Arturo Alessandri Palma: piruetas de caudillo chileno

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Desde el momento en que Arturo Alessandri Palma se presentó ante las masas como el líder de la coalición política Alianza Liberal -integrada por radicales, liberales y democráticos, todos partidos con una relativa inspiración reformista, aunque sólo a modo de facciones- para disputar la Presidencia de la República de Chile de 1920 al candidato de la Unión Nacional de conservadores y liberales antialessandristas, Luis Barros Borgoño, su retórica rimbombante le significó ser comparado con el revolucionario ruso Vladimir Ilich Lenin.

Sin embargo, sus principales ideas inspiradoras distaban considerablemente de esta caricatura originada más en los miedos ancestrales de la propia oligarquía nacional que en la realidad. Lo que Alessandri buscaba era integrar a la clase media en la conducción de los destinos del país y, mismo tiempo, neutralizar la cada vez más creciente opción revolucionaria de los sectores populares mediante mejoras económicas y una legislación que los convenciera que el camino más conveniente para todos era adherir al ya desgastado sistema democrático-parlamentario y así darle nuevos bríos. Por lo demás, se trataba de un sistema al cual el mismo Alessandri pertenecía como Ministro de Estado, diputado, senador y finalmente atípico candidato presidencial y Presidente electo.
Para el logro de sus objetivos reformistas, Alessandri Palma contaba con una serie de atributos tanto personales como sociales. Dentro de los primeros, nos encontramos con un carisma y una oratoria capaz de encantar multitudes, una trayectoria política indisciplinada y acomodaticia permitida por el partido en que militaba, el Liberal -actitud que él definía con orgullo como “libertad de acción”- una oportuna sensibilidad social y una visión de largo plazo superior a sus pares (tenía conciencia de que el régimen oligárquico estaba condenado a desaparecer, si no se le modificaba “desde dentro”). En los segundos atributos podemos establecer una procedencia social de nuevo oligarca ligada a la clase media provinciana de la zona central de Longaví, su permanente vínculo de amor y odio militarista y su pertenencia a la Masonería, de gran influencia en los círculos de poder.
El mérito de Alessandri se vuelve aún mayor al haber adquirido entre sus contemporáneos y para la historia el mote de líder popular y antioligárquico pese a sus profundas convicciones antidemocráticas que se encuentran avaladas por su admiración al filósofo francés Gustave Le Bon, de pensamiento ultraderechista, militarista y partidario del darwinismo social y que consideraba que la “amenaza socialista” podía controlarse con la “manipulación de masas”, como lo expresa en su libro de fines del siglo XIX “Sicología de las Multitudes”.

El mismo Alessandri recuerda en sus memorias cuando pudo conocer en persona a Gustave Le Bon en una cena de camaradería  durante su exilio en París en 1924. En un momento del encuentro -cuenta el entonces depuesto Presidente- Le Bon cedió la palabra para que diera a conocer los detalles de los últimos sucesos que habían motivado su salida del gobierno, tras su derrocamiento en manos de los militares, y que lo habían llevado a buscar refugio político en Francia. Le Bon deseaba que Alessandri expusiera cómo había aplicado sus doctrinas como candidato en la campaña electoral de 1920 contenidas en el libro “Sicología de las Multitudes”. El caudillo chileno asegura en su relato haberse esmerado en cumplir de la mejor forma posible lo requerido por su anfitrión, por lo que, al final de su exposición, fue recompensado por un estrepitoso y largo aplauso de los comensales, que pasaban de treintena y que correspondían a la intelectualidad fascista francesa de la época.

Ilusión Alessandrista

El origen del encantamiento de las masas populares con Arturo Alessandri se remonta a su postulación al senado por la provincia del norte minero de Tarapacá en 1915, cuando decidió enfrentar al parlamentario en ejercicio de la zona y reconocido caudillo, Arturo del Río. Esta adhesión se manifestaba de manera diferente respecto de la izquierdista tradicional, también con influencia en la zona, más masiva en el caso de Alessandri, más restringida en el caso de socialistas y anarquistas.

