Crónicas desde el Hipódromo | Día Nacional de la Familia

Desde un punto del Valle de Anáhuac

Me acabo de enterar que este domingo 6 de marzo es el Dïa Nacional de la Familia, un día más para celebrar y del cual desconozco su origen o intención como todos aquellos días que aparecen en el calendario y sólo competen a la sociedad civil.

Me pongo a reflexionar dentro de mis limitantes sobre lo que es y representa la familia para cada uno de nosotros, pero al final para la misma humanidad no hay consenso sobre su definición y comenzamos a movernos entre las normas establecidas por la comunidad a la que pertenecemos y el peso que tiene la religión sobre su concepto.

Como ente animal me pongo a observar a los seres que pertenecen a mi reino, intentando comprender las individualidades y los grupos que ellos conforman para su mejor desarrollo y sobre todo para la supervivencia de sus respectivas especias, queriendo encontrar las similitudes y diferencias que se puedan tener con lo que nosotros llamamos familia.

Pero como especie de otro nivel, cuya superioridad recae en nuestro cerebro, encontrar una explicación a cualquier cosa, desde lo más insignificante hasta lo más complejo, conlleva a no quedarse satisfecho con la conclusión y comenzar a ceder a nuestro espíritu.

Y es que para nosotros los latinos la importancia de la familia se asienta en la interpretación religiosa que tiene la denominada sagrada familia e intentamos reflejar con cierto tinte espiritual en lo que representa la familia.

Pero si me pongo a alucinar un rato, me pregunto el porqué algunos de los grandes elegidos de las religiones del mundo caminan en solitario apartados de sus familias, sin la menor intención por parte de ellos de formar una para trascender a través de la procreación.

Por ejemplo Buda, Jesucristo y los rabinos de alto rango buscan en la soledad el encontrarse con esa parte que llaman “dios interno”.

Cuando Siddhartha se convierte en Buda, pasa en el centro de dos árboles en meditación durante mucho tiempo y al final reflexiona sobre el desapego, dándose cuenta que tal vez no era necesario estar apartado de los suyos, pero era el camino más fácil para enfrentarse a sus demonios y lograr la trascendencia.

Jesucristo sube al Monte Sinaí a materializar todos sus pecados en él, lejos de toda la gente para poderse purificar antes de su muerte.

Los rabinos suben a una montaña sagrada a hablar con Dios solamente con los elementos necesarios para comunicarse con él en completo silencio, pasando mucho tiempo desapegados del mundo colectivo para encontrarse con ellos mismos y desintoxicarse, sin olvidar que tienen una familia.

Al final, la vida de los santos y profetas es un ejemplo para el ser individual en primera instancia, que denota la supremacía del ser humano libre de cualquier dependencia con el  entorno inmediato, llámese familia o sociedad.

Mi punto de vista sé que resulta hipócrita y chocante por el valor que tiene la familia para cada uno de nosotros, pero soy de la idea que mucho de nuestro freno como ciudadanos radica en nuestra excesiva dependencia del otro para salir adelante.

No niego que soy parte de una comunidad y un Estado, pero ambas figuras se alimentan primero de mi capacidad individual y como incide ésta en la colectividad.

Creo desde mi perspectiva que el día que alimentemos más nuestra libertad individual sobre el aspecto colectivo, avanzaremos más como nación.

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