el nopal en la frente, estampando en mi pasaporte un sello autorizando mi bienvenida como turista por un término de seis meses.

A mi suegra se la hicieron más difícil. En aquel tiempo no era lo mismo ser uruguayo que ser mexicano. Una de las bondades de Septiembre Once ha sido que desde entonces cualquier nacionalidad es digna de sospecha para la seguridad de América. Tanto da si eres argentino, italiano o guatemalteco. Lo único que puede atenuar el mal trago al pasar por la aduana es el color de tu piel.

Terminada la película de mal gusto entramos a lo que mi acompañante llamó: “el reino de los cielos bendecido por Dios” donde todo era bonito, ordenado, legal y limpio. Mis ojos veían casas salidas de cuentos infantiles con jardines impecables, niños de ojos celestes, niñas de pelo rubio, tiendas con vidrieras originales, vendedores con sonrisa Disney y entre medio algún joven de piel como la mía cargando paquetes a señoras elegantes.

Luego de tres días donde mi función se redujo a cargar bolsas con mercadería fabricada en China, El Salvador y México, a escuchar las bondades del “primer mundo”, harta de tanto inglés y de tanto gringo que no era gringo emprendimos el regreso.

Al vislumbrar la gran bandera mexicana feliz me dirigí a las oficinas de inmigración del país que había elegido como segunda casa. Al fin después de tres días de vivir en el mundo de las apariencias regresaba a la realidad del México lindo y querido.

Pero la felicidad duró poco.

El no muy amable funcionario de turno tomó mi pasaporte y me pidió acompañarlo a una oficina donde me recibió una estatuilla de la Virgen de Guadalupe rodeada de flores plásticas y un “manda más” acomodando su panza cervecera tras el escritorio.

El interrogatorio extraño y fuera de lugar comenzó a hervir mi sangre charrúa. Mas en todo momento recordaba que no podía aplicar mi manera rioplatense si quería obtener algo a mi favor. Mis intentos fueron en vano y al no sucumbir al deseo del señor oficial que esperaba su “mordida” para autorizarme a entrar al país la historia terminó en un: “lamentablemente usted no puede ingresar a México y tendrá que volverse por donde vino”.

Vía telefónica un abogado me aconsejó regresar al aeropuerto de Houston y sacar boleto a Monterrey. Parecía ser que las aduanas por tierra eran un poco problemáticas y que si no aceptaba colaborar con “los tacos y la soda” de los funcionarios no había pasaporte ni legalidad que me salvara.

Girada en mis talones dí la espalda al águila sobre el nopal y subí al coche. Durante todo el viaje hasta el aeropuerto soporté el monólogo de mi suegra de cómo el futuro de su hija y el mío estaba en los Estados Unidos de América, más exactamente en California. Contradecir el discurso era en vano a menos quisiera bajar del auto y tomar el ómnibus.

Regresé a México en avión y al aterrizar me refugié en los brazos de mi amor. Volví a enamorarme del olor a cilantro, los aguacates frescos, los puestos de agüitas frescas, el acento norteño, las rancheras y a disfrutar uno de los tantos mundos que componía el puzzle cultural de mi amado México. El recibimiento primer mundista no me había seducido en absoluto. Mi primer contacto con el “otro lado” no era lo suficientemente atractivo como para tomar la decisión de vivir en el. Pero…

El diablo no duerme y siempre aparece cuando menos los esperamos.

Siempre toma forma encantadora, seduce en palabras, miradas, caricias. Puede tener caderas anchas, 1.90 de estatura, sonrisa enternecedora, movimientos sexy, derrochar ternura, en fin… esa figura que desde niños deseamos tener entre las manos aunque sea por un ratito.

En mi caso entró bajo la forma del amor. Un amor con aspiraciones elevadas y contrarias a las mías: un anillo de diamantes, una boda entre el mismo sexo (“en México jamás podremos legalizar nuestra unión; en cambio en California se hará muy pronto”) hijos adoptivos (“ni en México ni en Uruguay podremos adoptar y vivir en familia recibiendo igual trato”) sueños cumplidos (“en Hollywood puedo hacer mi carrera y tú escribir, lee la historia de Walt Disney y verás cómo todos los sueños se hacen realidad…”) etc. etc. etc.

Esto que parece ser una película o un culebrón fue una historia real. Pasó un año y yo terminé en “América” viviendo en Hollywood y paseando en Disney.

Hoy termino de leer un texto titulado: “Por qué venimos a Estados Unidos” y decido exorcizarme. Y escribiendo esta nota el diablo empieza a desalojar mi cuerpo.

Entonces me digo: “vine a Estados Unidos por el sueño y las ilusiones de la persona que amé y no por mi propio sueño”.

Y dice el texto: “nos seguimos quedando”.

Me quedé para recuperar el amor.

Porque deben saber lectores míos, pasé a engrosar las estadísticas de parejas inmigrantes separadas a los pocos meses de arribar a la tierra dónde los sueños se cumplen. El amor se fue y vino y se volvió a ir.

Y yo me seguí quedando.

Excusas me dije muchas: “no me crucé todo el continente para nada”. “Seguro que lejos y sola descubro mi propio sueño”. “No vine para hacerme millonaria,  vine por amor y con amor me iré”. “A veces hay que irse lejos para encontrarse a sí mismo”

Bla, bla. bla.

Pero en realidad seré bien honesta. Cuando leí el título “Por qué venimos a Estados Unidos” instintiva e inmediatamente respondí en voz alta: “¡por pendeja!”

Y por pendeja me sigo quedando.