La elección presidencial de 1920 se dio en un contexto de extrema polarización y violencia fomentada por ambos bandos en disputa. Por un lado, el candidato oficialista de la Unión Nacional contaba con todo el apoyo del gobierno de Juan Luis Sanfuentes a través de una poderosa maquinaria administrativa y electoral, lo que significaba una suculenta caja de recursos económicos y el apoyo incondicional de los grandes terratenientes del país.

Dentro de la ayuda brindada a su candidato, el gobierno procesó a opositores acusándolos de subversivos y agitadores -entre ellos el dirigente obrero socialista Luis Emilio Recabarren- mientras el Ministro de Guerra, Ladislao Errázuriz, preparó el montaje de un potencial enfrentamiento bélico con Bolivia –afectada por una revolución interna- para justificar el traslado de miembros del ejército y reservistas, supuestamente partidarios de Alessandri, a la frontera del norte y reemplazarlos en los cuarteles por oficiales gobiernistas.
La Alianza Liberal, por su lado, no se quedó atrás en materia de agitación política mediante el trabajo directo de sus grupos proselitistas que combatieron con los partidarios de la Unión Nacional cada espacio de las calles de las diferentes provincias del país, en especial, gracias a la capacidad movilizadora del Partido Democrático. Sin embargo, el arma más contundente de la Alianza Liberal ante sus adversarios fue la retórica afilada del propio candidato, creador de frases como “quiero ser una amenaza para los espíritus reaccionarios” y calificativos como “canalla dorada” para la oligarquía o “querida chusma” para los sectores popular.
Tras su elección, no sin contratiempos y un ajustado debate en el parlamento y en el mundillo político que incluyó la creación de un Tribunal de Honor como árbitro para dirimir entre ambos candidatos, Alessandri contó con un clima favorable entre sus partidarios, ilusionados ante la idea de que los privilegios y prebendas de la oligarquía se había acabado.
En concordancia con esto, al asumir el poder en La Moneda, el nuevo Presidente incorporó miembros de su círculo mesocrático al gabinete y realizó nombramientos de personas de origen no oligárquico en la administración pública que anteriormente no habían tenido una oportunidad semejante.
Como se menciona más arriba, el Partido Democrático fue el punto de encuentro entre el alessandrismo y el movimiento obrero popular. Ambas fuerzas políticas se habían desarrollado de manera paralela e independiente en el norte de Chile y tuvieron su breve comunión en el comienzo de la nueva década de 1920 como queda graficado con la amenaza de la Federación Obrera de Chile, FOCH (que agrupaba a trabajadores socialistas, democráticos y grupos sin militancia) de realizar un paro general en el caso de que el Tribunal de Honor le arrebatara el triunfo legítimo a Alessandri.
Algunos historiadores consideran una desorientación ideológica y política la adhesión de corrientes socialistas al alessandrismo. Diversos testimonios y fuentes permiten pensar que el Partido Obrero Socialista (Comunista a partir de 1922) se vio, al menos momentáneamente, muy afectado por el impacto que generó la elección de Alessandri entre sus militantes y simpatizantes. Buena parte de la clase obrera se declaró alessandrista el año 1920 al fragor del “Cielito lindo”, adaptación del popular corrido mexicano con loas a Alessandri en desmedro de su oponente Barros Borgoño (ver recuadro) y su lenguaje ampuloso que él y sus seguidores llamaron “hablar con el corazón en la mano”.

Premio y castigo

Los primeros años de Alessandri en el poder, antes de la intervención militar de 1924, estuvieron caracterizados por una serie de conflictos entre trabajadores y empleadores (privados y estatales) con la intervención directa del nuevo Presidente en la búsqueda de una solución, además del bloqueo de los parlamentarios de oposición ante cualquier iniciativa relacionada con leyes sociales. De hecho, esta excusa fue utilizada por el propio gobernante para manipular al electorado y así ganar tiempo hasta la próximas elecciones parlamentarias de 1921.

