Crónicas desde el Hipódromo | El mundo de Felipe

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Desde un punto del Valle de Anáhuac.

Esta semana, después de una reunión de evaluación sobre los estragos causados por el frío en Chihuahua, el Presidente Felipe Calderón subió a un avión caza F5 y se sentó en el lugar del piloto para decir en tono de broma “disparen misiles”, “no traigo licencia, sino si” y pidió sonriendo hacerse a un lado.

Creo que en el fondo a Felipe le encantaría poder volar un F5, dar unas piruetas al más puro estilo Top Gun y saciar sus ansias por destruir objetivos del narco disparando todos los misiles disponibles.

Que si los F5 de nuestra arcaica flota de la fuerza aérea a duras penas pueden volar y los misiles son de dudosa procedencia, es asunto aparte. Lo importante es enviar mensajes a través de los medios de que tenemos con quién y con qué ganar nuestra guerra contra el narco, aunque saturemos los medios de notas y espacios gubernamentales.

Si ya me resulta extraño ver a nuestro Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas con su chaqueta que le queda grande y su gorro militar con cinco estrellas, verlo en su posición de publicista militar me resulta indignante como ciudadano de una República tan peculiar como la nuestra cuando se trata de asuntos relacionados con la milicia.

Lo más bizarro del asunto es que nuestro Presidente quiera parecer chistoso ante los medios, porque no creo que sea un cómico involuntario como Zedillo o Fox, cuyos chistes y desplantes eran más malos que los de cualquier showman de un bar de hotel.

Lo preocupante es que después de aquel comentario a la CBS de que tenía un búnker súper secreto como el de la serie 24, ya no es una cuestión de alcoholismo lo que puede ser la causa de sus extraños desplantes, sino un asunto de carácter mental.

Pero mejor ni preguntar porque son capaces de censurarme por violentar algún código de ética.

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