CON FABULACIONES: Antonio Benítez Rojo y la esferita fantástica

Esta es la parte 6 de un total de 22 partes en la serie Con fabulaciones / Manuel Gayol

Anécdota personal.
Cualquier disparidad con la realidad
podría ser debido a los casi 30 años

que han corrido hasta el presente,
y que simplemente conforman
más de un cuarto de siglo de distancia.
No obstante, así quedó en mi memoria.

Casi siempre que algún escritor o periodista me conoce, y que, de alguna manera, sale a relucir el hecho de que en una época trabajé en la Casa de las Américas, lo primero que me pregunta —antes de interesarse en saber qué yo hacía allí o cómo funcionaba el Centro de Investigaciones Literarias (CIL) y otras tantas cuestiones de índole política, literaria o extraliteraria— es el asunto de si conocí a Antonio Benítez Rojo. Y, claro, confieso que me complace esta pregunta, porque modestia aparte, me da satisfacción y orgullo, tanto en lo humano como en lo profesional, decir que sí lo conocí personalmente, cuando Benítez Rojo fue, primero, director de la editorial de esa institución y, después, director del Centro de Estudios del Caribe. Pero más que por su profesionalidad, le he admirado por su manera de ser sencilla, por su extraordinaria narrativa y por su decisión de irse de Cuba, esto último para no sentirse ligado, de alguna manera, a la situación de oprobio y horror que el gobierno había creado con sus turbas paramilitares contra las miles de personas que querían salir de la isla, primero, mediante la embajada de Perú, y después por el puerto del Mariel.

Aunque sólo conversábamos de pasada, o cuando le consultaba acerca de alguna investigación del momento (porque Benítez Rojo contaba con una erudición asombrosa y una postura abierta a cualquier tipo de ayuda o apoyo intelectual), nunca dejé de sentir su amabilidad campechana y su sabiduría, pues si descubría errores o discrepaba de algún criterio en el trabajo o investigación presentada, él se las arreglaba para minimizarlas aun cuando daba su parecer, y con ello hacía que la consulta fluyera con la naturalidad que deben tener los buenos consejos.

Así las cosas, uno de los mejores recuerdos que tengo de él fue la tarde —de un día cualquiera de 1980, antes de los mencionados sucesos del Perú y del Mariel— en que llegó al CIL y se puso a charlar con los que estábamos allí de una manera amistosa y coloquial. Recuerdo que se sentó sobre un escritorio que no ocupaba nadie. Y si mi memoria no me falla, la conversación comenzó con cosas del momento, en las que hablábamos de algún chisme o novedad literarios, supongo asimismo que de algún aspecto de investigación o asunto extraliterario que nos interesaba a todos. Al pasar un rato, sin darnos cuenta, el hilo de las palabras se fue corriendo hacia otros asuntos de la literatura latinoamericana, creo que más de gustos personales, y nos vimos de pronto resaltando figuras de la narrativa fantástica.

No dudo que aquella vez mencionáramos la diferencia entre “el realismo mágico” (con su modelo que en aquel entonces, y siempre, ha sido Gabriel García Márquez) y “lo real maravilloso” de Alejo Carpentier, tema que me consta a él le fascinaba. No dudo tampoco que hubiéramos estado hablando de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, de Virgilio Piñera y de Lezama Lima, y también posiblemente, claro, tengo la impresión de que nos detuvimos un buen rato en Felisberto Hernández, el cuentista uruguayo que nos encantaba a él y a todos, fundamentalmente por sus libros Nadie encendía las lámparas (relatos, 1947) y Las Hortensias (noveleta, 1949), y que a Benítez le atraían principalmente porque Felisberto, con un gran desenfado, le daba vida a los objetos y a los muebles (convirtiéndolos de naturaleza muerta, supuestamente extrañas, en elementos vivos y bien humanizados), así como posturas y situaciones surrealistas y absurdas del discurso en las circunstancias de relatos que partían del drama real de la vida para el narrador uruguayo. Era, como habría dicho alguien, el perfecto equilibrio entre la memoria y la fantasía.

En esa conversación empecé a percatarme de que lo fantástico resultaba ser algo bien importante en Antonio Benítez Rojo, que le maravillaba (valga la redundancia) lo maravilloso carpenteriano, el Caribe, los piratas, la historia de la conquista. Todos estos aspectos los acababa de desarrollar de una manera crucial para la literatura latinoamericana en su reciente novela para aquel entonces de El mar de las lentejas (1979)); una novela que comenzaba el ciclo de una saga por acercarse en profundidad al Caribe desde una visión del mundo de un grupo cultural muy particular como lo fueron no sólo Carpentier y García Márquez, sino también Alvaro Mutis, Guillermo Cabrera Infante y el mismo Lezama Lima, entre otros.

Series NavigationCON FABULACIONES: La invención de Morel o la inversión de la realidadCon fabulaciones: Juan Rulfo, Pedro Páramo y el sueño de los muertos

Manuel Gayol

Manuel Gayol Mecías
Escritor y periodista cubano. Editor de la revista literaria online Palabra Abierta (http://palabrabierta.com). Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979. Fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Posteriormente trabajó como especialista literario de la Casa de la Cultura de Plaza, en La Habana, y además fue miembro del Consejo de redacción de la revista Vivarium, auspiciado por el Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana.
Ha publicado trabajos críticos, cuentos y poemas en diversas publicaciones periódicas de su país y del extranjero, y también ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992.
En el año 2004 ganó el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano, de Nueva York, por El otro sueño de Sísifo.
Trabajó como editor en la revista Contacto, en 1994 y 1995. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y coeditor en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, California.
Actualmente, reside en la ciudad de Corona, California.

OBRAS PUBLICADAS: Retablo de la fábula (Poesía, Editorial Letras Cubanas, 1989); Valoración Múltiple sobre Andrés Bello (Compilación, Editorial Casa de las Américas, 1989); El jaguar es un sueño de ámbar (Cuentos, Editorial del Centro Provincial del Libro de La Habana, 1990); Retorno de la duda (Poesía, Ediciones Vivarium, Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana, 1995).

1 Trackback / Pingback

  1. Bitacoras.com

Comentarios cerrados.