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Sin embargo, esos años también fueron el escenario para el retorno de un mecanismo que ilusamente se creyó desterrado de parte del poder: la represión por parte de la clase política unida con la militar en contra de los sectores populares. De esta forma, la ilusión alessandrista pronto trajo consigo un relativo desencanto. Pese a la movilización electoral sacó la política de la elite de los salones y la llevó a la calle; una vez en el gobierno, las reformas demoraron (el Presidente culpaba al Congreso) y la represión reapareció. En un movimiento originado en la oficina salitrera de San Gregorio en 1921 perdieron la vida 22 trabajadores. Alessandri no condenó los hechos sino que, por el contrario, le brindó su apoyo a la facción del Ejército que participó en la masacre.
Pese a esta vieja demostración de fuerza de parte de un gobierno, entre algunos dirigentes del Partido Obrero Socialista persistió la esperanza de que las promesas del Mandatario se volvieran realidad. De hecho, una versión difundida entre los sectores populares exculpaba al Presidente y señalaba a los militares como los responsables de las muertes de los manifestantes. Esto permitió que sobreviviera la alianza táctica entre el Partido Obrero Socialista y Radical (alessandrista) para las comicios parlamentarios de 1921, continuación del pacto para la elección presidencial de 1920.

De manera paralela, el gobierno de Arturo Alessandri en sus primeros años tomó la iniciativa de impulsar leyes sociales como el seguro obrero, los tribunales de conciliación y arbitraje, el desahucio y jubilación de empleados particulares, todos problemas de larga de data y de engorrosa tramitación en el parlamento.

Militarismo

Una marca de fuego en la separación de Alessandri con los trabajadores significó la elección parlamentaria de 1924, donde fue el responsable de un intervensionismo electoral descarado en desmedro de la Unión Nacional como de la propia izquierda que lo apoyaba, por cuanto su olfato político estaba puestos en su nueva presa: los militares.
Los sucesos que culminaron con su destitución, y con la evidencia de que el Presidente recurría a los votos o al sable de acuerdo a la coyuntura política, comenzaron el 3 de septiembre de 1924, cuando un grupo de oficiales repletó las galerías del Senado para manifestar bulliciosamente, haciendo sonar sables y espuelas, su molestia por la precaria situación económica que los afectaba y sobre todo por la aprobación de la dieta parlamentaria. Alessandri, como una forma de impedir un golpe, recibió a los militares descontentos en el salón de honor de La Moneda mostrándose asequible y dispuesto a solucionar sus problemas. Sin embargo, ante la insolencia de un teniente que le exigió respuestas inmediatas, junto con enrostrarle su alto cargo, el Presidente dijo no estar dispuesto a tolerar ese tipo de lenguaje y, al igual como la leyenda cuenta que Bernardo O’ Higgins lo hiciera en su momento, ponía su pecho al frente para aquellos que quisieran acribillarlo.

Con unos generales avergonzados, asegurando que no era su intención faltarle el respeto ni desconocer sus prerrogativas. Alessandri pronto ganó la simpatía de los sublevados y concibió la idea de encabezar el mismo el movimiento y luego le rogó al Senado que despachase sin mayor trámite las leyes de presupuesto para los militares, lo que fue aceptado.
La apuesta alessandrista de cambiar el populismo civil por el militarista le jugó en contra. La Moneda se llenó de espías de uniforme por los corredores y hasta en la habitación del Presidente y de sus hijos. Sólo entonces se dio cuenta que había sido traicionado por sus efímeros aliados. Aislado del pueblo que le profesaba una lealtad a toda prueba, rodeado de traidores y espías, y con un senado controlado por la derecha, mandó su renuncia al Congreso.
Depuesto como Presidente, no sin antes sufrir unas cuantas humillaciones de sus adversarios, Alessandri emigró con su familia al  autoexilio europeo.
Pero no todo fue negativo para el depuesto Presidente. Aprovechó su alejamiento de la coyuntura para fortalecer sus convicciones políticas y sociales de manera personal con su mentor, el filósofo francés Gustave Le Bon, como el mismo reconoce en sus memorias. Alessandri coincide con Le Bon en que a las masas se les atrae con el sentimiento más que con la razón, con caudillos que lanzan afirmaciones vigorosas presentadas como indiscutibles y que repiten sus ideas en diversas formas para incrustarla en el cerebro de sus oyentes hasta convertirlas en pensamiento y alma colectiva de la multitud. Sólo así se puede modelar el sentimiento en la forma deseada.
Cielito Lindo, versión 1920
En brazos de la Alianza, cielito lindo,

Va el gran Arturo.

