Comunismo y fascismo, el mismo perro

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Es  demasiado obvio que  el socialismo  marxista (comunismo)  y el fascismo  se parecen entre sí como dos gotas de agua fresca. Sin embargo,  son poquísimos  los  historiadores  y sociólogos que han comparado estas dos máximas expresiones del  totalitarismo moderno, lo cual tiene un fuerte tufo ideológico.

La filósofa y politóloga alemana –de origen judío– Hannah Arendt  sí hizo la comparación y en  “Los orígenes del totalitarismo”, publicado en  1951, mostró  que estos dos experientos sociales que vapulearon al siglo XX  son  hermanos gemelos.

Si nos remitimos a las enciclopedias y  a los ensayos sobre el tema, el fascismo es una ideología política que plantea el colectivismo por encima del individualismo,  coloca al Estado y la  nación por encima de individuo, rechaza  la “democracia burguesa”, el libre mercado, la competencia capitalista,  y  suprime todos los partidos políticos excepto el fascista, encargado de construir una sociedad perfecta.

El partido y el gobierno fascistas exigen total obediencia a las masas, a las que adoctrinan para la formación de un “hombre nuevo” superior y sumiso que será el protagonista de la sociedad nueva que se construye. El Estado asume el control absoluto de los medios de comunicación, suprime la libertad de prensa y crea una gran maquinaria de  propaganda que machaca la superioridad del fascismo y exalta  al  líder supremo,  en el que se concentran todos los poderes del país cual emperador romano.

A propósito, es importante destacar que al finalizar la Primera Guerra Mundial, aunque Italia fue uno de los aliados vencedores no recibió  mucho crédito por ello. Benito Mussolini exacerbó ese resentimiento italiano e impulsó un nacionalismo revanchista que canalizó en 1919  al crear los “Fasci Italiani di Combattimento”, grupos armados que en 1920 pasaron a ser el Partido Nacional Fascista de Italia.  Mussolini soñaba con un renacimiento del Imperio Romano y se inspiraba en los antiguos césares. Por eso levantaba su brazo derecho para saludar, como en la Roma imperial.  Hitler luego haría lo mismo.

El líder y el partido fascistas siembran en la población el odio a un enemigo  imaginario interior o exterior, para alentar el nacionalismo. La desinformación, la manipulación y la represión son los pilares básicos del sistema. Se identifica al líder supremo con la nación.

No se suprime la propiedad privada,  pero las industrias son obligadas a producir lo que el gobierno les ordena y  así  quedan ensambladas al Estado. Los pequeños y medianos negocios se mantienen independientes, aunque pueden ser sometidos a las directrices fascistas.

El Estado paternalista interviene en todos  los aspectos de la vida del individuo, al que libera así de su “miedo a la libertad”, al decir del  psicólogo y filósofo alemán Erich Fromm.  No existen los derechos individuales.

Hay algunas diferencias entre el fascismo alemán y el italiano. Este último se basa en el Estado como su piedra angular, al que considera el espíritu del pueblo.

El nationalsozialismus (nazismo), aunque estatista igualmente, tiene como eje gravitacional  lo que el historiador polaco-judío  Zeev Sternhell denomina el “determinismo biológico”, o sea, la “raza superior”, una corrupción grotesca del principio darwinista de la evolución de las especies. Se trata de un racismo demencial que canalizó  el exterminio de los judíos y de los seres “inferiores” al ario alemán, el superhombre de que hablaba el filósofo racista Friederick Nietzsche.

Socialismo real:  ‘nada contra el Estado’

Mussolini resumía la filosofía fascista con una frase:  “Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”.

En junio de 1961  Fidel Castro repitió esa misma frase  al trazar la política cultural socialista cubana: “Dentro de la revolución (léase Estado) todo, contra la revolución, nada, ningún derecho”. ¿Casualidad?  No lo creo, Castro en su juventud fue un gran admirador  de Mussolini.

