Jorge Luis Borges, el mito
Tal vez Jorge Luis Borges comprendió mucho mejor que el resto de los mortales, que el libre albedrío es realmente la libre elección de buscar nuestro propio carcelero afectivo
Tal vez Jorge Luis Borges comprendió mucho mejor que el resto de los mortales, que el libre albedrío es realmente la libre elección de buscar nuestro propio carcelero afectivo
Tal vez Jorge Luis Borges comprendió mucho mejor que el resto de los mortales, que el libre albedrío es realmente la libre elección de buscar nuestro propio carcelero afectivo
Las palabras se me acumulaban en la garganta como si fuesen una cañería a punto de estallar. De hacerlo, serían un chorro de incoherencias, maldiciones e imprecaciones en contra de las nuevas aves de rapiña que monitoreaban nuestras vidas desde el Palacio de La Moneda.
Y cuanto más belicosa se ponía más paisajes de paz y memorias yo veía, hasta que vi mi propia casa, allí a través del ojo gigantesco, y estaba cerrada y vacía y nadie en ella, y fui entonces a la casa de mi madre,
No hay nada que hacer ni decir, las caminatas, las anécdotas, las películas, todo es repetición constante de un interminable columpiarse velozmente del pasado al presente y del presente al pasado en instantes seguidos de oscuridad y olvido
Quisiera contar una historia pero mejor te voy a contar otra. Así que sácate los ojos para leer bien entre lineas. Ayer o hace algunos días o muchos años atrás iba yo manejando en las calles de Tijuana con un disco pirata de Julieta Venegas
Un día, sin decirle a nadie, llegó a Nueva York de negocios y se quedó para siempre trabajando en el elevador trasero del edificio más alto de 678 Greenwich, labor que le encanta, que lo excita.
Benito Rivera toca que toca la conga. Se salvó del sida en los setenta. Pero con tanta tecata se quedó con tres neuronas: con dos de ellas le pega al cuero de la conga, con la otra mira al público que recuerda sus pasados éxitos en una conocida banda de la isla de Manhattan.
El nene está lindo. Lindo, está. Pero las libras que lo acolchonaban se han quedado dentro del cuerpo de Nadia, sin dinero cuya nacionalidad quien está ante la tecla ha querido ocultar.
Caminaron calle abajo por la calle Broadway. Los empujones sórdidos de los turistas atontados comprando recuerdos y camisetas ensordecieron su furia por un rato, elevándola al cuadrado, luego la elevaron al cubo.
Se llamaba Ana y vivía en la Colonia Libertad, iba a la Prepa Federal y tenía quince años, una voz ronca y un lenguaje florido lleno de interjecciones graciosas y municiones verbales que despilfarraba sin ningún reparo a la menor provocación.
Astuto él, sintoniza el canal 47 y copia el resto de español de las novelas venezolanas que mira compulsivamente después del trabajo mientras se sienta, cansado del día en pie, a soñar con Ana…
Juana Pareja, chicana, viaja a Nueva York para dedicarse a ser bailarina rockette. Tiene la altura de bailarina rockette, el temple de bailarina rockette, el culo chiquito y compacto de bailarina rockette