Y eso le significa,

Cielito lindo, triunfo seguro.

Sí, ayayai, Barros Borgoño,

Espérate a que Alessandri,

Cielito lindo, te baje el moño.

Claudio Rodriguez Morales

ClaudioRodríguez Morales nació en Valparaíso, Chile, en 1972. Es periodista de circunstancias, con ínfulas de historiador y escribidor, además de lector voraz y descriteriado. Hincha de Wanderers de Valparaíso y Curicó Unido, se reconoce bielsista, balmacedista, alessandrista, chichista, liberal – socialdemócrata, beatlemaniaco. Actualmente se encuentra poseído por los mensajes de Led Zeppelin, el pisco sour peruano (culpa de los hermanos inmigrantes), la chicha de Villa Alegre (culpa del historiador Jaime González Colville) y el congrio en todas sus variedades (culpa de Neruda). Casado con Lorena y padre de Natalia

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Claudio Rodríguez Morales nació en Valparaíso, Chile, en 1972. Es periodista de circunstancias, con ínfulas de historiador y escribidor, además de lector voraz y descriteriado. Hincha de Wanderers de Valparaíso y Curicó Unido, se reconoce bielsista, balmacedista, alessandrista, chichista, liberal – socialdemócrata, beatlemaniaco. Actualmente se encuentra poseído por los mensajes de Led Zeppelin, el pisco sour peruano (culpa de los hermanos inmigrantes), la chicha de Villa Alegre (culpa del historiador Jaime González Colville) y el congrio en todas sus variedades (culpa de Neruda). Casado con Lorena y padre de Natalia

4 Comments

  1. Recientemente, he accedido a la prueba irrefutable de que fue el señor Alessandri quien ordenó la Matanza del Seguro Obrero. Preparo un artículo al respecto donde mi protagonista no es Alessandri ni el general Arriagada que dió la orden del procedimiento, sino el primer coronel a quien se le encargó la ejecución de los sublevados. Un coronel noble que se resistió a la orden y fue relevado de sus funciones. El caso es que tanto Alessandri como Arriagada pidieron a sus oficiales superiores que asesinaran a unos cuantos policías de baja graduación para que la ejecución de los alzados pareciera un enfrentamiento.

  2. Felicitaciónes…lúcido artículo…ayuda a comprender y educar sobre nuestra historia…

  3. Informativo y conciso, con un tono desapegado que sirve para mostrar las dos caras de la moneda. Estos son rasgos muy bienvenidos, Claudio Rodríguez, dada la tradición visceral del “ensayo político latinoamericano”, el cual merece, salvedades honrosas aparte, el calificativo de discurso panflletario cuando no de breviario de ideología.
    “Género que pretende resolver enigmas, es el ensayo el mayor misterio de nuestras letras”, dice el venezolano Luis Britto García. Y el ensayo en torno a un protagonista político —como el presidente de un país— reviste aun mayores retos, ya que el ensayista (o articulista que aspira al essai francés) no puede evitar rozar con otros géneros, como el biográfico, las memorias, e incluso otras disciplinas como la psicología e incluso la antropología (mitos y proceso de mitificación de Alessandri).

    http://www.festivaldepoesiademedellin.org/pub.php/es/Diario/32.html

  4. El rasgo acomodaticio es inherente al ascenso político. Alessandri fue un personaje oscuro, siniestro, inescrupuloso, avasallador, codicioso, incluso un asesino, y sin embargo, la manipulación histórica de las academias conservadoras lo han ensalzado como uno de los grandes adalides del republicanismo chileno. Es momento de descorrer el velo.

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  1. Bitacoras.com

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