Las bases del  comunismo son igualmente  el colectivismo, el partido único, la propaganda y el adoctrinamiento de las “masas”,  de las que exige total sumisión para formar al hombre nuevo que vivirá en la sociedad superior. Se suprime la libertad de prensa, se alienta el odio a un enemigo imaginario (el imperialismo y sus agentes internos)  para exacerbar el nacionalismo patriótico  y mantener una psicología permanente de plaza sitiada.

Todos los poderes del Estado  se concentran en el primer secretario del Partido Comunista,  que deviene César. El sistema se afinca igualmente sobre la represión, la desinformación y manipulación de la realidad nacional e internacional, prohíbe el libre mercado, identifica patria y pueblo con el  líder supremo,  y controla totalmente la vida del individuo, que es despojado de casi todos sus derechos.

El socialismo sí suprime toda la propiedad privada, no permite ningún pequeño negocio propio, ni que los ciudadanos  inviertan un solo centavo en el país.

Expansión y represión

La expansión territorial nazi fue mediante la guerra más sangrienta ocurrida jamás  y los crímenes más atroces, pero el comunismo desde sus orígenes igualmente planteó establecer la dictadura del proletariado a nivel planetario por medio de la violencia y no por la vía democrática de las urnas.

Desde la Internacional Comunista dirigida por Carlos Marx, el comunismo propugna la revolución social para imponerse a como dé lugar. Como decía el Che Guevara, convertir a cada revolucionario en “una perfecta máquina de matar”.  La Unión Soviética expandió el socialismo a punta de bayoneta por Europa del Este y parte de Asia.

Cuba desde los años 60 diseminó por Latinoamérica guerrillas rurales, y urbanas que asaltaban bancos y cometían atentados terroristas. El plan de Castro y el Che era imponer continentalmente el comunismo.

En cuanto a represión, los nazis sobrepasaron todos los límites del  horror, pero Stalin, Mao, Pol Pot, etc.  no eran monjitas de la caridad. Mataron o provocaron la muerte por hambre a 100 millones de personas, según el  “Libro negro del comunismo”, un estudio realizado por profesores europeos, casi todos de izquierda,  publicado en 1997.

En Cuba, según las fuentes independientes, han sido fusilados unos 5,500 opositores desde 1959, muchos in situ, sin proceso legal alguno. En los 10 meses que estuvo al frente de la Fortaleza de La Cabaña, el Che Guevara ordenó la ejecución de 209 opositores sin el debido proceso legal, a muchos de los cuales él personalmente les dio el tiro de gracia en la cabeza.

El 17 de abril de 1961, horas después de Castro declarar el carácter comunista de la revolución y mientras desembarcaba una brigada de cubanos exiliados por Bahía de Cochinos, fueron arrestados y enviados a instalaciones y campos de concentración  unos 340,000 ciudadanos, sin juicio, sólo porque no simpatizaban con el gobierno.

Entre 1960 y 1971  miles de familias campesinas completas fueron sacadas de sus hogares y tierras en la provincia central de Las Villas, donde unos 3,000 opositores se alzaron en armas contra Castro en los años 60, y reubicadas a la fuerza en la provincia occidental de Pinar del Río, a 400 kilómetros de distancia, lo que generó los llamados Pueblos Cautivos, 21 en total, que eran aldeas-presidios al estilo de las de Siberia durante la época de Stalin. Muchas de las mujeres fueron sacadas de esos pueblos cautivos y llevadas con sus hijos para el reparto Miramar en La Habana, con lo cual separaron a las familias como en Cambodia.

Hoy las torturas psicológicas y físicas  siguen vigente en Cuba. La frase “pásale la mano” es común entre los jefes de prisiones para ordenar palizas a  los presos de conciencia “que no se portan bien”.

En fin, parafraseando a  José Martí –y salvando las circunstancias y el simbolismo patriótico de la frase martiana—es evidente  que  el comunismo y el fascismo son del totalitarismo  las dos alas. O dicho popularmente, son el mismo perro con diferente collar.

En otro artículo responderemos la pregunta:
¿Dónde hay menos libertad,
en un sistema fascista o en uno socialista?