Crónicas desde el Hipódromo | Florence Cassez

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Desde un punto del Valle de Anáhuac.

La justicia no funciona sólo en las instituciones, sino también en la percepción que tenemos los ciudadanos sobre la misma.

Ser justos implica buscar el punto de equilibrio, donde debemos conocer todos los datos relacionados a favor y en contra, para poder emitir un juicio.

Pero lograr el famoso grado cero conlleva a supeditar a las leyes al verdadero investigador, a ese que emite una conclusión con un signo de interrogación abierto, a sabiendas de que deberá ser sustituida por una mejor el día de mañana.

Tenemos el problema de no cuestionar, debatir o filosofar en este país. Hemos perdido demasiado tiempo en el desarrollo de nuestro ser individual, para quedar atrapados por un ente colectivo que se alimenta de quienes ostentan el poder o los medios.

De allí nuestro deterioro liberal que ha cedido posiciones con el paso del tiempo a la apatía y la indiferencia, por no llamarle ignorancia o falta de educación.

La cuestión no es si Florence Cassez es inocente o culpable, si sabía o no que era parte de un grupo de secuestradores.

El punto es que el caso perdió la mínima seriedad desde el momento en que se convirtió en un espectáculo mediático con montaje incluido.

Como ciudadano me resulta indignante tener una institución como la PGR que en los últimos años ha perdido casos por malas investigaciones, como el de Alberta Alcántara y Teresa González, que denotan falta de profesionalismo por parte de la dependencia. Pero llegar al grado de hacer todo un montaje de la captura con los medios de comparsas, rebasa el límite de la decencia.

Lo que más me preocupa es la reacción de odio de la mayoría de la personas, una especie de xenofobia que parece canalizar todas nuestras frustraciones nacionales.

Todo aquello que siempre criticamos de los demás, lo hacemos de igual o peor manera.

De nuevo nos colocamos en la posición de incomprendidos del mundo y clamamos por una justicia que no somos capaces de defender cuando nos encontramos en la misma circunstancia de quien acusamos.

Hasta qué punto los franceses están equivocados en su argumentos y nosotros en lo cierto?

Porque mientras nosotros le damos primeras planas y magnificamos el tema, en Le Monde y Le Figaro pasa a un segundo plano.

Los mexicanos nos ufanamos de ser los grandes anfitriones, nos quejamos del maltrato a nuestros connacionales en cualquier parte del mundo, aunque aquí tratamos peor a los que cruzan nuestra frontera sur.

Pero al mismo tiempo somos capaces de mentarle la madre a cualquiera y hasta de ir a orinarnos sobre la Flama Eterna del Arco del Triunfo.

Mesura y mucha autocrítica nos hace falta, pero ¿quién pone el ejemplo?

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